"En un estadio lleno de gente, un rabino de traje negro y largas barbas blancas hace sonar un cuerno ritual, un cuerno retorcido de carnero, y el sonido tan simple y áspero tiene una cualidad sobrecogedora, como de queja o de llamada primitiva, varios milenios más antigua que el espacio donde se la escucha en silencio y que el televisor en el que yo estoy viendo la ceremonia funeraria. En una iglesia de Harlem, un domingo por la mañana, una mujer negra y joven, vestida con un traje de chaqueta y con el pelo resplandeciente recogido en un moño, empieza a recitar un sermón con los ojos entornados y las dos manos sujetas al atril sobre el que se apoya una gran Biblia, y según va hablando un ritmo de salmodia se apodera de sus palabras, y su voz se alza poco a poco hasta convenirse casi en un grito, en el principio de un canto de temor y de súplica que despierta exclamaciones de asentimiento en la congregación. En una iglesia episcopaliana, un rabino y una cantora de sinagoga, un imán, un pastor, un monje budista y un sacerdote sij se alinean en pie delante del altar, la voz íntima y aguda de la cantora enuncia una limpia melodía de dolor y dulzura, se sostiene sin filigranas ni inflexiones, parece brotar de lo más hondo del silencio y regresa luego a él como una luz que se apaga en la oscuridad. Cuando el imán canta, las palabras apenas se alzan sobre el ritmo plano de la recitación, salvo cuando unas notas mucho más largas prolongan el nombre de Alá. La salmodia sij tiene algo de musulmana y de judía, y cuando el cantor traduce al inglés lo que ha cantado es como un fragmento del Apocalipsis. El monje budista agita una sola vez una diminuta campana de bronce: esa nota única, resuena con nitidez de metal en las bóvedas de la iglesia y en el silencio de la multitud, y dura mucho tiempo en el aire, una reverberación extinguiéndose tan despacio que durante unos segundos queda abolido el tiempo. El monje budista, con las dos manos juntas y los ojos cerrados, empieza a cantar, pero su cántico no está hecho de palabras: es más bien un largo eco cóncavo, semejante al de una trompeta tibetana o al del cuerno que sopló el rabino ortodoxo en el Yankee Stadium".

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