Para mis adentros y para que estén contentos, tengo el deber de tener que reconocer, que el daño hecho está damnificado y que por mi parte pasa lo mismo y me siento gratamente compensado y recompensado. Digamos que mis heridas van cicatrizando adecuadamente y por eso no se han viciado. Viciado soy yo y lo soy por mis propios antecedentes personales, sociales y viscerales. El vicio era mi llamada de la selva y oía un rinoceronte o un elefantito de los que mataba el emérito y no me podía controlar. Pero afortunadamente y con mucho trabajo y buenos alimentos, conseguí alcanzar el clímax y el orgasmo que en realidad eran mi puta meta+. Y ahora el aire no está tan viciado como lo estaba antes. Aunque dicen los especialistas en el tema, que nunca en tu puta dejarás de ser un adicto. Pero es bueno saberlo y porque te da pie para ir cambiando de drogas. Y soy adicto y sino puedo darle a esto, lo haré con lo otro y tiro porque me toca. No hay mejor cosa que te presten los argumentos y que te regalen los razonamientos necesarios para volver a tu puto bunker y allí encerrarte bajo cuatro cerrojos para varios años. Y para ahorrar pasta, uno se puede instalar en un panteón del cementerio y que un ventanuco te vayan pasando la droga. Peores cosas he visto y peores cosas habrá. Y cuando los yonquis eran un ejército de desalmados en busca del caballo eran como un ejército de muertos vivientes, andaban como zombis, no sentían casi nada, apenas hablaban o si lo hacían es que la droga había llegado a sus venas. Sexo casi no tenían y porque el sexo en un yonqui era una quimera. Comían demasiado poco y la nevera de un yonqui tenía un limón que era para disolver el caballo y un yogurt todo solitario que daba más pena que gloria. Y cuandio se movían y removían, era porque se aproximaba el camello que los iba a sustir. Un yonqui era el prototipo de un yonqui verdadero en aquella época tan jodida y tan siniestra. Muchos se quedaron por el camino y unos pocos pero muy pocos, se fueron salvando de la quema. Hubo muchas bajas en el frente y algunos eran conocidos míos, que no amigos y porque con el caballo no hay posibles amigos.
No hay droga más fuerte que el puto caballo de mierda. Era imposible de controlar. Claro que también era una droga demasiado mísera, respiraba miseria, supuraba malos rollos y te iba creando enemigos a ritmo de metralleta. Era imposible que no te endeudaras y una vez dado ese paso, los malos rollos estaban más que asegurados. No había paz en un yonqui y porque lo único que había era si mañana podías seguir colocado. No comías ni dormías como tocaba y eso te iba pasando factura y pronto tye harías de la jauría de los muerte vivientes. Como ya dije, amigos no había y prorque los que entraron en la droga siendo amigos o pareja, avcabaron robándole al otro el chute o lo que le sirviera para vender y así iban en busca de otra dosis. ¿Y quién puede ser amigo de tu enemigo?. Y quién y más adelante se iría salvando de la quema, pues los que teníamos otra cosa que hacer, estudiar o trabajar y no haberse metido en el tema hasta las trancas.Un yonqui es casi lo peor que he visto en mi vida, era mentiroso hasta la médula, siempre te decía que mañana se acababa, le había pedido pasta a todos y poco a poco se le iba agotando el abanico. Enemigos por todos lados, su vida se resumía en conseguir otro chute. Agresivos, faltones y pensaban que todo era suyo y limpiaban de pasta y joyas, hasta la casa de sus padres. No había principios en aquella guerra sin cuartel, tampoco se hacían prisioneros y porque no había caballo como para mantenerles. Cuando por fin salí de aquél salvaje manicomio, pude darme cuenta que había jugado con demasiado fuego y menos mal que era médico y me gustaban un buen montón de cosas que nada tenían que ver con ese tema. O sea que de nuevo, la vida vino en mi ayuda.

No hay comentarios:
Publicar un comentario