PEQUEÑO INFINITO (Cristina Villanueva)


El café, los diarios, ciertas lloviznas, unas rosas rebeldes, libros en la cama, marchas, multitudes, la música de los amigos, palabras en red, un silencio poblado, algunas callecitas de Palermo, la voz de Cortázar que cuenta, los compañeros del alma de La República Española, paisajes italianos que caen abruptos para entregarse al mar, el malecón de Cuba, esas manos que cubren, la belleza del deseo abriendo la piel, jugar a tocarse con lenguaje; el alivio después que la piedra del dolor se levanta, pestañas en seda acariciando la noche; jardines a tientas, una foto olvidada, zapatos viejos, los sueños por venir, la voz que me dice no te rindas, el infinito pequeño de la vida.




















¡RENCOR!

Lo que te mata
no siempre es lo que te desangra.
Lo que a veces te mata...
es algo que se incuba y cría bajo tu piel,
es ese bicho infecto contagioso que se cuela por un poro
o por una herida o por un rasguño que apenas se ve
que más tarde se comerá tu carne,
y que carcome tus huesos
hasta convertirlos en polvo
y pudre músculos y tendones,
y entonces huele a cadáver en descomposición
y al que algunos llaman...
¡RENCOR!


















RITUAL (Mariana Finochietto)


Mi hijo salió al patio
pala en mano,
y cavó un pozo en el rincón
donde el trébol celebra su abundancia.
En la tierra
aún húmeda de lluvias,
las lombrices huían,
suaves, ciegas,
hasta alguna hondura más propicia.
Mis hijas acercaron la ramita
que es mi cerezo hoy,
y la dejaron
en el hueco.
Yo volví hacia la casa a buscar agua,
y giré
para verlos inclinados
hacia el árbol tan frágil, tan pequeño,
los cuatro
con las manos sucias
de tierra. Ataron
el tronco breve a los tutores
con telas de algodón,
y sonrieron,
como cuando eran chiquitos
y cada ritual era una fiesta.

















¿INTELIGENCIA EMOCIONAL?

 

Parece que ni siquiera yo me doy tiempo para respirar con cierta pausa y monto una respiración sobre la siguiente y de alguna manera me quedo atrancado y por eso y en ese momento, me cuesta coger el aire. Como si de contínuo se me fuera la vida, como si estuviera en mi último momento estelar, como si mañana no fuera otro día y todo por esa sensación tan ansiosa de que a lo mejor me paso y sin enterarme... al otro lado. Tengo pánico a que borren mi disco duro y anulen la memoria que existe en mí, pues después del trabajito que me ha costado y bla, bla, blá.... Repito, tengo pánico a que me conviertan en un descerebrado sin escrúpulos o en un don nadie de corcho o en un vegetal o helecho de plástico y para ser más definitivo, o en un trozo de carne con ojos sin sensiobilidad y sin sentimientos. Y mira que yo no soy de miedos... pero ¡coño!, mi cerebro es mi cerebro y puede que sea lo único que me queda con cierto valor y sólo pensar en el hecho de que alguien me lo puede retocar, me pone en guardia y ojo avizor.

¿Miedo yo?, pues si señor. Y es que resulta que ahora me toca pasar la ITV de mi coco y seguramente van a decidir tocarme unos cuantos tornillos y que ya sé que algunos los tengo flojos y sueltos... pero al mismo tiempo, también conozco a los controladores del coco ajeno (los psiquiatras) y sé que se empalman fácilmente y empiezan a apretar tornillos como posesos y al final, me dejan en estado de agilipollado perpetuo (vegetativo y baboso). ¿Quién coño sabe algo del coco?. Si yo llevo años trabajando mi coco a destajo y ya véis como va el tema, casi no he tenido progresos hacia esa normalidad que ellos predican. Vamos, que me quedé en la parte anal y guarra de la película que ha sido mi vida. Me quedé en la fase del pis, de la caca, de los huevos y el que te den o el que me den por el culo...

