"Escribo para que me quieran" dicen que dijo García Lorca. Y yo podía decir lo mismo, pero con más añadidos. Para que me quieran, para que me escuchen las palabras que tengo guardadas en la mesilla de noche, para hacer amigos virtuales y donde tocar, acariciar, comerte la boca a besos, es imposible. A no ser que rompas la virtualidad y te pases al mundo de lo real. Aunque en realidad, no sé muy bien porque escribo. Hay razones evidentes y una de ellas, es que lo hago para soltar lastre y con la intención de vomitarlo todo y hasta que no me quede una sóla letra dentro de mí. Vaciarme hasta que no pueda vaciarme más. Y que escribo para que me quieran, puede sonar muy bien y claro que entre otras cosas, uno siempre quiere que lo quieran. Y claro que todo lo que hacemos la hacemos con la intención de que nos quieran un poco o un mucho más. Yo empecé a escribir por una necesidad terapéutica y porque una psicóloga me dijo que tenía que escribir sobre como fue mi infancia y eso hice y en tres folios intenté decirle algo sobre mi infancia. No le conté todo y porque mi intención era que me dejara en paz en el puto tema de mi infancia y yo quería mostrarle que no había tanto por contar y menos con el tema de los traumas infantiles, que a ella le gustaban tanto. Su esquema mental era demasiado claro y éste tipo tiene unos traumas infantiles que le han traído consecuencias en su etapa adulta y que por todo eso, ha dado con sus huesos en éste loquero (manicomio) donde me habían encerrado en principio, durante un mes. Ella jugaba con mucha ventaja sobre mí. Primero porque era la psicóloga que me escuchaba y me trataba y que me decía, esto sí y esto no. Segundo, que para poder salir de allí, necesitaba un informe favorable por su parte. Tercero, yo estaba en un estado poco favorable y en clara y manifiesta, desventaja, porque estar encerrado en un loquero y por una patología psiquiatra, no es plato de buen gusto y eso agudizaba aún más, que me sintiera muy por debajo de ella. Y hay que ser claro, lo estaba y punto.
Y aunque yo no estuviera totalmente de acuerdo con ella, pero dado la necesidad que yo tenía de salir de allí, no me enfrenté mucho a ella y de alguna manera me hice el niño bueno y con una puntualidad que nunca he tenido en mi vida, le iba haciendo los tareas que ella me pedía y que no fueron pocas pero que también pudieron ser más. Y todo me lo pedía que se lo entregara por escrito y escribe sobre tu infancia y sobre tus relaciones amorosas y sobre como te relacionas con el resto de personas y como lo haces tus compañeros del trabajo y bla, bla, blá.... Y venga a escribir páginas y páginas y yo pensando menuda brasa le estoy metiendo a ésta tipa, que tampoco se lo merece y porque es una buena persona. Pero ella debía ser masoquista y después de leer y comentar el tocho que le acababa de entregar, yo pensaba que la tipa no me iba a pedir más escritos sobre mi puta vida. Y justo en el último minuto de cada sesión, me decía toda sonriente y vas a escribir sobre el mundo de tus emociones cuando eras joven y estabas en la Universidad. Y al principio que vagancia me entraba y me entraba una sensación de como si estuviera al borde de un precipicio. Que mareo, que vértigo y que poco me gustaba el asunto de escribir y de contar todas mis cosas. Pero poco a poco le fuí cogiendo el gusto a la cosa y al final, casi le pedía que me mandara escribir algo.
Y al final, me hizo un informe favorable y eso me produjo un subidón del ánimo y el último día, casi le doy un beso en la boca. Pero menos mal, que no lo hice y porque seguramente, seguiría encerrado hoy en día en aquél loquero. En esos sitios hay que tener mucho cuidado con la espontaneidad y porque cualquier acto espontáneo puede ser interpretado como un síntoma más de que la evolución de tu enfermedad mental había sufrido un retroceso y eso significa, que durante otra época seguirías allí encerrado y con más cantidad de medicación. El demostrar euforia y ante un motivo que en otro sitio, podía parecer muy lógico, pues allí dentro, la euforia tampoco estaba bien vista y enseguida te decían, pues por lo menos habría que ajustar la medicación que estabas tomando. Y ese ajuste, significa que te iban a aumentar las dosis de las pastillan que te dejaban como un muñeco de trapo. Día y noche dormido, con la voluntad completamente anulada, en los pasillos dando bandazos a un lado y al otro y las ideas y pensamientos siempre se dormirían contigo y como al día siguiente las tenías que tomar otra vez, pues al final te convertían en un puto zombi que funcionaba con su mando a distancia.




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