YO ANTES, HACE 15 DÍAS. (A los 15 días de que se declarara la Pandemia)
Yo antes (hace 15 días)
avanzaba por pseudópodos
y abrazaba con ventosas
y era tal mi poder envolvente
que cuando abrazaba...
yo personalmente me derretía
lo que no sé
es lo que le ocurría a la otra persona...
aunque gustar, sí que le gustaba
y porque le costaba mucho
despegarse de mis tentáculos.
Yo de aquellas,
era suave e intrépido,
me gustaba pasear por las veredas de la vida,
acariciar la piel que se erizaba
al lento paso de mis dedos
y la que en otro día,
fue declarada como desaparecida
y se fue sin aviso previo
sin un último beso
sin decir adiós ni un hasta siempre.
Además yo hace 15 días
era intrépido y atrevido,
valiente, espléndido,
amable a veces,
irritable en otras,
a veces, duro y frío como la escarcha de la mañana,
otras veces, soñador empedernido
que no se enteraba ni de la mitad,
buen conversador en mis mejores días,
siempre indisciplinado con lo establecido,
anárquico en mi día a día,
buena persona o eso era lo que yo me creía,
y había días en que sentía carismático y entrañable,
actor de pandereta,
y/o bucólico y melancólico...
Yo era de otra época,
era antiguo a más no poder,
era de balneario antiguo y oxidado
era una persona afable y amable,
me gustaba con locura la música
y conducir y cabrearme dentro del coche,
siempre había un pero hacia el conductor del otro coche,
un pero ácido, agrio y poco amable,
un pero coño...
¿porque no vas más rápido con ese pedazo de carro?
pero todo ese cabreo se acababa al salir del coche,
dejaba mi armadura ácida en el asiento
y sin más, me volvía a vestir de Bruno...
Y ahora en cambio
y por la encerrona que estamos sufriendo
no me dejan ser el de hace 15 días.
JUAN JOSÉ MILLÁS. "Así termina el mundo"
La imagen muestra una pasarela en El Bocal, en Santander. Una estructura sencilla, pensada para que los caminantes atravesaran un tramo difícil del paisaje sin peligro.
Si uno se fija bien, percibe una grieta en la roca. Una grieta antigua, seguramente conocida, quizá señalada alguna vez por alguien que dijo “esto habría que mirarlo”. Sobre esa grieta se apoyaba el puente de madera que se vino abajo cuando lo atravesaban, a primeros de marzo, seis chicas y un chico. Solo sobrevivió una de las chicas que logró aferrarse a una roca. El resto se precipitó al mar por la áspera hendedura. ¡Qué horror!
Me vino entonces a la memoria la palabra “mantenimiento”. La escuché por primera vez en boca de mi padre cuando le decía a uno de mis hermanos:
—Comprarse un coche es fácil. Lo caro es el mantenimiento.
El término me abrió una nueva perspectiva existencial. No había que poseer cosas que no fueras capaz de cuidar. Llevado a lo público, no había que inaugurar infraestructuras que quedarían abandonadas tras los discursos y el corte de la cinta. Ni vías ferroviarias ni pantanos ni puertos o aeropuertos ni esculturas al aire libre… Nada, ni siquiera una humilde, casi doméstica, pasarela como la de la foto, cuyo descuido convirtió la grieta que intentaba tapar en una trampa terrorífica. Inaugurar es un mero gesto. Conservar lo inaugurado es una ética. El drama de ese grupo de jóvenes me trae a la memoria aquellos versos de T. S. Eliot: “Así es como termina el mundo: no con una explosión, sino con un gemido”. En este caso, con seis gemidos que aún deberían sonar en la conciencia de alguien.
Juana de Ibarbourou, "El charco".