Ahora bien, que me toquen el área de la inteligencia sí que no me preocupa mucho. Aclaro, no soy ningún superdotado y en todos los tests de inteligencia que me han realizado, los resultados fueron medianos tirando a mediocres (aprobado rasurado). Además como a esos test (que dicen que son tan sesudos) les tengo una manía que no veas, pues más baja es y será, mi nota final. Claro que después viene el tío que nos habla de la inteligencia emocional y nos diserta que lo verdaderamente importante, es ser inteligente emocionalmente. Por tanto y como si nada, nos indica cual es el camino hacia la estabilidad emocional (hacia el nirvana) y ahí viene la famosa empatía de los cojones. Mi amiga más odiada, la que me desquicia más que nada y nadie y la que me hace ponerme del revés y cabeza abajo. Por tanto concluyo, que por ninguno de los lados tengo remedio, que en los test de inteligencia me muevo como pez fuera del agua (boqueo) y dada mi inestabilidad emocional, tengo un cero patatero en inteligencia emocional y además, espero seguir teniéndolo. A lo mejor todo mi problema es que soy un marciano que vino de Marte y que un día como el de hoy de hace incontables años, caí en la isla de Menorca.

CAEN LAS HORAS (Sara Mesa)


Caen las horas como gotas de aceite,
pesadas, lentas, doradas, tibias.
El aire está inflamado de plegarias,
de cánticos oscuros y enigmáticos.
Yo sé que algo sucede.
Debe de ser que es jueves y algo pasa los jueves.
Debe de ser que es lunes y algo pasa los lunes.
Debe de ser que es sábado y algo pasa los sábados.
¿Por qué no quedan huellas de mis pies
en este asfalto ardiente?
Debe de ser que no peso bastante.
Debe de ser que está lejos la arena.
Debe de ser que el tiempo pasa lento
y aún no te he encontrado.
Se suceden las horas como un hondo rosario,
como un rosario en sombras.
Yo debería pensar ahora en otras luces,
nadar con otros peces.
Aquí estoy resguardada.
La lluvia no me moja.
Mis párpados se cierran sin asombro.
El tiempo pasa lento;
no duele, no me toca.















ESTACIÓN JUAN TRONCONI (Cecilia Zanelli)

