FUÍ Y YA NO SOY

 

La guinda del pastel no soy yo, ni eres tú, ni somos nosotros ni los otros, ni el vecino de enfrente, ni la persona que se queda a tu lado y esperando que le digas algo nuevo o algo distinto o que aportes algo positivo, que le nombres, que le menciones, que le prestes la importancia adecuada y hasta ahí es hasta donde llego. La guinda del pastel es el día en que nos enamoramos y en donde dejamos todo de lado y cuando digo todo, es todo. Nos enamoramos un día de invierno y fue en el Carnaval de Cádiz. Hacía frío o eso era lo que yo sentía y porque en aquellos lejanos días, tenía más frío que gloria. Mi cuerpo de aquellas era diferente al de ahora, estaba encogido, un poco apagado y me sentía un poco vendido y vencido. Arrastraba mi frío corporal por todas partes y así fue y hasta que me dí cuenta de que me estaba enamorando, que me había quedado contigo, que me encantaba tu risa, tus historias y como las contabas y de repente tuviste la brillante capacidad de encender mi fuego interior, mi fuego remoto y mi fuego divino. De repente ya era otro y claro ese otro era mucho mejor que el anterior que había sido. Recobré vida, me hice fuerte y busqué lucirme y hacerme poderoso dentro de un límite. Y sé que lo conseguí y porque al poco tiempo te habías sumado a esa causa de amor inconcebible. En realidad me sentía cansado con tanta mierda acumulada por relaciones anteriores y me sentía invadido por malos rollos que habían alterado mi comportamiento más primario y que me estaban volviendo un poco más loco. Venía de una relación espantosa, tóxica, venenosa, amarga y dañina y donde lo más normal era hacernos más daño el uno al otro. Claro que yo fuí partícipe de ella y crié a esa bestia destructiva y la cuidé y la mimé y muy bien no sé el porqué. Sería la dependencia, la inseguridad que me  daba el quedarme solo, el miedo a ese abismo que de aquellas me sujetaba a su borde y no era capaz de comprender quye ese abismo estaba allí porque yo lo quería. Creo que me atraía vivir en la inseguridad permanente y que a su vez me generaba más dudas. Vivía en la duda perpétua y en donde las apariencias no engañaban a nadie. El negro de luto era mi color preferido, el olor a medio muerto me saludaba todos los días, mi vida se había convertido en pura miseria y el miedo a vivir crecía de una forma desmesurada.

Me acuerdo que de aquellas tenía un mínimo terreno que rodeaba mi casa da Costa da Morte. Y todos los días me repetía la misma monserga: hoy sin falta arreglaré el jardín y el día pasaba y como si nada y el jardín seguía igual de descuidado. Pero lo más cojonudo del tema, era que al día siguiente y cuando me levantaba, me repetía la misma letanía y sabiendo perfectamente que en ese nuevo día, iba a pasar lo mismo. El jardín nunca fue tocado, ni pinté sus muros húmedos y desconchados y negros, ni planté nada nuevo, ni recogí la leña que andaba tirada por el suelo, ni siquiera me molesté en quitar las malas hierbas ni las de mi jardín ni las de mi cabeza. Lo mío era sobrevivir en cada día que pasaba y esa mi verdadera meta, sobrevivir ese día y aunque sabía perfectamente que al día siguiente iba a pasar lo mismo y entonces yo ese día me negaba a verlo así y porque tenía la moral hundida y el pensamiento enfermo y un poco podrido. La vida era eso, una enumeración de hechos y desayunaba, trabajaba, comía y de repente ya estaba situado en la tarde y encendía la estufa de leña automáticamente y entonces me tenía que tomar 5 cafés seguidos y para no quedarme dormido ante tanta desidia y aburrimiento. Y en eso consistía la tarde y cada vez que lo pienso me entran ganas de llorar y porque estaba fatal. No sé si estaba medio muerto o medio vivo. Las tardes eran insufribles, aburridas hasta la médula, tediosas y muy pero muy mentirosas. La mentira imperaba por aquella casa y de cada dos palabras una era una puta mentira. En fin, que nos fuímos acostumbrando a vivir entre tanta mentira.

Cada día que iba pasando me sentía más debilitado, más flojo, más débil, más peor persona y era una máquina destructora de todo lo que me caía por delante y por eso cuando salíamos de borrachera mi lengua se hacía viperina e iba dándole estopa a todo lo que se meneara. Me convertí en un ser odioso, amargado, enfadado con el mundo y con todo el que se me pusiera por delante. Yo de aquellas lo tenía muy claro y mi objetivo final era destruír a todo lo que respiraba vida. Era una bestia destructiva o un León de tres cabezas y un serpiente como persona y un traidor de mis principios. Me convertí en la antítesis de lo que realmente quería ser. Y mis amigos de aquellas y ahora que lo pienso, fueron más amigos de lo que yo pensaba y porque en aquellas condiciones aguantarme a mí, tenía un mérito imposible de soportar. Hace poco tropecé con una querida amiga de aquellas y me dije para mis adentros...¿me habrá perdonado?. Y joder, parece que sí y porque empezó a hablar conmigo y como si nunca hubiera pasado nada. Yo tampoco saqué ese tema a colación y porque si ella ya me había perdonado ¿para que coño darle más vueltas al tema?. Sentí verguenza ajena aunque ya sé que esa verguenza  era mía. Y pasada aquella mala época y que fue una de las peores de mi vida, nunca volvía ser como en ese período de mi vida. Y porque después de esto y así volvemos al pricipio, me enamoré como un piojo y creo que eso fue lo que me salvó la vida.













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