" Hay un momento de la noche,
cuando entre el tequila,
el calor y los recuerdos,
la canción hace que los diablos
y los ángeles se reconcilien ".
-Chavela Vargas.
Mi idea
es levantar el vuelo
y en cuanto pueda
y en cuanto me dejen.
Mientras tanto
quiero caminar sin hacer ruido
y sin levantar polvo del sendero.
Quiero caminar despacio,
poquito a poco,
con buena letra
y con el gusto de haberte conocido.
En su momento
fuiste mi compañera de fatigas
y camarada de mis momentos más alucinantes.
Mi olvido no está contigo.
Te tengo y te retengo.
Te quise y te seguiré queriendo.
Ellos no se soportan
pero salen juntos
y se llaman y quedan
y se cubren de gloria
y a veces, de mierda.
Ellos funcionan a su manera
tienen sus reglas
pero dicen, que no las tienen.
Ellos dicen que no tienen prejuicios
que todo o casi todo
lo tienen superado
y dan dos pasos y se caen de lado.
Ellos quieren vivir juntos
pero separados por un tabique de cartón piedra,
que no los aísla ni los separa ni los une del todo.
Ellos proclaman al viento
que son más libres que nadie
libres como el viento, dicen unos
mientras los otros
recogen velas y se rinden a la evidencia.
Al final,
ellos nunca reconocerán
que no son nadie
pero a ellos les gusta aparentar
que lo son.
Como ese recuerdo que viene y se va,
que a veces se queda contigo
y que en otras se hace fugaz.
Que después
te atraviesa en un segundo de extraordinaria lucidez,
y que por fin
nunca más podrás recordar.
Estudié medicina
pero igualmente pude estudiar música
o veterinaria.
No tengo vocación de médico
ni nunca la tuve.
No creo en esas zarandajas
que te imponen ser médico por vocación
para que hagas horas extras sin que te las paguen
y estar a todas horas y en todos los sitios
siempre dispuesto.
Vas de paisano y eres médico
estás follando como un poseído
y eres médico.
Un paseo,
una vuelta en barco
y sigues siendo médico por los cuatro costados.
Serás toda tu puta vida...¡médico!.
Yo creo que cada uno tiene su trabajo
y si le gusta y le apasiona
lo tienes que hacer mejor que nadie...
Pero de ahí
a que te acaben jodiendo la vida
por la presión que los demás ejercen sobre ti
y todo porque tienes que ser
una especie de dios en la tierra....
Pues pasa que entre la vocación y la realidad
hay un abismo insondable
que te carcome por dentro y te devora por fuera
y para que al final,
los gusanos se den igualmente el banquete,
con tu cuerpo.
Sabes...como el caracol
yo me arrastro por senderos y bosques.
Sabes...a veces me desentiendo de todo
y paseo desnudo
y veo la luna
y me agarro a tu cintura.
Sabes...como el caracol,
yo me siento baboso
y miro al sol y me estremezco
y en medio de la niebla
me pongo a temblar sin control.
No es miedo
es un abrazo húmedo y frío
que recorre mi médula.
Sabes...como el caracol
vivo dentro de mi propio caparazón
y de vez en cuando, me muevo y observo.
IRENE VALLEJO
“Yo no he sido”, masculló tu hijo, con un acorde de desamparo en la voz. No le creíste. Estabas segura de haber dejado allí, sobre el escritorio, náufrago en tu borrasca de papeles, el cuaderno con las notas para el próximo artículo. Como la adulta racional y siempre atareada que eres, preferiste la riña exaltada a la serena búsqueda: “¿Cuántas veces te he dicho que no revuelvas mis papeles?”, rugiste mientras te agachabas, blandiendo preguntas acusadoras, a la altura de sus ojos. Empezaste a dudar cuando dos lagrimones rodaron por sus mofletes hasta oscilar suspendidos de la barbilla. De pronto, recordaste que K. había ordenado el despacho, y el cuaderno reposaba tranquilo en la estantería, oculto a tu ciega terquedad. Tu hijo hipaba llorando: acababa de tragar una cucharada de injusticia.
Cuando algo falla y sucede el desastre, ¿por qué extraño motivo esperamos un cierto alivio al responsabilizar a otros? Buscar culpables resulta más apasionante que buscar soluciones. Los antiguos griegos creían en una divinidad llamada Momo, que no tenía más atribución que encontrar faltas en los dioses y los humanos. Momo era hijo de la Noche, la personificación de nuestro oscuro impulso a tomarla con el prójimo. Los psicólogos afirman que no soportamos la incertidumbre, el caos, la imprevisible complejidad de lo real. El pensamiento mágico cree que, señalando nombres y rostros, el mal quedará exorcizado. Antiguamente, los judíos elegían un macho cabrío, lo llevaban al desierto y lo apedreaban para que pagase por los pecados de la comunidad. De ahí viene la expresión “chivo expiatorio”.