Como consecuencia de un desastroso año escolar, a los 14 me enviaron a la casa de mi abuela en las vacaciones de verano. Era el exilio: un paraje desconocido en el centro de la provincia, cerca de Roque Pérez, en donde lo único que se destacaba era la estación de tren Juan Tronconi.
Yo estaba convencida de que era un castigo, pero en realidad había sido la solución desesperada que se le ocurrió a mi madre: Las peleas con su esposo eran cada vez más frecuentes y violentas y quería alejarme de ese ambiente hasta que encontrase alguna salida. En esa época la casa de mi abuela era como el desierto. La única posible diversión: televisión con un solo canal, que caprichosamente nos obligaba a mirar lo que la repetidora transmitía. Por suerte encontré los libros que mi madre había comprado en su adolescencia, lo que me dio un poco de esperanza.
No sabía quién era Juan Tronconi. Pensaba que era un prócer, un militar o algún ingeniero relacionado con trenes, pero después me contaron que había sido el dueño de las tierras en donde estaba la estación, un inmigrante que llegó a fines del 1800 y tenía una fábrica de chacinados. El tren había dejado de pasar ya hacía varios años y con él se había ido también el poco movimiento que tenía el lugar. Un conocido de mi madre me había dejado en la estación, desierta en medio de altos pastizales y me indicó el camino, al costado, por una calle de tierra.
Mi abuela vivía sola y estaba enferma. No tanto como para internarla, pero sí como para haber suspendido varias de sus labores domésticas y prolongar sus descansos en la cama.
Su casa había enfermado también, Húmeda, oscura, silenciosa. Desde el día en que llegué empecé a abrir las ventanas para que entre el sol. Todas las mañanas, él le daba un poco de vida a los muebles gastados, las cortinas añejas y vetustos retratos familiares. Si no hubiese tenido 14 años tal vez me hubiera deprimido el imaginar todas las vacaciones en aquel lugar, pero mi curiosidad siempre me había ayudado en situaciones y lugares difíciles.
Pocos vecinos tenía mi abuela: dos o tres casas, a más de 50 metros de la suya. Por supuesto, no pasaba nada interesante en ese lugar. Me di cuenta con sólo verlo. Pero en una de las casas vecinas algo me había llamado la atención. La ventana de la cocina de mi abuela daba a su patio, en donde cuatro o cinco durazneros estaban totalmente florecidos. Los primeros días me maravillaba verlos, mientras tomaba mi café y corría la cortina para que entre el sol. No había visto nunca, en mi ciudad, algo tan hermoso. Mi abuela notó esa fascinación y al pasar a mi lado dijo susurrando: “Aprovechá a verlos. No durarán mucho”. Mientras la escuchaba, pensé cómo podía obtener una ramita, aunque sea, cubierta de flores, para el jarrón de nuestra mesa.
Ese día fui caminando despacio hasta el tejido de alambre que nos separaba del vecino y me quedé mirando los árboles. No había una sola hoja en los durazneros. Sólo el rosa indescriptible de las delicadas flores que cubrían las ramas.
Alguien salió de la casa y se acercó. Era un muchacho un poco mayor que yo, como de 16 años. Alto, delgado, moreno. Le pregunté si podría darme una ramita y cortó varias. Cuando me alcanzó ese precioso ramo una tímida sonrisa iluminó sus ojos negros. Le pregunté su nombre y él el mío y nos saludamos estrechándonos las manos. Así empezó todo.
Una tarde, harta del aburrimiento, salí a caminar. Mi abuela se había acostado y yo sabía que hasta las cuatro, hora en que empezaba la novela, no se levantaría. Ella me había hablado de una enorme planta de tunas que estaba al lado de la estación Juan Tronconi y fui a buscarla, para ver si podía conseguir algunas.
El sol ardía. Caminé un buen rato por ese monótono terreno: pastos secos, unos pocos arbustos, algún pájaro solitario, hasta que llegué a la desolada estación de tren. Algunas de las tablas del andén estaban rotas y la pintura de los bancos ya no brillaba. Pero todo parecía haber quedado en suspenso. Hasta el viejo pizarrón en la pared donde se anotaban los horarios del tren estaba intacto.
Ahí lo vi. El muchacho de los durazneros apareció por el otro lado del andén, como si estuviese esperándome. Me contó algunas cosas sobre la estación. Él era muy chico cuando el tren dejó de pasar y sólo recordaba su silbato. Me relató también que poco a poco la estación había ido agonizando, sin gente, sin vida. Un antiguo empleado del ferrocarril iba una vez por semana a controlar que todo estuviera en orden y que nadie hubiese violentado el cuarto de depósito, él único que estaba cerrado y contenía papeles, muebles y algunas máquinas y herramientas que esperaban un destino aún incierto, como un museo o su destrucción.
Recorrimos todas las dependencias de la solitaria estación. Algunos lugares ya tenían moho, telarañas y habían sido visitados por gatos o perros sin dueño, buscando albergue o comida. Matas de gramilla y Dientes de León asomaban entre las baldosas. Aún así, era un hermoso lugar. Yo temía que hubiese ratas, pero Manuel me tranquilizó: Si estuvieran, se esconderían o o escaparían al oír nuestros pasos.
