Hacer pequeñas revoluciones
es lo fácil.
Subirte a un escenario,
hablar de lo que conoces
es lo fácil.
Lo difícil es
forjar una ideología
consecuente con todos y cada uno de mis andares.
Lo difícil es
no pecar de narcisista
en esta rutina adquirida
de hablar de mí misma a todas horas.
Lo complicado es
escribir de aquello que aún no sabes,
romper tus zonas de confort,
decir no al orgasmo fácil,
huir de las escaleras mecánicas,
de las conversaciones mecánicas.
Lo difícil es
hacer algo con la contradicción.
Verbalizar que me tengo que hacer cargo
no es hacerse cargo.
Lo difícil sería
pintar mi mundo interno,
hacerme maravillosas autocríticas,
rozar lo social;
yo creía
que lo difícil sería eso:
el atreverse,
el primer paso.
Esto ya lo he escrito.
El segundo es la complejidad,
lo que hace genuino al arte,
lo que difiere de una explosión creativa,
los cinco mil porqués sin respuesta,
las preguntas,
el salto al vacío.
Lo jodidamente difícil es
crear algo diferente,
encontrar la forma,
no conformarte con la impuesta.
Planificar en el caos,
volver caótico lo estandarizado.
Pero es tan tan fácil,
tan fácil
acomodarse,
quedarse en el sofá,
dejar que sean otros,
que sean otras
quienes luchen,
quienes griten,
quienes revolucionen.
Quedarme en lo malo conocido,
en el placer de no enfrentarme al duelo,
de no querer más,
de echar de menos,
de qué más da si esto ya lo han escrito.
Esto ya lo han escrito.
Esto ya lo he escrito.
¿De qué más escriben las poetas?
Lo difícil es
saber que quiero cambiar el mundo
y solo tener mis manos.
Lo difícil es
levantarse cada mañana y enfrentarse al vértigo.
Lo fácil sería
dejarlo aquí
en esta cima inventada,
en el triunfo de lo inmediato.
El problema es
que solo acabo de empezar
y quiero más
y no sé cómo
pero confío
y camino.

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