Segundo día del año, la estamos estrenando y es como si tuiviéramos un juguete nuevo entre nuestro dedos. Y no todo depende de nuestros mejores deseos y porque los deseos son peticiones futuras y para nuestra desgracia, el futuro en el que has depositado casi todas tus esperanzas, muy pocas veces se cumple. El futuro se viste de incógnita y ya depende de nosotros mismos el que reconozcamos que de 100 cosas que pedimos, sólo se cumplrá una de ellas y eso como mucho. No hay futuro y como decía aquella vieja canción de estilo punky. Y yo digo, no hay futuro si tú no quieres que no haya futuro, porque vamos a ver, el futuro nos está esperando y tiene un sitio reservado para tí y a partir de ahí, ya depende de lo que tú quieras hacer. Con esa frase de que no hay futuro, estos señores músicos no llegaron muy lejos y porque no somos sujetos pasivos que se dejan llevar por la corriente. No hay que generalizar tanto ni sacar conclusiones antes de tiempo. Desde luego lo que es por mi parte, la rendición está descartada. Puedo admitir que me equivoqué muchas veces, que no acerte en otras, que me desplace demasiado hacia un lado, que me cabree y me puse siroco, que me enfunde un traje que no era el adecuado, que me pasé de la raya demasiadas veces, que me transformé en otra persona, que tropecé con la misma piedra un millón de veces, que me convertí en saltamontes o que me perdí en medio de un bosque en una noche de bruma. Pero lo que nunca haré será rendirme sin condiciones. La palabra rendirme está borrada de mi diccionario y las condiciones de las que yo hablo, serán tantas y tan difíles de ser cumplidas, que el enemigo firmará la paz ipso facto. Se llama batalla ganada por saturación de receptores.
En las batallas no siempre hay armas ni bombas de mano y porque hay batallas de letras y palabras y las cuales se les va dando una forma determinada y que suele ser la que más daño hace. Las palabras afiladas se clavan, las agudas te revientan el oído, las graves te llevan al cementerio y por su pronóstico tan negro, las esdrújulas te producen sordera, las suaves te destrozan los sentimientos, las duras serán pedradas que te abollaran el coco, las sinceras te atravesarán el alma y las que funcionan sin nombre se harán enormes. Pero eso sí, las palabras no tienen porque engañarte, lo pueden hacer, pero si sabes y conoces su funcionamiento, tú serás el único responsable del daño producido. Uno tiene que hacerse cargo de su propia autoestima y por que si no lo haces tú ¿quién lo hace?. La baja autoestima es como se ven las cosas desde las cloacas o desde las mismas alcantarillas. La autoestima se sube pero también se baja y cuando estás en pleno proceso de bajada, es cuando debes pedir ayuda y ya puedes dirijerte hacia los demás o hacia ti mismo y porque si así no lo haces, será mejor que te pongas a la cola para ingresar en un loquero.
Yo como soy un ser bastante completo, tengo que decir, que estuve dos meses ingresado en un loquero y un mes de cada vez. Allí hice unos cuantos amigos que con el paso del tiempo se fueron diluyendo como un azucarillo. Y ahora pertenecen a la sección de aquellos entrañables recuerdos en un loquero. La última vez salí mejor que la primera y de momento me mantengo libre de pecado y espero que en mi futuro esté escrito que nunca volveré a ese sitio. La gente cuando ingresa en esos sitios, se piensa que lo van hacer nuevo y yo sé que de nuevo nada y te limpiarán un poco la fachada, te pondrán una ligera capa de pintura y de nuevo te pondrán patitas en la calle, pero eso sí, cargado de medicamentos que te harán demasiado poco, pero sí tú te lo crees y porque has depositado mucha fe en ellos, pues puede que te hagan algo. Más milagros he visto en ésta puñetera vida.

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