Admito que el hecho del escribir me hace ser más valiente, más atrevido y más decidido. Hoy me levanté temprano y me puse a escribir y hasta que llegó la hora de llevar a mi hijo pequeño al tenis y entonces, lo llevé. Después de una hora volvimos del tenis y tres cafés entraron por mi boca y cayeron en mi saco roto y descosido. Dirigí mis pasos hacia mi casa y justamente antes de entrar, me paré a pensar y durante un segundo, que debería cortarme el pelo y eso hice y como tengo una peluquería justo enfrente de mi casa, pues entré en ella. Me corté el poco pelo que me queda, me repasaron las cejas y me recortaron los pelos que salen por mis orejas. No hay que olvidar, que ahora que somos viejos y muy orgullosos de serlo, los pelos que más nos crecen son los que nunca nos crecieron, orejas, nariz y los que nos nacen por nuestros adentros. Yo pido que me corten el pelo al uno y eso es un corte raso y extraordinariamente corto. Me quedan cuatro pelos sueltos que sobreviven como mejor pueden y porque poco de vida les queda y porque hoy me fijé, que hay más calvas que pelo y eso es un avance inexorable. Me corté el pelo pero no las ideas y porque las ideas crecen libremente dentro de mi cabeza y de vez en cuando salen a pasear. Y cuando salen a pasear yo las intento capturar y para poder escribirlas lo mejor que puedo. Y no hay ninguna magia en una mañana de sábado o de momento no la hay. Un sábado de mañana, un sábado frío pero no tanto como el que hacía ayer o anteayer (aunque la verdad, no lo tengo muy claro y porque en realidad, hace un frío del carajo), un maldito sábado del mes de Enero y como todo es posible, uno nunca sabe lo que puede venir.
Hoy me siento ligero, de poco peso y como decía aquella canción infumable y tyan antigua como yo, tengo el corazón contento. Hoy me siento lleno de luz y por eso voy regalando luz y porque me sobra luz y me sobra energía aeróbica y metabólica. Quién me iba a decir a mí, que a mis 70 años iría regalando energía y por exceso y por rebosamiento. Con lo tranquilo que vivía yo hace unos años. Pero de repente llegó una ola gigante que me transformó en pura energía atómica. Me siento un transformador de energía y cada átomo que me entrega el sol o el viento, lo transformo en millones de átomos de años luz. Mi gran poder es ese y por eso intento aprovechar la intensidad de cada momento y transformarla en palabras y letras. Ya me gustaría a mí, ser más cuidadoso y suave, ser más amable con los que viven a mi alrededor, pero tendrán que entender que a mí me falta tiempo, que tengo necesidad de escribir hasta mi último pensamiento y hasta mi último aliento. No me siento un jubilado de mierda, pero tampoco me siento un buen ciudadano de esos que van a votar y que piensan que con eso ya cubrieron su expediente democrático. Y entonces ¿como me siento?. Pues alguien que siente, que quiere sentir más y que necesita describir y manifestar lo que a su vez, estoy y sigo sintiendo. Tampoco es tan difícil de entender, necesito tiempo y que me crezcan los sentimientos.
Soy un ser de luz que vive de su luz propia. Me autogestiono. Me como a besos y por mí, me quedaría de por vida, en ésta fase. En el fondo es un planteamiento totalmente egoísta y doy y regalo luz, porque me sobra. Aunque también podía decir que si me sobra podría seguir acumulándola dentro de mí. Cosa que también hago, pero aún así me sigue sobrando. Y que mejor que compartir, que dar, que recibir, que entregar y a su vez, que me entreguen, que me den, que compartan conmigo y para intentar hacer juntos éste última parte de mi vida. Habrá gente que me diga y comparte tú con tu puñetera madre y hazte tu propio viaje astral hacia las antípodas del universo. Lo mío es más tipo de la imaginación al poder, pero sin Trump, sin las Ayuso, sin los Milei y sin todos esos que supuran odio y rabia por cada uno de sus poros y por cada una de sus muelas. Para un buen y un mejor viaje, hay que escoger una buena y mejor compañía. No todos valen para ese viaje y ni todos me valen.

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