María Toca Cañedo.

 Esto se escribió el pasado año. Con rabia. Con la misma que ahora lo republico. O con más.

No mejoran, tampoco nos cansamos de combatir a la peste de ultraderecha.
La miseria humana de gente que atrapa a inmigrantes recién llegados puede deberse al incendio de maldad que provoca la ultraderecha. Puede pero no sólo. Hay un germen de perversa cobardía que lleva a personas normales a delatar en tiempo de posguerra, a levantar el dedo acusador ante el poder. A convertirse en rata mientras en otras personas les sale proteger al humillado.
Hay seres que se unen al poder para abusar del débil. Son excreciones humanas.
La ultraderecha lo que hace es envalentonar a esas ratas, decirles "hazlo, no te escondas, yo apoyo tu condición de rata porque soy la rata mayor"
Hay miseria humana como gente de bien. Existe. La ultraderecha no la produce, la saca a la luz
Produce desprecio, asco y la conciencia de que no podemos dejar que esas ratadas sean posibles.
Asustan pero hay que combatirlas como infecciones o como invasiones de virus
Yo quiero un país abierto, acoger a gente sufriente. No quiero compartir espacio con ratas miserables que atacan al débil.
Deben volver a la cloaca y no salir. O disimular su perversión.
Trump, Abascal, Orban, Putin, y todas las ratas mayores, han empoderado a las pequeñas.

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