Hay noches en que todavía escondo algo.
No dinero. No comida.
Algo peor:
esa parte de mí que aprendió a sobrevivir sola.
Tú duermes y la casa respira despacio,
con ese ruido pequeño
de las tuberías,
de las maderas acomodándose al frío,
de todas las cosas que no tienen miedo.
Y yo la escucho.
Escucho también a la otra,
la casa vieja que todavía llevo dentro.
La que cerraba las puertas con llave.
La que guardaba. La que contaba.
A veces esa casa se despierta.
Camina por mis costillas. Revisa las ventanas.
Mira debajo de la cama. Me interpela:
¿y si mañana? ¿y si se acaba? ¿y si esta vez también?
Entonces busco tu espalda en la oscuridad.
No para que me salves sino para recordar
que existe un cuerpo
que no ha venido a quitarme sitio.
Apoyo la frente entre tus omóplatos.
Siento el calor.
La sangre.
La vida haciendo su trabajo sin pedir permiso.
Y algo,
muy despacio,
afloja.
No el miedo. Afloja la mano
que lleva años sujetando la puerta.
Afloja la mandíbula.
Afloja esta bestia
que siempre durmió vestida por si tocaba huir.
Te acercas en sueños.
Y nada más.
Un movimiento pequeño.
La costumbre de buscarme
y no esconder nada.

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