DÉJALO IR...

 Déjalo ir

dëjalo que se vaya

tiene todo el derecho tanto a ir como a venir

o ¿acaso no te acuerdas cuando y como llegó a mi vida?

y como de repente empecé a sentir distinto

y todo a mi alrededor se había convertido

en un árbol en flor.

Me había convertido en un ser desbordado de amor

y era tan maravilloso todo aquello 

que llegué a definir como mi estado ideal

el tener que estar enamorado

y salirme de ahí era no estar a gusto conmigo mismo.

Y es verdad que a lo largo de mi vida

me enamoré más veces

pero con esa idea de base, 

nunca llegaron a ser las suficientes.

Y con el paso de los años,

esos sentimientos fueron perdiendo intensidad por mi parte

y porque para querer a tope

hay que enamorarse hasta las trancas

pero también 

hay que dejarse llevar por la grandeza de ese momento

y abrirte en canal

y simplemente dejarse llevar por el amor.

Y esto último y de cada vez

me resultaba más difícil

y porque me negaba a dejarme llevar por nadie

confiaba en la otra persona, sí,

pero al parecer

 no con la intensidad suficiente

o como también se dice...

hasta cierto punto llegaba.

Ahora pasa en mí

lo que a lo largo de mi vida

nunca quise que me pasara

y era levantar la bandera blanca 

y rendirme ante la evidencia

de que en ésta vida no todo es amor

y porque detrás de él

hay demasiados condicionantes

que eran con los que tropezaba últimamente

y te presento a todos mis amigos

y yo pensaba, menudo palo

y a mis hijos y nietos

y yo volvía a pensar

pues que mala historia me estás contando

y viviremos siempre juntos

y entonces, me entraba un sudor frío y temeroso

y signo inequivoco de que ese amor

comenzaba a diluirse dentro de mí.

Juan Vicente Piqueras | “Oficio de cobardes”

 

Nadie es perfecto, claro, y nadie sabe
que por eso está vivo, que le debe
la vida a sus defectos, que vivir
es tarea de astutos, de cobardes.
Si hemos sobrevivido a aquel dolor
que amenazaba con aniquilarnos
es porque no supimos sufrir como queríamos
y fuimos incapaces de fallecer en él.
O fue la vida, que se ama a sí misma
más que nosotros, la que lo impidió.
El miedo es, a menudo, un buen refugio.
La pereza protege. La cobardía salva.
Quizá exagero para que me entiendas:
si seguimos viviendo lo debemos
a no saber sentir, al deterioro
de nuestro asombro, al miedo
y la astucia de los supervivientes.
Yo sé bien que la muerte se enamora
de los mejores, se los lleva pronto.
Los demás olvidamos si podemos
que no somos lo que desearíamos,
que la memoria inventa lo vivido
para ayudarnos a seguir viviendo.
Todo nuestro saber es nuestra astucia
en adaptarse al medio, en ir tirando,
en adaptarse al miedo, en no morir.
Y así nos va, nos vamos
perdiendo el tiempo, devorando días
y llevando la vida que podemos
por no saber llevar la que soñamos.

Walt Whitman. "Hojas de hierba" (fragmento)

"Creo que una brizna de hierba no es inferior a la jornada de los astros
y que la hormiga no es menos perfecta ni lo es un grano de arena...
y que el esfuerzo es una obra de arte para los gustos más exigentes...
y que la articulación más pequeña de mi mano es un escarnio para todas las máquinas.
Quédate conmigo este día y esta noche y poseerás el origen de todos los poemas.
Creo en tí alma mía, el otro que soy no debe humillarse ante tí
ni tú debes humillarte ante el otro.
Retoza conmigo sobre la hierba, quita el freno de tu garganta".
(...)

MIGUEL HERNÁNDEZ


 

NO SÉ CUANDO ME PERDÍ...

No sé cuando me perdí

porque siempre me pasa lo mismo

primero me pierdo sin enterarme de mi propia pérdida

y en segundo lugar

no me acuerdo por donde o como me perdí

ni del lugar ni del motivo

ni de si llovía o nevaba nieve negra

o de si estaba en un bosque encantado

o de si era yo el que estaba encantado en ese bosque

o si en ese momento tuve miedo

o si lo hice de mutuo acuerdo con alguien

y para joder a un tercero

o de si me tendieron una trampa o entré en ella sin querer

y porque tropecé previamente con algo que no pude ver

o vete tú a saber que coño me pasó

y porque la conclusión es la misma

y sea como sea, tardo un cierto tiempo

en saber que estoy perdido.

Y por encima de todo

tengo que pedir un deseo

no voy a pedir auxilio o socorro

y que alguien venga a mi rescate.

