Esas mañanas de domingo,
en invierno,
a primera hora:
las calles recién regadas,
el aire fresco,
limpio,
el olor a cruasán de las cafeterías,
la locura
de los pájaros…
Como si la vida
te dijese:
mira, aquí me tienes,
vuelve a intentarlo.
Podría volar
pero no quiero.
Estoy harto de volar sin paracaídas
y de caer desde lo alto
a lo más bajo que te puedas imaginar.
Estoy cansado
de hacer vuelos rasantes
y de rasgar mi piel contra las piedras
y para por fin...
aterrizar donde nunca jamás quise aterrizar.
Podría volar,
pero me niego a volar,
ahora prefiero andar con los pies en el suelo
y arrastrando mis miserias como cadenas de hierro,
ahora veo mis debilidades
y no me escuecen tanto mis heridas,
ahora lo pienso todo,
y pongo a ese todo dentro de la relatividad.
Por tanto,
quizá algún día pueda volar,
pero también puede
que ya esté muerto o más vivo que ahora
y porque en el fondo,
¡todo es relativo!.
POLICRONÍAS
LAS LÁGRIMAS DE ODISEO.
VUELVE A INTENTARLO
En realidad
no he viajado tanto
lo poco que he viajado
lo hice más cerca que lejos...
Yo creo sinceramente,
que me he equivocado,
pero claro
éstas son visiones a posteriori,
había que volver a cada momento concreto
y enfrentarse a los mismos fantasmas
que tenías antiguamente,
algunos les llaman miedos,
otros les llaman inseguridades
y los menos les llaman
retrocesos necesarios para poder avanzar
pero en realidad lo peor de todo
es quedarse estancado en medio de un páramo,
atrapado en una selva de interrogantes,
entre despierto y somnoliento,
y teniendo como horizonte más lejano
las uñas de tus pies,
revolviéndote,
reconcomiéndote,
oradándote,
desmembrándote
y descomponiéndote...
MARA
Mara, fantasma azul de mis dieciséis años,
tú que fuiste una vez todo la que perdí
y la que nunca tuve.
Mara, labios de fruta,
igual que la vidriera monopoliza el sol,
te quedaste una tarde con mi vida.
Mara, almendra del mundo, yo acaricié tu piel,
supe que en ti empezaba un continente,
vi minas de oro,
campos de fresas,
arrecifes;
vi montañas y bosques donde vivir contigo.
Mara,
tú fuiste el centro de mis ojos,
el corazón del mar,
la llave de los días,
la mismo que la vela es el núcleo de la noche,
el eje de los vientos.
Mara,
cómo juntar
tus diecisiete años y un cementerio oscuro,
lleno de cruces blancas clavadas en la luna.
Mara,
cereza dulce,
ecuador de las cosas,
tú encontraste la muerte cuando ibas a buscarme.
Mara abismo, Mara veneno rojo,
Mara jardín desierto,
rosa bella y terrible cortada de mi vida.
Benjamín Prado
CONTRA JAIME GIL DE BIEDMA
De qué sirve, quisiera yo saber, cambiar de piso,
dejar atrás un sótano más negro
que mi reputación —y ya es decir—,
poner visillos blancos
y tomar criada,
renunciar a la vida de bohemio,
si vienes luego tú, pelmazo,
embarazoso huésped, memo vestido con mis trajes,
zángano de colemena, inútil, cacaseno,
con tus manos lavadas,
a comer en mi plato y a ensuciar la casa?
Te acompañan las barras de los bares
últimos de la noche, los chulos, las floristas,
las calles muertas de la madrugada
y los ascensores de luz amarilla
cuando llegas, borracho,
y te paras a verte en el espejo
la cara destruida,
con ojos todavía violentos
que no quieres cerrar. Y si te increpo,
te ríes, me recuerdas el pasado
y dices que envejezco.
Podría recordarte que ya no tienes gracia.
Que tu estilo casual y que tu desenfado
resultan truculentos
cuando se tienen más de treinta años,
y que tu encantadora
sonrisa de muchacho soñoliento
—seguro de gustar— es un resto penoso,
un intento patético.
Mientras que tú me miras con tus ojos
de verdadero huérfano, y me lloras
y me prometes ya no hacerlo.
Si no fueses tan puta!
Y si yo supiese, hace ya tiempo,
que tú eres fuerte cuando yo soy débil
y que eres débil cuando me enfurezco...
De tus regresos guardo una impresión confusa
de pánico, de pena y descontento,
y la desesperanza
y la impaciencia y el resentimiento
de volver a sufrir, otra vez más,
la humillación imperdonable
de la excesiva intimidad.
A duras penas te llevaré a la cama,
como quien va al infierno
para dormir contigo.
Muriendo a cada paso de impotencia,
tropezando con muebles
a tientas, cruzaremos el piso
torpemente abrazados, vacilando
de alcohol y de sollozos reprimidos.
Oh innoble servidumbre de amar seres humanos,
y la más innoble
que es amarse a sí mismo!
Jaime Gil de Biedma
Yo tengo una manía por encima pero muy por encima de las demás manías y esa es que nadie puede tocarme las gafas. Y el que me haga la puta b...