A medida que envejezco (Lawrence Ferlinghetti).
"Crónicas marcianas", Ray Bradbury
"Los hombres de la tierra llegaron a Marte. Al principio sólo unos pocos, unas docenas, porque casi todos se sentían enfermos aún antes de que el cohete dejara la tierra. Y a esta enfermedad la llamaban soledad..."
NO OS CONFUNDÁIS (Francisca Aguirre)
LOS VIEJOS COMO YO
A VECES, ME REVUELVO
VERDUGO (Pedro M. Martínez)
NO SOPORTO LOS CÍRCULOS VICIOSOS
FIJAROS
PALABRA DE TROLL (Batania)
PRAZA DAS BÁRBARAS
Praza das Bárbaras o Plaza de Santa Bárbara y situada en pleno casco viejo da Coruña. Ahí viví un año y justo en la casa situada a mano izquierda y está justamente detrás del ancho tronco del árbol. Casa pintada de blanco y que en su primera planta tenía un par de ventanas y en su segunda planta tenía otras dos ventanas más pequeñas y que todas daban a la plaza que presidía un hermoso Cruceiro y tal y como se ve en la foto. El resto de los muros de la plaza pertenecían a un convento, Convento de Santa Bárbara, que pertenecía a las monjas Clarisas y que estaba declarado como convento de clausura. El silencio era el sonido que predominaba en la plaza, aunque por la mañana los pájaros llevaban la voz cantante. Y como era y es una plaza apartada del mundanal ruído, el resto del día dominaba el silencio y a veces ese silencio era tan hermoso y tan especial, que te ayudaba a sobrecogerte con él y con la Plaza. De día pasaban por la plaza unas cuantas personas contadas y hasta podías oír el sonido y los ecos de sus pasos. De noche no pasaba nadie, aunque el Viernes o Sábado de cualquier fin de semana, algunos chavales se sentaban en el Cruceiro y para hacerse un "botellón". Y que a su vez consistía en beberse entre unos cuantos unas cuantas botellas de lo que fuera pero que siempre tuviera de base, alcohol. Y a veces estaban entre dos horas o tres y con la resonancia que tenía aquellas hermosa plaza, parecía que estaban haciendo el botellón en tu puta casa. Y otros, se echaban 5 o 6 horas bebiendo sin apenas respirar y entonces la cosa acababa mucho peor y todos a mear en la plaza y de cada vez daban más gritos y con más fuerza y más estruendosas risotadas y hasta había algunos que les encantaba romper contra aquellos hermosos muros de granito, las botellas de cristal que a su vez habían ido
vaciando. Y aquello ya no era tan bonito ni tan bucólico. Además, no se podía reclamar silencio y porque de tan puestos y ciegos que iban, las botellas de cristal que iban vaciando podrían ser dirigidas hacia tí o hacia tu casa. Supongo que las monjas de clausura que habitaban detrás de aquellos muros portentosos pensaban lo mismo que yo y porque ninguna de aquellas noches insufribles, ví que una monja abriera la ventana y para pedir respetuoso silencio. Allí nadie pedía nada, se hablaba en respetuosos susurros, apenas nadie gritaba (salvo esas noches de desmadre) y cuando pasabas andando hasta te molestaban el ruído de tus propios pasos. Aquella plaza o plazuela y porque era pequeña y porque además era muy coqueta, cuando entrabas en ella, parecía que entrabas en otra dimensión de otro mundo o de otro planeta...
EL PUENTE (Amalia Bautista)
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