Históricamente reincidentes, buscamos a quien endilgar incluso catástrofes fortuitas o desastres naturales. Según cuenta la Biblia, el barco en que huía el profeta Jonás topó, al llegar a mar abierta, con una terrible tempestad. Los marineros decidieron arrojar por la borda, directo a las rugientes olas, a quien hubiera atraído la tormenta. Lo echaron a suertes y la culpa recayó por sorteo en Jonás, que acabó engullido por la ballena. Rifar la condena es una de las fórmulas procesales más delirantes jamás imaginadas. Alessandro Manzoni narró en su Historia de la columna infame un episodio real ocurrido durante la peste de 1630. Una vecina de Milán, precoz espía de balcones, denunció a un hombre que restregaba los dedos contra la muralla. Así nació el mito de los untadores, que supuestamente expandían el contagio con ungüentos mortales en pomos, barandas y muros. Se abrió un proceso en el que se torturó y ejecutó a personas inocentes, cuya responsabilidad era sólo producto de una imaginación aterrorizada. Estas supersticiones no son tan antiguas: hace menos de un siglo, los japoneses acusaron absurdamente del terremoto de Kantō a los inmigrantes coreanos, desatando una matanza que dejó varios miles de cadáveres.
En un episodio de Los Simpson, Homero asesora con cinismo a sus compañeros de trabajo: “Si algo va mal en la central nuclear, culpad al tipo que no habla inglés”. La máxima apela a ese resorte primitivo que sobrevive en nuestras mentes: simplificar la complejidad de las causas convirtiéndolas en culpas. Los atenienses celebraban sus fiestas Targelias con el sacrificio ritual de dos personas acusadas de provocar hambre, sequías, epidemias o terremotos. Las arrastraban fuera de la ciudad para lapidarlas, lincharlas o lanzarlas por un precipicio. Creían que el mal siempre viene de fuera y debe ser expulsado con violencia. Llamaban a su víctima propiciatoria pharmakós, de donde procede nuestra palabra “fármaco”, como si su sangre eliminase la enfermedad. En tiempos de desgracia, es preciso mantenerse alerta, auscultar los errores, esgrimir la crítica: ser capaces de tender la mano y vigilar desmanes. Pero la convivencia se enfanga si intentamos aliviar el dolor azuzando la cólera contra el diferente, el que nos cae mal, esa gente perversa que no es o no piensa como yo. En los dominios nocturnos del antiguo Momo, unos y otros procuran que el señalado sea su adversario —ideológico o íntimo—. Dime a quién culpas y te diré quién eres.
No somos héroes con pies de barro,
es más
tenemos más materia de barro que de héroe
y somos más arena que tierra fértil.
Tampoco somos estatuas de sal,
tenemos sangre y carne
y músculos, tendones y uñas,
somos más cartílago que hueso duro
y más estómago que vejiga.
Nos dicen
personas
y lo somos
solo que cuando nos transformamos,
parecemos más larvas que gusanos.
Quizás algún día
y en algún lugar y sitio,
te darás cuenta
que lo que parecía grande, hermoso y glorioso,
resultó ser un espanta pájaros de paja y trapos.
La palabra es sencilla
en cambio el verbo
es difícil.
La entrega, la causa
y las ganas de querer
son pulsiones que laten.
Mi terror es la muerte.
Mi esplendor es furtivo y fugitivo.
Mi mente es racional
y poco sensorial.
Mi motor es de dos tiempos
en uno,
se enciende y se arranca
y en el otro,
se hace constante y persistente
y durará
hasta que se agote.
A saber... tengo dos nombres. A veces me llaman Javier, pocas veces. Y yo me hago llamar, Bruno. Nombre oficial y de partida de nacimiento: Javier. Nombre adquirido por el camino: Bruno. Hay una tercera variante y es mi nombre oficial al completo y entonces paso a llamarme Francisco Javier. En el fondo me da bastante igual como me llamen. Y falta una cuarta variante que es usada en mi trabajo y porque ahí me llaman por mi primer apellido: Lamoso, que es un apellido tan raro como lo es un perro verde.
Si en ésta corta vida he generado tantos nombres, es porque de alguna manera se han ido fijando en mí (el que no se consuela es porque no quiere). De todas formas mi primera intención en ésta vida, era pasar lo más desapercibido posible...pero hay que reconocer que me han podido las ganas de hablar, de mirar, de querer y de ser. Al final me ha podido el ansia de querer vivir. Mis escondites has sido fugaces y creo que en el fondo nunca busqué enterrarme vivo....y porque siempre me ha gustado demasiado vivir y hasta los topes. Por eso mis escondites siempre fueron reales pero transitorios.
Yo sabía que después de encarcelarme, vendría una época de asomar mi cabeza y ver y oír y escuchar. Yo nunca fui y ni en mis peores momentos, de querer cortarme las venas. Esa opción nunca estuvo disponible dentro de mi cabeza. La auto lesión sí...sí pero sin desear mi muerte. De todas formas, repito, me quiero demasiado y aprecio con demasiada fuerza lo que es vivir. Tengo varios nombres pero una sola causa:
¡"seguir viviendo"!
Si tienes ganas de conocerme
llama a mi puerta
puede que esté
y tenga ganas de conocerte...
Puede que sí y puede que no,
yo no siempre apuesto por mí,
tengo días muy malos
y terrores nocturnos que a veces me devoran
y me dejan hueco por dentro.
En esos días malos
no quiero ni verme en el espejo,
prefiero ocultarme entre las sábanas
y hacer del silencio, mi bandera.
Cambio mis viejas historias por tus hermosos cuentos o mis viejos cuentos por tus pequeñas historias, no importa el orden, ni la suma... ni ...