«Llovió esta tarde y frente a mi casa, en el empedrado lleno de baches, se ha formado un charco. Parece un pedazo de espejo tirado en medio de la calle. Al anochecer, sereno ya el tiempo, unos gorriones que tienen sus nidos enfrente, en el cerco de las campanillas azules, vinieron a beber de él. Fue luego un can vagabundo, flaco y peludo, que se acercó a apagar su sed en el charco. Ahora, al reflejar un trozo de cielo, se ha llenado de estrellas. Y mañana, al alba, se irisará con todos los colores de la aurora. Pero después, cuando pasen para el mercado los carros de verdura y de fruta, más de un pesado casco de mulo desgarrará su agua serena. Y el sol, más tarde, lo absorberá gota a gota, hasta que el bache vuelva a quedar seco, con un triste aspecto de esqueleto. El charco, entonces, se habrá ido a las nubes, como dicen que las almas de los buenos se van al cielo después de haber vivido su vida como un hombre noble y soñador: apagando bondadosamente la sed de los dulces pájaros y de los perros sin dueño; reflejando estrellas; sintiendo en sus entrañas vivas la dura pezuña de los mulos que pasan. O, lo que es lo mismo: amando, soñando, sufriendo».
Sólo una vez, Anne Sexton.
Sólo una vez supe para qué servía la vida.
En Boston, de repente, lo entendí;
caminé junto al río Charles,
observé las luces mimetizándose,
todas de neón, luces estroboscópicas, abriendo
sus bocas como cantantes de ópera;
conté las estrellas, mis pequeñas defensoras,
mis cicatrices de margarita, y comprendí que paseaba mi amor
por la orilla verde noche y lloré
vaciando mi corazón hacia los coches del este y lloré
vaciando mi corazón hacia los coches del oeste y llevé
mi verdad sobre un pequeño puente encorvado
y apresuré mi verdad, su encanto, hacia casa
y atesoré estas constantes hasta el amanecer
sólo para descubrir que se habían ido.
LOS PERROS ROMÁNTICOS. ROBERTO BOLAÑO
En aquel tiempo yo tenía veinte años
y estaba loco.
Había perdido un país
pero había ganado un sueño.
Y si tenía ese sueño
lo demás no importaba.
Ni trabajar ni rezar
ni estudiar en la madrugada
junto a los perros románticos.
Y el sueño vivía en el vacío de mi espíritu.
Una habitación de madera,
en penumbras,
en uno de los pulmones del trópico.
Y a veces me volvía dentro de mí
y visitaba el sueño: estatua eternizada
en pensamientos líquidos,
un gusano blanco retorciéndose
en el amor.
Un amor desbocado.
Un sueño dentro de otro sueño.
Y la pesadilla me decía: crecerás.
Dejarás atrás las imágenes del dolor y del laberinto
y olvidarás.
Pero en aquel tiempo crecer hubiera sido un crimen.
Estoy aquí, dije, con los perros románticos
y aquí me voy a quedar.
DÍA 19 DEL DIARIO DE UN NAÚFRAGO. (Tiempos de Pandemia)
Día 19 desde que se hundió el barco,
yo por supuesto sigo encerrado en mi santa casa
y a cal y canto
y que nadie venga a tocarme los cojones,
por favor que nadie venga...
estamos confinados y punto.
Además,
para eso están los plastas
que venden de todo y para que seas un yupi al completo
se montan sus propios congresos,
se juntan y hablan de coches de última moda,
o de móviles de última generación
o simplemente se intercambian sellos y penas,
¿hay algo más penoso que asistir
a un congreso de sellos y estampitas?,
pero como decía el otro,
si ellos están y se quedan contentos,
tampoco yo les voy aguar la fiesta...
pero bueno todo esto
es un poco friki:
los coches,
los móviles,
los sellos,
las estampitas
¿y donde se queda la filosofía?
pues la filosofía se queda en casa,
conmigo y con algunos otros iluminados como yo,
que de vez en cuando ladran desde su casa
y es que de vez en cuando
hay que lanzar una ondanada de preguntas
y así arrinconar a los que van de frikis listillos.
Antes nos comunicábamos por teléfono fijo
y por cabinas telefónicas y punto y pelota,
y ahora tenemos automóvil que casi funciona solo,
televisión de 8K con gran pantalla
móviles que te lo hacen todo
y en cambio y perdonádme que sea tan claro,
estamos confinados en casa
y muchos no saben que hacer con tanto tiempo libre
y eso demuestra que la tecnología
no nos hace ser más libres
y mejores personas
y ahí es donde la filosofía vital nos puede salvar...
