SESENTA DÍAS LLOVIENDO (Karmelo C. Iribarren).

 Cuando los días de mal tiempo

se prolongan durante meses

—nada extraño en San Sebastián,

por ejemplo— suele ser

conveniente vigilarlos de cerca,

estar atentos a lo que nos dicen,

prestar mucha atención a cómo nos afectan.

Existe un tipo muy venenoso de tristeza

que, camuflado entre estos días,

coloniza lentamente tu alma,

para luego, desde allí, lanzar

sus huestes contra tu cuerpo,

a fin de irlo desmotivando poco a poco,

hasta esa mañana en la que al levantarte

no sabes bien qué es lo que te sucede

pero sabes que te sucede algo,

porque no tienes fuerzas para nada,

como no sea arrimarte al cristal

y ver allí enfrente el humo de las chimeneas.

Si tienes suerte, en cuestión de semanas,

los días luminosos de la primavera

aventarán esos miasmas de tu espíritu

y te insuflarán nuevo vigor en los huesos,

rescatándote otra vez para la vida.

Si no, pasarás a formar parte

de ese ejército triste, maltrecho,

de almas perdidas, a la deriva,

que vemos a todas horas por las calles.

Indagadores de la sombra,

allí abajo, en el pozo sin fondo

de sí mismos, muchos

no regresan nunca a la luz.



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DOS TIPOS DE LUZ

 "Hay dos tipos de luz: la luz que te ilumina y la luz que vas dejando tras de tí".