Los veranos ya era diferente y el ruído predominante era el mar, pues veraneábamos cerca de la playa y allí en la ventana de mi habitación o lo que era mi palco preferido, escuchaba con avidez los grandes conciertos que me brindaba el mar amigo, claro que para oirlos tenía que esperar la llegada de la noche. En el día, predominaban los mugidos de vacas, los pajarillos y los ladridos de los perros y la voz aguda de mi madre llamándome a filas.
Después me trasladé a Santiago de Compostela y ya me tocó vivir en jaulas-pisos y allí me volví sordo a los ruidos exteriores y así hasta que me fuí a vivir a la plaza de las Bárbaras en A Coruña y posterirmente a Corcubión, donde me empecé a reconciliar conmigo mismo y de nuevo volvieron a mis oídos los antiguos sonidos, el ruido de las olas, el silbido del viento y el canto de los gallos, entre otros sonidos. Después aterricé con mis huesos en el campo de Chiclana (Cádiz) y allí volvió a ser todo maravilloso, el ruído de los pinos mecidos por el viento, el precioso sonido de las Tórtolas y de nuevo, los gallos y gallinas. Y a partir de ahí la jodí, pues una vez probado de nuevo un pastel tan dulce, ya no hay quien te haga probar otro mejor. Ahora en Menorca vivo y por otras razones que no viene a cuento contar, en un pueblo pequeño, que me recuerdan sus ruídos a mis primeros años de chaval cuando vivía en mi barrio emtre campo y ciudad. Escucho a los pájaros, a las campanas de la iglesia, el ruído asesino de unos cuantos motores y por supuesto el canto de los gallos y duermo tan plácidamente como un recién nacido. Ahora mismo escucho un camión con su tono grave y ronco, el murmullo de los coches, unas cuantas voces por las calles y de fondo se oyen el repicar de las campanas, ah! y bueno, el sonido de como se rasca mi perro. Todo un completo y un buen surtidillo de sonidos en pleno día.

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