Claro que en donde estoy, hay lo que
hay. Hay pinos frondosos, hay árboles frutales, hay una espléndida
higuera, hay buganvillas, hay jazmines, hay madreselvas, hay
aguacates, hay hibiscos, hay una pequeña piscina y que la muy
cabrona sé que me está llamando: Bruno que estoy sucia y necesito
que me limpien las partes bajas. Que sí que ya voy a ello, salfumán
y para todos tus muertos y a quemarnos los dos por fuera y por
dentro.
Y sobre todo esta casa está llena de
recuerdos. De recuerdos de tiempos felices y donde correteaban los
niños. La cuesta inclinada y para aprender a andar en bici o para
tirarse en patinete o para tirarse en un tren echo de pedazos, pedazos de cubos y de maderas con ruedas. Los
recuerdos, los recuerdos tienen vida propia y cada esquina de ésta
parcela tiene el suyo propio. Desde la mierda de la piscina y cuando
para los chavales era una piscina olímpica y que en realidad es más
bien una bañera a lo grande y al aire libre. Pero cada cosa es lo
que es y si fue grande y espléndida, sigue siendo grande y
espléndida y punto y pelota.
Pero a lo que iba al principio, que hay
lo que hay y que hay naturaleza condensada en un precioso jardín,
pero el que espere una televisión va de culo y del internet ya no
hablemos, ni internet ni móvil, ni señales de humo, tan sólo estás
tú y tú sombra y si tu sombra está maldita, ten cuidado, pues las
sombras en terrenos pantanosos se convierten en grandes mosquitos. Y eso es lo que me pasa, que en éste paraíso los mosquitos campan a
sus anchas y a veces, te encuentras con uno más grande que un coche
y lo saludas y te da un bocinazo de aviso. Y el bicho se relame, pensando en
su aperitivo humano y en tus 6 litros de sangre.
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