TANTO MONTA Y MONTA TANTO ISABEL COMO FERNANDO


 Ésta Isla puede resultar muy dura para el que viene a vivir a ella. Para el autóctono de aquí, no sé si le será muy dura y a veces me supongo que sí y porque al fin y al cabo son seres humanos que han nacido aquí y tendrán los mismos problemas y alegrías que tenemos nosotros, los puñeteros forasteros. Pero otras veces, pienso que no, como ellos ya nacieron aquí, pues salieron adaptados al medio en el que están viviendo y conocen sus limitaciones. Y además, como ellos cierran filas y hacen piña entre ellos, es de suponer que tienen más apoyos que los que tenemos nosotros. Yo he visto a algún menorquín que otro, asfixiado por el factor Isla y porque entre otras cosas, aquí todo se sabe o se acabará sabiendo y el que es de aquí, la tiene clara y porque a la hora siguiente toda la Isla lo sabe. Vida de Isla y con todo lo bueno que tiene y con todo lo malo. Y lo bueno que tiene y ya lo he dicho más de mil veces, es su extraordinaria belleza y que al ser Isla, sus playas y calas parecen de otro mundo y donde la belleza es ley de vida. Pero aquí debo hacer otra pausa y porque ahora siento que debo de explicarme. Playas y Calas y un mar mediterráneo que enamora a cualquiera, aguas traslúcidas y transparentes y de un maraviilloso azul a veces más intenso y a veces, más claro. Pues dicho esto, tengo que decir que hace como 13 años que no piso una playa ni me baño en ese mar tan guapo y tan cálido. A mí las playas nunca me gustaron demasiado y bañarme en ellas, tampoco. Y no soy de secano y porque nací a orillas del Atlántico y en una preciosa ría, la ría de Vigo. Por tanto de mar sé bastante y desde luego que no es por eso. Yo siempre he añorado el mar, pero no para poderme bañar en él y sí para verlo y disfrutar de esa vista. Me encanta el mar y sus consecuencias y adoro los muelles, el tintineo de los barcos, su olor a salitre y a brea, los domingos de paseo por los muelles y saludando al mar y de vez en cuando a algún alma perdida que también pasea por el muelle y hasta de vez en cuando oigo las expolicaciones sobre barcos que me daba mi padre. Mi padre que en paz descanse.

El mar siempre estuvo conmigo y lo he mamado desde que era niño. Me siento de mar, pero yo amo al mar de esa forma, mirándolo, escuchándolo y sintiéndolo, pero no bañándome en sus aguas frías o calientes. Debo padecer una especie de fobia o algo parecido. La única fórmula que tengo para darme un baño en condiciones, es que el mar esté lo sufientemente alborotado, para que me obsequie con unas buenas y hermosas olas. Y entonces, sí que no me lo pienso dos veces y voy de cabeza a zambullirme. Con olas el mar me entusiasma y sin olas el mar me aburre y porque en realidad, tampoco me entusiasma nadar. Y además el termostato lo debo tener jodido y por que la temperatura del mar en ésta Isla, es de agua templada y más tirando a caliente que a fría. Ahora mismo estoy pensando, que soy un tío demasiado raro. Pero en conclusión, yo no me baño y supongo que si me voy de ésta Isla, no me bañaré nunca más. Son cosas que pasan y uno busca razones que muchas veces no encuentra y para poder justificar porque hago éstas cosas y al final, no encuentro justificación ninguna. Te quedas sin argumentos o te quedas en bragas. Pero bueno el que manda en esto, es si tienes ganas o no, de bañarte o de cascarte un paja. Y es que las ganas siempre mandan y si tienes ganas de bañarte te dirán que bien que te diviertas con esto y con nosotros y los que no las tienen, te dirán pues ya eres uno más al que no le gusta bañarse en el mar. Tanto monta y monta tanto como Isabel como Fernando (refranero popular que viene a decir que da igual una cosa que la otra).




















 

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