NAJAT EL HACHMI


"No estaba contenta ni nada, la niña, cogida de la mano del capitán de la selección española, desfilando hacia el centro del campo. La alegría en su rostro contrastaba con la tela lila que le cubría la cabeza y el cuello, esa prenda emblema de la misoginia islámica que se impone para que las mujeres sepamos cuál es nuestro lugar en el mundo, para que interioricemos que la simple presencia de nuestros cuerpos en el espacio público supone un problema, un conflicto, un desafío al orden patriarcal. Religiosos más o menos tradicionales, rigoristas o fanáticos, todos dicen que vamos desnudas si dejamos nuestro pelo al descubierto. Y la desnudez provoca a los hombres. Pobrecitos ellos, tienen tan poco control sobre sus instintos que a nosotras no nos queda otra que tomar medidas para ahorrarles la incomodidad de la excitación provocada por esas fibras peligrosas que brotan de nuestro cuero cabelludo como serpientes de Medusa. Así se marca la diferencia sexual que no existe porque hombres y mujeres tenemos pelo en la cabeza.
Que el mundo haya decidido obviar el significado machista del velo no hace inofensiva la prenda. Más bien todo lo contrario, su carga simbólica es de una violencia insoportable para cualquiera que crea en los derechos humanos y en el respeto a la dignidad de las mujeres. El hiyab es tan degradante como los grilletes de los esclavos; pero hay que respetarlo porque representa la diversidad. ¿Qué diversidad tolerable es esa forma de marcar a fuego a las mujeres, de envolverlas en la bandera del sometimiento al orden teocrático internacional?
Claro que la niña no sabe de eso, del mismo modo que las que son disfrazadas de mujercitas hipersexuales no entienden que se las está moldeando para que se acostumbren a ser lo que los hombres han decidido que sean. Antes las musulmanas se ponían el velo al casarse, después al llegar a la pubertad y ahora les es impuesto a edades cada vez más tempranas para que se acostumbren, porque nadie nace con la vocación de borrar esa parte de su identidad individual. Podrían raparnos al cero como los nazis, pero prefieren taparnos y que solo el marido pueda acceder a ese exclusivo privilegio. Dirán que es identidad y habrá quien se habrá alegrado de ver a la niña velada entrando en el estadio. O les da igual que se sexualice de ese modo a una cría ante la mirada de millones de personas. Es su cultura, su religión, hay que respetarla. Será que los niños, con su pelo libre, no tienen nada de eso. Aunque, ¿qué podemos esperar de la FIFA y esa fratría misógina que ostenta el poder en el mundo del fútbol?

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