En éste tipo de luchas

me gusta y además, quiero pelearme sólo

sin que nadie me empuje

o me atosigue

o me dirija porque aquí, sí y por aquí, no

y porque él  te dice

que le ha pasado lo mismo que a tí

y por ese simple hecho

piensa que tiene el derecho a dirigirme

y cuando yo nunca jamás quiero eso

prefiero equivocarme un millón de veces

que seguir las instrucciones de alguien

que dice haber pasado por lo mismo

y que por eso ahora ha decidido cobijarte bajo sus alas.

Y una cosa es un apoyo a alguien que está pasando por una

 situación similar o parecida

y otra muy distinta

es aprovechar ese momento de debilidad de la otra persona

para así invadir su terreno

y así hacerte con él.

Hay demasiada compasión interesada

y tal y como

hay demasiado colmillo retorcido.

bajo una hermosa sonrisa.






BLAS DE OTERO


 

GONZALO ROJAS


 

Fernando Portolés Reboul

Cuando era pequeño, algunos días acompañaba a mi madre al mercado.
Lo que más me gustaba era ir a la pescadería. Me quedaba embobado mirando cómo subían los caracoles por la pared de azulejos. A veces, salía el pescadero por fuera del puesto, con aquel mandil de rayas horizontales negras y verdes, y regaba el suelo con una manguera.
- ¿La última? - preguntaba mi madre cuando llegábamos. Y nos quedábamos esperando nuestro turno.
El pescado venía, entre escamas de hielo, en cajas de madera. Y si había que cambiarlas de sitio, el pescadero sacaba un gancho afilado de hierro con una empuñadura de madera en forma de 't' que clavaba con un golpe seco. Aquello me impresionaba mucho.
- ¿Qué pasa, chorbo? - me decía al verme mientras cargaba con la caja.
Entre la clientela del mercado casi nunca había hombres, pero a veces veía a un señor, espigado y serio, esperando en alguno de los puestos. Vestía un chándal Adidas azul oscuro, muy de la época, con una doble raya blanca en brazos y piernas. De los que se utilizaban para hacer 'footing', como se decía entonces.
En la frutería había muchas menos cosas de las que hay ahora. No había kiwis, por ejemplo. Y no existía la variedad de lechugas que hay hoy. Por cierto, cuando mi madre compraba una, llenaba el fregadero de la cocina y la ponía a remojar con una gotita de lejía. Había un anuncio en televisión que lo decía.
Cuántas cosas, tan normales hoy, simplemente no existían entonces. No me refiero a inventos tecnológicos, sino a cosas que había en otros sitios y aquí no. Como sucedía con los calamares cuando vivía en Inglaterra (a mis compañeros ingleses les daban arcadas) o la Fanta de limón en Portugal (no olvidaré nunca la cara de estar viendo a un extraterrestre que me puso un camarero portugués cuando le pedí una).
La lista de cosas inexistentes en aquellos años sería interminable.
Recuerdo que un día mi padre llegó a casa con un paquete que tenía dentro unos frutos secos extraños que parecían venir con la cáscara medio abierta.
- Se llaman pistachos - nos explicó abriendo uno - Me los ha traído mi amigo Bernard de Argelia.
Eran los tiempos del yogur en frasco de cristal y del agua de Solares con aquel sabor tan extraño.
En fin, hoy me ha salido un relato de esos sin dirección ni fundamento, pero lustroso, espero. Como los melocotones de Calanda.
Y sólo he hablado de las cosas de alimentación. No he mencionado todos esos otros 'inventos modernos', como decía mi abuela, de fuera de la cocina. Como las bermudas, Halloween o los edredones. Estos últimos los descubrí yo en Inglaterra, por cierto, junto con la moqueta en el baño o las judías pintas con salsa de tomate para desayunar.
En fin, así lo viví yo. Con fascinación en cada nuevo descubrimiento. Y, a veces, con un poquito de envidia, como cuando me enteré de que en la casa de muchos compañeros llegaba Papá Noel y por la mía no aparecía nunca.
- Es que nosotros no tenemos chimenea - me decía mi padre con lógica aplastante - Aquí sólo vienen los Reyes Magos, que se hacen pequeñitos y entran por la cerradura.
Con camellos y todo.
Hoy, un beso. Como en la foto.

Ahora vivo dentro de mi vejez

Ahora vivo dentro de mi vejez

 a veces contento con mi forma de ser y de existir

en otras sobrevivo difuminado en mi propia nube

desde luego ahora,  las alegrías son más cortas

más esporádicas

ni son más sencillas ni más complicadas

son simplemente alegrías de un tío viejo

son diferentes como lo fueron en cada etapa de mi vida

sólo pasa que en la vejez

tu conocimiento no se corresponde con tu fuerza física

porque mientras uno va en aumento

el otro va en caída libre

y hasta que se convierta en un amasijo de carne y hueso..

