DICEN...

Dicen que el que persiste e insiste... al final lo consigue...
Yo llevo más de 6 largos años persistiendo e insistiendo
y con una fe rozando lo indestructible y a prueba de bombas
y a prueba de balas y a prueba de nadas
y aquí sigo, delante de éste ordenador portátil
hago las horas que puedo y me dejan,
en realidad, yo sé que me escondo en éste rincón del mundo,
pocas cosas necesito de equipaje
con mi imaginación y mis torpes dedos, voy sobrado
y por supuesto, con unas ganas inmensas de decir y expresar
las cosas,
las malditas ganas que tengo
de compartir mis pensamientos y sentimientos
y es que si no lo hago, reviento por dentro
y me moriré intoxicado por mi propio veneno,
por tanto, desatemos y soltemos las ganas
añadamos a la fórmula magistral,
un mucho o un poco de imaginación desbordante,
y para remate, que los dedos toquen tambores de guerra sobre el teclado
y a la batalla, camaradas...
somos pocos, pero somos auténticos,
somos menos, pero necesitamos muy poco,
somos sanguinarios, porque nos encanta la sangre,
me gusta el color y olor de la sangre,
y alucino con el pálpito salvaje y combativo de los latidos
y ésta es una triada cuasi perfecta:
color, olor y la pasión del pálpito
pero volvamos y recojamos hilo,
mis cualidades son: ser honrado, valiente e insistente,
ser solidario, ser compañero, ser sensible
y no ser para nada, neutro.
Mis peores condiciones como persona:
ser demasiado intrépido, ciego, terco, cabezón y obcecado,
ser demasiado poco hormiguita y porque necesito y devoro el tiempo,
soy piraña voraz de días, horas y años
y si me concedieran más tiempo, también me lo comería,
lo que yo sé y además, lo tengo muy claro,
me comería todo hasta mi último aliento,
amo la vida
y la vida de momento, me está correspondiendo.

"La partida", Miguel Delibes


 “– ¿Por qué si uno sabe nadar flota sin moverse y cuando no sabe se hunde?

– El miedo pesa, hijo”.

TODO ES MUY SIMPLE (Idea Vilariño)

Todo es muy simple mucho
más simple y sin embargo
aún así hay momentos
en que es demasiado para mí
en que no entiendo
y no sé si reírme a carcajadas
o si llorar de miedo
o estarme aquí sin llanto
sin risas
en silencio
asumiendo mi vida
mi tránsito
mi tiempo.

 

Dante Alighieri


 «Tres cosas todavía conservamos del Paraíso: las estrellas, las flores y los niños.»


Dormir debe ser lo más parecido al modo morir

Dormir debe ser lo más parecido al modo morir

o por lo menos, el estado más cercano a él.

A veces en el simple acto de dormir se acaricia la muerte

se puede sentir el húmedo frío de sus paredes

y hasta se puede notar la profundidad de su infinita 

oscuridad.

La muerte se ve en blanco y negro

y algunas veces el tono gris se mete por el medio

y ahí se queda 

y hasta que por fin se filtra el blanco puro de la nieve

o la negrura de tus peores presagios sobre tu vida

y a partir de ahí, 

todo esto ya no depende de tí

y va a depender de una dura lucha entre dos titanes

la muerte lucha por un lado

y por el otro está tu instinto de supervivencia

y quién pegue mejor y sea más contundente

va a depender el resultado final.

Yo he visto a personas que estaban muertas

y por unos segundos volvieron a la vida

y para decir sus últimas palabras

o para dirigirte su última mirada

y para por fin,

volver a su lecho de muerte

emitiendo un largo y sonoro suspiro.