OTROS TIEMPOS
A mí no me hace ser más viejo,
decir y asumir que soy un viejo,
al revés,
me hace ser más libre
y más ligero de peso
y porque sencillamente reivindico lo viejo,
reclamo el vino viejo de barrica de roble,
el olor a rancia sabiduría,
el óxido de lo decadente,
la herrumbre ocre y medio verde de las cañerías,
la fina piel que se despega fácilmente
los ojos cansados de tanto mirar hacia lo que hubo
las articulaciones desgastadas por tanto subir y bajar,
los huesos porosos y quebradizos,
los movimientos lentos, dubitativos y a poquitos,
la mirada nublada por tanta catarata,
el profundo silencio de los viejos,
las tardes al suave sol primaveral,
los tiempos lejanos de cuando de verdad,
llovía a mares,
los sentimientos que se quedaron heridos por el camino
el mar reflejado en las tardes de verano,
y la noche,
que en otros tiempos fue joven
y que ahora es un bucle sin salida,
solo el amanecer nos da su vida
y todos esos buenos ratos
donde uno se dedicó a disfrutar de la vida...
"El secreto de sus ojos", Eduardo Sacheri
“El "pero" es la palabra más puta que conozco -. "te quiero, pero..."; "podría ser, pero..."; "no es grave, pero...". ¿Se da cuenta? Una palabra de mierda que sirve para dinamitar lo que era, o lo que podría haber sido, pero no es.
Juanito Makandé
"No, nunca dejes de soñar
o el fuego se irá apagando.
Y del peso libérate,
y revuélcate por los charcos.
Y pregúntale al aire por mí,
que él te explicará mi forma de sentir.
Que a mí sólo me peina el viento.
Y no, no pienses que no dolió.
Que la vida curtió mis versos.
Y con todo lo que lloré
flores nuevas fueron creciendo..."
REVOLUCIONARIOS. GSÚS BONILLA
Hablando de rojos – deduzco –
qué les abrieron el pecho
les extirparan el corazón,
y aún así,
viste? que hijos de puta!
siguen latiendo.
Mary Oliver. GANSOS SALVAJES.
No tienes que ser buena.
No tienes que atravesar el desierto
de rodillas, arrepintiéndote.
Solo tienes que dejar que ese delicado animal
que es tu cuerpo ame lo que ama.
Cuéntame tu desesperación y te contaré la mía.
Mientras tanto, el mundo sigue.
Mientras tanto, el sol y los guijarros cristalinos
de la lluvia avanzan por los paisajes,
las praderas y los árboles frondosos, las montañas y los ríos.
Mientras tanto, los gansos salvajes, que vuelan alto
en el aire azul y puro,
vuelven nuevamente a casa.
Seas quien seas, por muy sola que te sientas
el mundo se ofrece a tu imaginación,
y te llama, como los gansos salvajes, chillando con excitación
anunciando una y otra vez
tu lugar en la familia de las cosas.
Edith Södergran
"Buscabas una flor
y hallaste un fruto.
Buscabas una fuente
y hallaste un mar.
Buscabas una mujer
y hallaste un alma:
estás decepcionado".
GEORGE ORWELL
Era 1948. En una cabaña helada de la isla escocesa de Jura, un hombre moribundo tecleaba su última profecía. George Orwell sabía que la tuberculosis lo estaba matando, pero también sabía algo peor: que el futuro sería exactamente como lo estaba escribiendo. No era ficción. Era una advertencia.
Cuando 1984 se publicó en junio de 1949, los críticos lo llamaron "distopía exagerada". Orwell murió siete meses después, a los 46 años, sin ver cómo sus palabras se convertirían en el manual de instrucciones del siglo XXI.
Hoy, 75 años después de su muerte, vivimos en el mundo que él describió: cámaras en cada esquina, algoritmos que predicen nuestros pensamientos, gobiernos que reescriben la historia en tiempo real, y un lenguaje público tan manipulado que la verdad se ha vuelto negociable.
Pero Orwell no era un vidente. Era un testigo.
Su verdadero nombre era Eric Arthur Blair, hijo del Imperio Británico, educado en Eton entre la élite que gobernaría el mundo. Pero a los 19 años, algo se rompió en él.
Se alistó como policía imperial en Birmania y vio el rostro real del poder: la bota sobre el cuello, la mentira institucional, la violencia disfrazada de civilización. Renunció. Regresó a Europa. Y decidió vivir entre los desposeídos.