¿El ánimo?...

el ánimo es demasiado perverso

y por la mañana te despiertas desanimado

y a veces llega la noche

y estás en las mismas nubes

o al revés ¿qué más da?.

Yo siempre funcioné a base del ánimo

y ahora me cuesta mucho más encontrar ese mínimo

 indispensable

o ese ánimo que me ayude a volar a más altura que antes

o que simplemente me de la placidez del sentirme bien.

Ahora mismo estaba pensando

que uno de los pilares para encontrarse mejor en la vejez

es mantener un orden en el pensamiento

ver, observar y planificar

y mantener y ahora más que nunca

que cumplirás lo previamente planificado.

Ahora ya no hay

el si no es hoy será mañana

y porque puede que ese mañana ya no exista

y por eso cada día

hay que dejarlo todo atado y bien atado.

A veces me gustaría sentirme un pobre viejo

que principalmente, demanda cariño

o un buenos días simples y cariñosos

o una hermosa caricia sobre lo que era tu pelo

o un guiño de complicidad...

Pero me temo que tengo que reconocer

¡que no puedo!

mis ganas de amar se están agotando

mis deudas de amor me están reclamando

y ¿porqué no decirlo?

estoy casi seco de sentimientos

y entonces

¿qué es lo que puedo pedir?.

Antes hacías un plan quinquenal de este tipo

y con suerte te duraba la cosa para más de 10 años,

pero ahora las cosas cambian cada mes

y por no decir, cada día

y como mínimo tendrás que elaborar

un plan cada 15 días.

Aunque también es verdad

que no surgen tantas cosas como antes surgían,

aquellas preocupaciones laborales,

la educación de tus hijos que eran tan pequeños,

el papel que antes tenías socialmente

y que ahora, has dejado de tener.

Porque tengo que decirlo claramente

yo me he anulado en todo

menos en lo de escribir.

¿Y eso no sé si es bueno

o muy malo?.

Pero mi instinto me está diciendo...

que vas por mal camino.

Anne Sexton

 

 "Entonces llegó mi rival de ojos oscuros.
La dama acuática, irguiéndose en la playa,
un piano en la yema de los dedos, vergüenza
en los labios y una voz de flauta.
Entretanto, yo pasé a ser la escoba usada.
De noche, sola, me caso con la cama.
Ella te agarró como una mujer agarra
un vestido de saldo de un estante
y yo me rompí como se rompen las piedras.
Te devuelvo tus libros y tu caña de pescar.
El periódico de hoy dice que se han casado.
De noche, sola, me caso con la cama".

A. Muñoz Molina, "La dama y el unicornio"

"Los gatos y los unicornios son los dos animales más hermosos que haya inventado nunca la literatura. De los unicornios, tenues criaturas albinas, se conoce su invencible propensión a la melancolía y una timidez que algunas veces termina por volverlos invisibles, de tal modo que andan siempre huyendo de la mirada de los hombres y sólo se acercan apaciblemente, y aun se dejan acariciar, por las muchachas núbiles. Robinson me ha dicho que en la lejanía de algunos atardeceres granadinos puede verse a veces galopar a un unicornio cuyo pelo blanco se confunde con la niebla de la tarde, y que no se parece en nada a esa cabra lamentable que un periódico reciente ha querido hacernos pasar por unicornio. Sé que Apolodoro guarda en la alacena más secreta de su casa un vaso hecho con el cuerno de tan melancólico animal, que tiene la virtud, según los bestiarios antiguos y la muy docta enciclopedia Espasa, de ser un antídoto infalible contra cualquier veneno que se vierta en él.
De los unicornios, en suma, se sabe que son tímidos, que no existen, que algunas veces tienen crines escarlata.

De los gatos no se sabe prácticamente nada. En las tumbas egipcias hay gatos de bronce que han permanecido inmóviles durante tres mil años, como parados en medio del otro mundo, y parecen a punto de despertar de su sueño para deslizarse entre los sarcófagos y la sombra, pero su presencia no es menos remota para nosotros que la de cualquier gato que nos mire fijamente en una esquina de la noche. Gatos inquietantes deambulan por las mejores páginas de la literatura, rozándose entre sí sin advertirse nunca, como los gatos innumerables que al anochecer se adueñan de los laberintos y ruinas del Coliseo de Roma, ruedo lunar donde parecen haberse congregado todos los gatos de este mundo, desde el gato negro de Edgar Allan Poe y los gatos golfos de los sonetos de Alberti hasta el gato doctoral de Julio Cortázar, que se llama Theodor W. Adorno y debe ser pariente lejano de un gato de porcelana que tiene Apolodoro como única compañía y que responde al peregrino nombre de Lao-Tse".

DÉJALO IR...

 Déjalo ir dëjalo que se vaya tiene todo el derecho tanto a ir como a venir o ¿acaso no te acuerdas cuando y como llegó a mi vida? y como de...