Y coño hoy tengo un frío del carajo. La verdad es que soy bastante friolero y debo llevar dentro de mis huesos todo el puto frío que pasé en mi infancia. No eran tiempos de tener caldeada la casa y a una temperatura adecuada o por lo menos no lo eran para mi madre y ventanas abiertas y no sé cuantas horas al día y en pleno invierno y cuando cerrabas las ventanas, la casa ya estaba congelada y aquello, ya no era posible de remontar. En mi infancia no había calefacción de ningún tipo y las estufas eran de butano, pero no se debía gastar mucho butano y no sé porqué pero así era y por eso al final, se usaban en días esporádicos, en días de celebración de algo, como era en navidades y poco más. O cuando venía a comer o cenar alguien que para mis padres era importante. Me acuerdo y como si fuera hoy, de que lo único caliente que recuerdo de mi infancia eran las bolsas de agua caliente que se usaban para calentar los pies y cuando te ibas para cama. Las primeras bolsas de agua que hubo en el mercado, no tenían forro y su textura era de goma pegajosa, pero coño cuando el frío te apretaba te daba igual la asquerosa y pegajosa textura de la bolsa de agua. Después y poco a poco, fueron sofisticando un poco mejor el tema y a las bolsas les enfundaron telas protectoras y para no abrasarte directamente los pies. Pero aparte de esto, el tema era meterse en aquella cama que supuraba humedad y si ya antes estabas muerto de frío, ahora lo estarías dos veces. Para mí, mi madre era superestoica y demasiado espartana o valoraba las cosas de manera diferente y en su argumento vital, el pasar frío, pero...pero mucho frío, entraba como algo con lo que se tiene vivir. Y en cambio en el mío, dice que no, que nunca hay que pasar frío si se puede evitar.
Y cuando me fuí a la Universidad de Santiago de Compostela en mi mente y cuerpo regurgitó el viejo recuerdo del frío de mi infancia. Los pisos para estudiantes, eran como eran y eran una puta mierda. Fríos como témpanos, húmedos de pecera y por supuesto sin calefacción ni nada parecido. Me acuerdo de usar una diminuta estufa eléctrica que tenía dos barras incandescentes que te daban calor pero ese calor nunca cubría tus necesidades caloríficas y de cada vez ibas acercando un poco más esa estufa a tu cuerpo y al final, te acababan saliendo unos lindos Sabañones. Y si en mi infancia meterse el hecho de meterse en cama era todo un poema, pues en este tipo de pisos patera era una verdadera tortura china. Dormir en pijama era una utopía. Y te acostabas con la ropa que llevabas encima más dos capas más de ropa. Y creo que todo ese frío lo llevo yo por dentro.

No hay comentarios:
Publicar un comentario