Dosis diaria de MUÑOZ MOLINA

"Hace unos meses, en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, después de aburrirme y de indignarme en las salas donde se exhibían las últimas adquisiciones (la más notable, entre ellas, eran unos veinte kilos de caramelos envueltos en papel plateado y tirados sobre una tarima: los espectadores admiraban con arrobo la obra al tiempo que chupaban muy reflexivamente alguno de los caramelos, agregando luego al montón el envoltorio plateado), me dirigí, en busca de un antídoto, a las salas de fotografía, y mirando las obras de los grandes maestros norteamericanos de los años treinta y cuarenta pensé que casi únicamente los fotógrafos han conservado intacta en nuestros tiempos la serenidad moral, la intensidad humana y la pasión por lo real que fueron los materiales comunes de la pintura y la escultura hasta la frívola irrupción de las vanguardias. Por una mezcla de mercadotecnia y señoritismo intelectual, una parte muy considerable del arte más celebrado en las últimas décadas reniega con asco de toda responsabilidad hacia el mundo y se vuelve extenuadoramente hacia sí mismo, y sólo parece existir porque existen los críticos, las galerías, los museos, y porque alguien lo define como tal: la broma de Marcel Duchamp al exhibir un lavabo como obra de arte pierde su gracia cuando se convierte en industria del camelo, en academicismo de la extravagancia, de la decoración y de la pura nada".


















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Julia Uceda