Fernando Portolés Reboul

- Nunca serás escritor - me dijo la señorita Conchita devolviéndome el cuento.
Tenía 9 años y aquello era lo primero que escribía. Se titulaba "El héroe" y sólo recuerdo su frase final: "Y todos fueron a abrazar a sus familias". Lo había encuadernado con cartulina azul y había hecho algunos dibujos a lápiz.
Recuerdo que aquel viernes, mis abuelos nos recogieron en el colegio para pasar el fin de semana en el pueblo.
Fui todo el viaje en silencio, con la mirada perdida en el paisaje fugaz de la ventanilla y las palabras de la señorita Conchita resonando en mi cabeza:
- Nunca serás escritor.
Mi abuelo era muy observador y enseguida se daba cuenta de mi estado de ánimo, cantarín casi siempre que íbamos al pueblo. Aunque yo no le miraba, me daba cuenta de que él me observaba por el retrovisor.
Era un puente de San Isidro y estábamos cerca ya del final de curso. Aunque estábamos en primavera, el verano asomaba ya detrás de los calores del mediodía. Mi abuelo empezaba a llevar pañuelo en el bolsillo de atrás de su pantalón de pana para el sudor de la huerta y empezaba ya a remangarse las camisas. Era una de mis épocas favoritas.
Cuando llegamos era tarde. El cielo estiraba la luz, pero el ocaso le ponía ya un filo púrpura a las nubes. Pronto se haría de noche.
Después de cenar nos sentamos un momento delante de la alberca, frente al macizo gris de la montaña.
- ¿Me lo vas a contar? - me preguntó mi abuelo.
Le miré. Nunca tenía que preguntarme las cosas dos veces.
- La señorita Conchita me ha dicho que nunca seré escritor - dije sin rodeos - Teníamos que escribir un cuento y el mío no le gustó.
Mi abuelo no respondió nada. Entornó los ojos mirando hacia la oscuridad de la carretera que pasaba por delante de la finca.
- Mañana toca plantar las tomateras - dijo por fin - Así que vete a dormir, que te despertaré pronto.
Y así fue. Comenzamos temprano, cuando el huerto aún permanecía en umbría. Había un muro que tapaba el sol hasta media mañana. Trabajábamos en silencio. Sólo se oía el ruido de la azada rompiendo la tierra y el runrún lejano de un tractor.
Yo observaba a mi abuelo formando las regueras. Pero algo iba mal. Él siempre era un hombre preciso y aquel día estaba trazando unas líneas ondulantes que serpenteaban como una culebra.
- Abuelo, ¿por qué haces los surcos así? - pregunté acercándome al borde del huerto - Siempre me has dicho que tienen que ser rectos para que el agua corra bien.
Mi abuelo se enderezó y se limpió el sudor de la frente con el pañuelo. El sol pronto asomaría por el muro.
- Porque así fue el primer huerto que hice en mi vida - respondió mirando aquellas líneas sinuosas - Mi padre no era hombre de campo y nadie me enseñó cómo mover la azada, ni con qué fuerza tenía que golpear la tierra. Al principio, los del pueblo me decían que esto no era lo mío. Pero no les escuché. Empecé a visitar otras huertas y a fijarme en cómo trabajaba la tierra la gente que sabía. Y aprendí, después de hacerlo mal muchas veces.
Nos quedamos en silencio. No dije nada. Él tampoco. Sólo me miró y me dió mi azada pequeña. El sol iluminaba ya medio huerto y había trabajo por delante enderezando aquellos largos montículos de tierra.
Y decidí que sí, que sería escritor. Para hablar de la huerta, de mi abuelo y de aquellas conversaciones en los días de siembra.
Eso sí, con renglones rectos. Como las regueras.

DÉJALO IR...

 Déjalo ir

déjalo que se vaya

tiene todo el derecho tanto a ir como a venir

o ¿acaso no te acuerdas cuando y como llegó a mi vida?

y como de repente empecé a sentir distinto

y todo a mi alrededor se había convertido

en un árbol en flor.

Me había convertido en un ser desbordado de amor

y era tan maravilloso todo aquello 

que llegué a definir como mi estado ideal

el tener que estar enamorado

y salirme de ahí era no estar a gusto conmigo mismo.

Y es verdad que a lo largo de mi vida

me enamoré más veces

pero con esa idea de base, 

nunca llegaron a ser las suficientes.

Y con el paso de los años,

esos sentimientos fueron perdiendo intensidad por mi parte

y porque para querer a tope

hay que enamorarse hasta las trancas

pero también 

hay que dejarse llevar por la grandeza de ese momento

y abrirte en canal

y simplemente dejarse llevar por el amor.

Y esto último y de cada vez

me resultaba más difícil

y porque me negaba a dejarme llevar por nadie

confiaba en la otra persona, sí,

pero al parecer

 no con la intensidad suficiente

o como también se dice...

hasta cierto punto llegaba.

