Pero a veces olvido dónde estoy,
me imagino de nuevo dentro de esa vida.
Mañanas reacias. El sol quizá,
o es más probable que una luz incolora
filtrándose a través de nubes amorfas.
Y cuando empiezo a creer que no me he ido,
el resto regresa. Nuestro sofá. Mi humo
trepando por las paredes mientras pasan las horas.
Luchando contra el ruido del tráfico, la música,
algo vivo, lo que sea, para oír tu llave en la puerta.
Y esa sensación de inquietud en mi pecho,
como si el día, la noche, dondequiera que esté
para entonces, no hubiera sido más que un zumbido
de algo más que la espera.
Oímos hablar tanto de cómo se siente el amor.
Ahora mismo, hoy, con la lluvia ahí fuera,
y las hojas, que quieren tanto como yo creer
en mayo, en las estaciones que vienen cuando las llamamos,
es imposible no desear
entrar en la habitación contigua y dejar
que deslices las manos por los lados de mis piernas,
sabiendo perfectamente lo que ellas saben.

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