JAIME

 Jaime vamos a comer o ¿qué?...y ya veremos (escucho esto por la ventana). No será más fácil decir, Jaime vamos a comer y después de comer, te cuento lo que vamos hacer. Ordeno y mando y cuando te conocí ya eras un pringado de mierda y gracias a mí, has ido aprendiendo a decir que no o que sí a lo que yo te diga que tengas o no tengas, que hacer. Para eso tengo mis señas y levsantar el dedo pulgar es decirte que sí, que te doy permiso y en cambio poner el mismo dedo hacia abajo, es decirte que no, que no lo vas hacer. Jaime yo personalmente te diría que sigues siendo un pringado de mierda y que si quieres ser tu mismo, te tienes que parar a pensar lo que tienes que hacer, que a lo mejor no es ir a comer y porque quieres hablar del tema ese, antes de comer. O no quieres ir a comer, ni hablar de ese tema y porque en ese momento no te apetece. Jaime hay muchas opciones en esta vida...pero a lo mejor ya estabas de acuerdo y primero, querías ir a comer y después, hablar de ese tema problema. Pero me temo Jaime que las cosas no son así de fáciles y porque el tono de la parienta lo dejaba todo superclaro, eres un mandado que no quiere tener problemas.

Hay muchos Jaimes por la vida, pero también hay otro tipo de Jaimes que parecen más afables y amables y en realidad, son unos verdaderos hijos de puta y cuando llegan a casa, le parten la cara a su parienta y para demostrar quién es el que realmente ordena y manda y lo hace, a base de palos. Hay demasiados Jaimes maltratadores, que van al bar de la esquina y hablan de fútbol y de lo mal que se comportan los inmigrantes, que no son nada agradecidos con la mano que les da de comer y que nos están quitando puestos de trabajo a los españolitos de a pie. Después, cuando ya están demasiado bien colocados, vuelven a su casa y de nuevo le parten la cara a su mujer. En la comida vociferan para demostrar que son los putos amos del cotarro, hablan de lo mal hecha que está la comida y de lo nula que es su parienta en todo, no sabe hacer nada.

Después de comer un café con una gran copa de coñac y para dar la puntillita a su borrachera dominical. A continuación la sala de estar se llena de ronquidos de morsa y cuando se despierta la morsa, lo hace con el gran estruendo de dos inmensos bufidos de la peor cosecha, dos insultos peyorativos, faltones y como corresponde y su actuación estelar acabará dando un gran portazo para volver a la calle, mejor dicho, al bar de la esquina. Y entonces, se vuelve a mover la misma noria que nunca más dejará de dar las mismas vueltas.

















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