Manías de autor (Juan José Millás)

 

Una mujer me facilitó su propio bolígrafo para que le dedicara un libro. Cuando se lo iba a devolver, dijo que me lo quedara. Ella se lo había encontrado en el avión, al volver de Buenos Aires. Había pertenecido, supuestamente, a un pasajero anterior que lo había olvidado en la bolsa del asiento delantero. Me fui a casa con el boli en el bolsillo, sugestionado por su historia. No era de gran valor, aunque tampoco de los de usar y tirar. Un bolígrafo, podríamos decir, de clase media. Esa noche le hice la autopsia y comprobé que le quedaba media carga. Me pregunté en qué se habría empleado la otra media. ¿En hacer cuentas, en firmar contratos, en escribir poemas o cartas de amor y desamor? Lo evidente era que la tinta que le faltaba estaba esparcida por medio mundo, quizás en casillas de crucigramas extranjeros, en formularios de aduanas, en recetas médicas...
¿En cuántos idiomas habría escrito ese bolígrafo? ¿Le sonaría raro ahora escribir en español? ¿A qué lo dedicaría yo? ¿A tomar, simplemente, las notas que me sugiere la lectura de los periódicos y que luego utilizo como materia para mis artículos? Ya sé que un bolígrafo de clase media (otra cosa es que hubiera sido, no sé, un Parker o un Maurice Lacroix) no se merecía tantas preocupaciones. Pero me recordaba a otro con el que inicié hace meses, en la habitación de un hotel de Nueva York, una novela. Un bolígrafo, por cierto, que me regalaron en el hotel y que olvidé en el avión, de regreso a Madrid. Recuerdo que, una vez en casa, no fui capaz de continuar aquella novela, de la que apenas había escrito cinco o seis páginas, porque me faltaba la herramienta con la que la había comenzado. Manías de autor, supersticiones, estamos llenos de ellas.
El caso es que busqué entre los papeles antiguos el cuaderno en el que había comenzado aquella novela y probé a seguir escribiéndola con este bolígrafo que se le parecía tanto y que quizá procedía del mismo hotel. La cosa funcionó. Al boli le resultaba familiar la historia y en pocos días de actividad febril completé ese primer cuaderno. Luego se le terminó la carga, pero he escrito al hotel de Nueva York pidiéndoles que me envíen otro idéntico. A ver qué pasa.


















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Julia Uceda