Se hizo vagabundo en París y Londres. Lavó platos en restaurantes inmundos. Durmió en asilos para indigentes.
Escribió Sin blanca en París y Londres (1933), no como turismo de la pobreza, sino como un acto de traición de clase: "Quería saber cómo se vive cuando no tienes nada, cuando el sistema te ha escupido".
Luego vino España. Y todo cambió.
En 1936, mientras Europa miraba hacia otro lado, Orwell cruzó los Pirineos para luchar contra el fascismo en la Guerra Civil española.
Se unió a las milicias del POUM, un grupo marxista anti-estalinista. Recibió un balazo en el cuello que casi lo mata. Pero la herida física no fue lo peor.
En Barcelona, presenció algo que lo perseguiría hasta su muerte: cómo los comunistas estalinistas, supuestos aliados, traicionaron y asesinaron a sus propios camaradas. Cómo los periódicos mintieron sobre lo que había pasado. Cómo la historia se reescribió en 24 horas.
Orwell escribió Homenaje a Cataluña (1938) como un grito de rabia: "Vi cómo se fabrican las mentiras políticas. Vi cómo un hombre puede ser héroe un día y traidor al siguiente, sin haber cambiado nada excepto la línea del partido".
Ahí nació el Gran Hermano.
Rebelión en la granja (1945) fue su primer golpe: una fábula brutal sobre cómo las revoluciones devoran a sus hijos. Los cerdos que toman el poder se vuelven indistinguibles de los humanos que derrocaron.
"Todos los animales son iguales, pero algunos son más iguales que otros". La frase se volvió un meme antes de que existieran los memes.
Pero 1984 fue su obra maestra terminal. La escribió sabiendo que moriría. La novela es una autopsia del totalitarismo: el Ministerio de la Verdad que falsifica el pasado, la neolengua que reduce el pensamiento, las Dos Minutos de Odio que canalizan la rabia popular, el Gran Hermano que todo lo ve. Winston Smith, el protagonista, trabaja reescribiendo periódicos viejos para que coincidan con la versión oficial del presente. Su crimen no es actuar contra el régimen. Es pensar contra él.
Orwell no inventó nada. Solo conectó los puntos.
Tomó la propaganda nazi, la purga estalinista, la vigilancia británica en tiempos de guerra, y los proyectó 35 años al futuro. El resultado fue tan preciso que hoy usamos su vocabulario: "orwelliano", "policía del pensamiento", "doblepensar", "memoria del agujero".
Cada vez que un gobierno miente descaradamente, cada vez que una corporación nos espía "por nuestro bien", cada vez que el lenguaje se tuerce para ocultar la realidad, estamos viviendo en 1984.
¿Por qué Orwell sigue siendo urgente?
Porque entendió algo que sus contemporáneos no vieron: que el verdadero poder no se ejerce con tanques, sino con palabras. Que el control total no requiere cadenas, sino la manipulación de lo que consideramos verdadero. Que la peor tiranía no es la que te prohíbe hablar, sino la que te hace querer decir lo que el poder necesita que digas.
En su ensayo La política y el idioma inglés (1946), Orwell escribió: "El lenguaje político está diseñado para que las mentiras suenen verdaderas y el asesinato respetable".
Hoy, cuando los algoritmos nos muestran solo lo que confirma nuestras creencias, cuando los hechos tienen "versiones alternativas", cuando la posverdad es la nueva verdad, Orwell no es una reliquia del pasado. Es un manual de supervivencia.
Murió pobre, enfermo y solo. Su última esposa, Sonia, apenas lo conoció. Sus amigos lo recuerdan como un hombre austero, obsesivo, incapaz de disfrutar la vida que tanto defendió.
Pero dejó algo más valioso que la felicidad personal: nos enseñó a desconfiar del poder, a cuestionar el lenguaje, a defender la verdad incluso cuando nadie más la recuerde.
George Orwell vio demasiado. Y tuvo el coraje de contarlo.
Hoy, cada vez que enciendes tu teléfono, cada vez que aceptas términos y condiciones sin leerlos, cada vez que una noticia te hace dudar de lo que creías saber, recuerda: Orwell te advirtió. La pregunta es si estás dispuesto a escuchar.
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