Recuerdo muy bien ese miedo de la infancia.
Evitaba los charcos, sobre todo los recientes,
tras la lluvia.
Porque alguno podría no tener fondo,
aunque tuviera el mismo aspecto que los otros.
Si daba un paso, igual me hundía entera,
comenzaba a volar hacia abajo,
y cada vez más abajo,
en dirección a las nubes reflejadas
y quizá incluso más allá.
Luego el charco se secaba,
se cerraba sobre mí,
y yo atrapada para siempre ─dónde─
con un grito que no lograba alcanzar la superficie.
La comprensión no llegó sino más tarde:
no todos los malos tragos
caben en las reglas del mundo,
y por mucho que estos quieran
no pueden suceder.

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