Vuelve otra vez el miedo
y hay un bloque de hielo
en la esclerótica,
una luz perforando la pupila,
una herida profunda y circular
fracturando el visor
de la mirada
con un premeditado error
de paralaje.
Llega otra vez el miedo
y en el laboratorio
de nuestro propio cuerpo
existe una animal
pequeño y asustado
corriendo sin parar
por un circuito eléctrico
que ha sido eliminado
del ensayo.
Entonces silba el miedo
y hay un crujir de sístole
pulsándonos el arco
de los labios,
un zumbido marítimo
de espuma censurada,
un rumor matinal
parecido a un quejido,
a un corazón hambriento
lamiéndole los huesos
al futuro,
como cuando despiertan
aquellos que vinieron
a soñar de otras formas,
como cuando se tocan
aquellos que crearon
un alfabeto nuevo
con los dedos.
Entonces llega el miedo
y hay un eco lejano
retorciendo una duda
entre los dientes,
en el triste espinazo
del silencio,
el esqueleto insomne
del asfalto,
un murmullo que exhibe
su vocación de elipsis
como una lagartija fluorescente
rompiendo las esquinas
de la noche.
Tú me dices: Me rindo,
me voy a algún lugar
donde no llueva a plazos
y exista un sindicato
que sepa defender
nuestra esperanza.
Yo te agarro la mano,
te guiño el ojo izquierdo
con la dulce firmeza
de las primeras veces
y te beso el mañana,
porque sé que me mientes,
como siempre,
pero quieres que finja
que te creo
y he llegado hasta ti
para salvarte.
Y miramos el mar...
y entendemos que nunca
nos pondremos de acuerdo
con el ir y venir
de la marea
pero que incluso así,
los dos vivos de miedo,
cogidos de la mano
como encajes de sal,
nácar y argazo
podemos ser hermosos
y eso basta.

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