"VIRGINIA WOOLF TOMÓ MI MANO". Krisma Mancía


Él no llegó a la cafetería aquella tarde lluviosa.
De regreso a casa, Virginia Woolf tomó mi mano
y me habló de la casa amueblada de Orlando.
Necesitaba un falso amante esta tarde de lluvia
o tal vez una taza de café, permitirme un beso, contemplar botones.
Cualquier cosa que se resistiera a envejecer.
Pero él no llegó esa tarde lluviosa.
De regreso a casa, me detuve a comprar flores
y me negué a entrar al salón de belleza.
La soledad era demasiada hermosa debajo del paraguas
y es fácil envidiar lo que ya no se tiene.
Necesitaba que sucediera algo.
Algo que me golpeara, algo que me hiriera, algo que me hiciera sentir algo,
sobre todo eso: sentir.
No importa qué, ni cómo.
Entonces dejé que la gente chocara contra mí,
solo por sentir una mano rozándome por accidente…
Creo que hay una especie de dolor interior que solo el dolor exterior equilibra
y se me pasó la mano,
la fuerza necesaria en el cuello,
el límite de velocidad,
el no detenerme a tiempo…
hice caso omiso al sonido de la sirena de una patrulla,
a la cinta amarilla,
al calor de una bala rozando mi frente,
a la tos,
al deseo de vomitar…
Siete minutos y no pasó nada, Virginia.
Los ataques de ansiedad solo tienen un motivo: exceso de futuro;
y un solo objetivo: la perdida de control,
y esperar, esperar es la peor medicina.
Es la pesadilla vestida de sueño.
Esperar que se normalice la respiración, el pulso, las ideas…
La inmovilidad,
la incapacidad de volver del viaje,
las aspas del ventilador se detienen
y solo hay siete minutos.
Pánico. Una sensación extrema.
Pánico a morir. Pensar en la pena máxima.
Pensar en…
No pensar. No pensar.
No quiero pensar en la felicidad y en la belleza de vivir.
Pensar que no sucede nada.
—Pensar, ¿pensar qué?
Virginia Woolf tomó mi mano.
Hubiera sido una buena amante en esa tarde lluviosa.





















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