COBARDÍA Y VALENTÍA


 A veces tiendo a pensar que mis objetivos están cubiertos y que mi misión en ésta vida ya está cumplida y que ahora y hasta que quiera venir la muerte con su guadaña, tendría que sentirme más libre que nunca. Liberado de ese exceso de equipaje y más suelto de pensamientos. Nunca me preocupó en exceso el peso de la ley, quiero decir que nunca me quitó el sueño el no seguir el camino correcto o el camino marcado previamente, pero sentirme como me siento ahora, libre de cuotas, libre  de compromisos y libre... e iba a decir de impuestos, pero libre de impuestos es cosa imposible. Los impuestos son como pesadillas en medio de un hermoso sueño y yo creo y yo pienso que a determinadas edades debíamos estar libres de impuestos  y hasta de pecado y porque todo lo que hasta ahora hemos trabajado y cotizado, tendría que ser suficiente y para que no convirtamos nuestra vida, en una película de miedo. Pero quién va a escuchar a un pobre viejo que en ésta sociedad de mierda, está considerado ser más estorbo que otra cosa y que ni siquiera sirve para salir en las fotos de familia. Un viejo al rincón de los viejos. Claro que yo entiendo un poco lo que les pasa a ellos y porque todos o casi todos, piensan que de alguna manera se van a librar de ser viejos y como somos seres egoístas que sólo queremos lo mejor para nosotros mismos  y por esa visión tan corta que tenemos de la vida y en consecuencia, somos demasiado cortos de vista y en esa visión tan cutre y tan pobre y tan corta que tenemos no entra el verse reflejado en la vejez y porque de una manera inconsciente, uno rechaza todo lo viejo y lo que le huele a rancio y le sabe a roble viejo.

Pero mi yo (que no es tan independiente) choca con la puta realidad y sin más me hace cambiar de idea y porque haya cumplido o no, todas mis expectativas, yo sé que me agarro a la vida con uñas y dientes y al final de todos los finales te importa un huevo si has complido tu misión de mierda. Pragmatismo del barato y que hasta hay veces que está de saldo. Pragmatismo de andar por casa y en donde te vendes por un plato de lentejas y ya sabéis como acaba el dicho, o las comes o las dejas. En teoría todos somos muy valientes y mostramos nuestras plumas de valientes al que antes se lo crea y nos lucimos  y nos pavoneábamos delante de sus narices de pringado y para que se piense que has metido el dedo en la llaga del secreto de la vida y que has dado en la tecla, pero la valentía es un don bastante escaso, que fuera de contexto no nos dice nada de nada. Porque ser valiente no significa que tengas todo solucionado y además ¿quién nos mide ese grado de valentía?. Puede ser un valiente de pacotilla o un valiente asesino o un vende patrias que se camufla de valentía y que después, nos vende su moto y hasta nos vender su patria.

La valentía es un don que habrá que cuidarlo y mimarlo. Yo he conocido a muchos que se decían valientes y hasta es más, se creían los más valientes de la tribu y al final resultaron ser unos valientes desgraciados que supuraban odio por todos sus poros. La cobardía es el polo contrario de la valentía y a veces pasa que estamos entre Pinto y Baldemoro y un día somos los más cobardes del munto y al día siguiente nos creemos los más valientes del Universo. Por el medio no pasa nada y porque el medio se sitúa en tierra de nadie. No hay cobardía o valentía a medias tintas, ni a medias palabras y ni siquiera las hay en doble sentido y si tú le llamas cobarde a la cara a alguien y no él no tendrá la opción de poder contestarte. Hay cosas que son así y así de imperdonables, pero ni tú ni yo, hicimos las leyes ni impusimos las normas. Las normas ya estaban hechas antes de que naciéramos. En fin, que somos lo que somos y el tema no cambia tanto, ni por ser cobardes ni por valientes.













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