Ahora pasa en mí

lo que a lo largo de mi vida

nunca quise que me pasara

y era levantar la bandera blanca 

y rendirme ante la evidencia

de que en ésta vida no todo es amor

y porque detrás de él

hay demasiados condicionantes

que eran con los que tropezaba últimamente

y te presento a todos mis amigos

y yo pensaba, menudo palo

y a mis hijos y nietos

y yo volvía a pensar

pues que mala historia me estás contando

y viviremos siempre juntos

y entonces, me entraba un sudor frío y temeroso

y signo inequivoco de que ese amor

comenzaba a diluirse dentro de mí.

Juan Vicente Piqueras | “Oficio de cobardes”

 

Nadie es perfecto, claro, y nadie sabe
que por eso está vivo, que le debe
la vida a sus defectos, que vivir
es tarea de astutos, de cobardes.
Si hemos sobrevivido a aquel dolor
que amenazaba con aniquilarnos
es porque no supimos sufrir como queríamos
y fuimos incapaces de fallecer en él.
O fue la vida, que se ama a sí misma
más que nosotros, la que lo impidió.
El miedo es, a menudo, un buen refugio.
La pereza protege. La cobardía salva.
Quizá exagero para que me entiendas:
si seguimos viviendo lo debemos
a no saber sentir, al deterioro
de nuestro asombro, al miedo
y la astucia de los supervivientes.
Yo sé bien que la muerte se enamora
de los mejores, se los lleva pronto.
Los demás olvidamos si podemos
que no somos lo que desearíamos,
que la memoria inventa lo vivido
para ayudarnos a seguir viviendo.
Todo nuestro saber es nuestra astucia
en adaptarse al medio, en ir tirando,
en adaptarse al miedo, en no morir.
Y así nos va, nos vamos
perdiendo el tiempo, devorando días
y llevando la vida que podemos
por no saber llevar la que soñamos.

Walt Whitman. "Hojas de hierba" (fragmento)

"Creo que una brizna de hierba no es inferior a la jornada de los astros
y que la hormiga no es menos perfecta ni lo es un grano de arena...
y que el esfuerzo es una obra de arte para los gustos más exigentes...
y que la articulación más pequeña de mi mano es un escarnio para todas las máquinas.
Quédate conmigo este día y esta noche y poseerás el origen de todos los poemas.
Creo en tí alma mía, el otro que soy no debe humillarse ante tí
ni tú debes humillarte ante el otro.
Retoza conmigo sobre la hierba, quita el freno de tu garganta".
(...)

MIGUEL HERNÁNDEZ


 

NO SÉ CUANDO ME PERDÍ...

No sé cuando me perdí

porque siempre me pasa lo mismo

primero me pierdo sin enterarme de mi propia pérdida

y en segundo lugar

no me acuerdo por donde o como me perdí

ni del lugar ni del motivo

ni de si llovía o nevaba nieve negra

o de si estaba en un bosque encantado

o de si era yo el que estaba encantado en ese bosque

o si en ese momento tuve miedo

o si lo hice de mutuo acuerdo con alguien

y para joder a un tercero

o de si me tendieron una trampa o entré en ella sin querer

y porque tropecé previamente con algo que no pude ver

o vete tú a saber que coño me pasó

y porque la conclusión es la misma

y sea como sea, tardo un cierto tiempo

en saber que estoy perdido.

Y por encima de todo

tengo que pedir un deseo

no voy a pedir auxilio o socorro

y que alguien venga a mi rescate.

En éste tipo de luchas

me gusta y además, quiero pelearme sólo

sin que nadie me empuje

o me atosigue

o me dirija porque aquí, sí y por aquí, no

y porque él  te dice

que le ha pasado lo mismo que a tí

y por ese simple hecho

piensa que tiene el derecho a dirigirme

y cuando yo nunca jamás quiero eso

prefiero equivocarme un millón de veces

que seguir las instrucciones de alguien

que dice haber pasado por lo mismo

y que por eso ahora ha decidido cobijarte bajo sus alas.

Y una cosa es un apoyo a alguien que está pasando por una

 situación similar o parecida

y otra muy distinta

es aprovechar ese momento de debilidad de la otra persona

para así invadir su terreno

y así hacerte con él.

Hay demasiada compasión interesada

y tal y como

hay demasiado colmillo retorcido.

bajo una hermosa sonrisa.






DICEN...

Dicen que el que persiste e insiste... al final lo consigue... Yo llevo más de 6 largos años persistiendo e insistiendo y con una fe rozando...