El último cuarto al que entramos era pequeño y estaba totalmente vacío. Sus paredes habían sido pintadas de color verde oscuro, como las columnas del andén y por lo reducido y apartado pensamos que tal vez sería la oficina del Jefe de Estación o algo así. Había un ligero aroma dulzón; parecía imposible que hubiese quedado en las paredes tantos años.
Cerré la puerta y puse el pasador y le tendí la mano. Manuel vino hacia mí.
No habíamos planeado nada, ni siquiera hablamos. Sus manos, su boca, todo su cuerpo era mío. ¿Para qué hablar? La calidez de nuestro aliento decía todo. El abrazo era un discurso, el corazón estaba en la palma de nuestras manos y se deslizaba por la piel, enrojecida por el implacable sol de la siesta. Nos encontramos allí así, sin saber qué hacíamos ni qué teníamos, sin preguntar ni prometer. ¿Hay amor más honesto que ése?.
Así pasaron varias semanas. Él observaba el movimiento en la estación y el día después de la inspección del encargado ataba una cinta en la más alta rama del más alto de los durazneros, que ya estaban cubiertos de hojas verdes y frutos dorados.
Nadie lo sabía, nadie lo imaginaba. Jamás podría llevarlo a mi casa, presentarlo a mis amigas. No era un “buen candidato”, como decía mi tía. Ni siquiera era un candidato. Sin pasado y sin futuro. ¿Qué importaba?. Entre mis manos, adentro mío, no era lo soñado: era lo real.
A fines de febrero nos descubrieron. Estábamos en el cuarto, casi dormidos. Yo había estirado mi mano para secar el sudor de su cara cuando escuchamos pasos y el ladrido de un perro. Con urgencia nos vestimos, mientras el picaporte subía y bajaba furiosamente y los golpes en la puerta sacudieron el silencio de la estación.
Manuel abrió y el hombre, empuñando una escopeta, nos miró con asombro. El disgusto en su cara era notable. Manuel lo encaró cortante “No haga nada, don. No volveremos aquí”. El hombre había descartado ya la posibilidad de que fuésemos ladrones y me miró con enojo. Asustada, recurrí a su comprensión:
_ Por favor, no diga nada. Mi abuela es una mujer mayor y podría afectarla este disgusto…
Nos salvó que mi abuela era la curandera del lugar. Había aliviado durante años los empachos y mal de ojo de casi todos los habitantes de la zona y muchos le debían favores y gratitud.
Con la promesa de no volver a acercarnos a la estación Juan Tronconi, nos dejó ir.
Nos despedimos unos metros antes de llegar a casa, todavía conmocionados por el suceso. Ví un lamento en sus ojos oscuros, pero me acercó hacia él por última vez con ese brazo que tantas veces había envuelto mi espalda, que me había sostenido vibrante cuando lo amaba.
No lo vi más. A los pocos días volví a mi ciudad, a comenzar un nuevo año de escuela, a las interminables peleas domésticas, y a las pavadas de mis compañeras.
Unos meses después murió mi abuela. Mi madre viajó sola hacia allá y la enterró en el cementerio de Roque Pérez.
La casa se vendió al poco tiempo, con los muebles y lo poco de valor que había adentro. Mi mamá trajo algunos libros, fotografías y otras cosas que no tuvo la frialdad de regalar o tirar. Ese año se separó finalmente de su marido y nos fuimos a vivir, las dos solas, a un departamento más chico.
Diez años después volví a Juan Tronconi.
Acababa de comprar mi primer auto. Usado, por supuesto. Recién hacía diez meses que trabajaba y había abandonado la facultad definitivamente. Manejé mucho más de lo que pensaba. Había olvidado lo lejos que quedaba el paraje, la casa, la vida, en Juan Tronconi.
Llegué a la estación, más abandonada que nunca. Maderas despintadas, tejas salidas, algunos vidrios rotos. El tiempo y la tristeza me recibían
Apoyé mi cabeza en el volante y suspiré. ¿Qué pretendía?. ¿A qué había ido hasta allí? ¿A buscar qué? ¿Qué intentaba recuperar?
No sabía su apellido, ni si aún vivía en ese lugar, ni si seguiría siendo el mismo. Yo misma había cambiado. Diez años en los que me habían pasado montones de cosas. Era diferente por dentro y por fuera. Sin embargo, algo que no podía explicar seguía agitándose en mi pecho.
Ya estaba allí. Había manejado tanto, planeado el viaje tanto tiempo antes, no podía volver sin intentarlo.
Bajé del auto y caminé.
El barrio había progresado poco, nuevas casas se asomaban. No muchas, pero ya no era tanta la distancia que separaba un vecino del otro, La casa de mi abuela había sido pintada de amarillo, le habían agregado otra habitación y una cerca. Me estremeció un poco verla así y saber que no podía entrar, que era una extraña para los que vivían allí.
La casa de Manuel…ya no existía.
En su lugar habían construido un galpón bastante grande, que albergaba una pequeña fábrica de cordones y soguines. No estaba la casa, ni la pirca, ni los gallineros. Y lo peor: ni siquiera habían dejado uno solo de los durazneros.
A quienes pregunté no supieron decirme nada de la familia, ni lo que había pasado con ella. Eran gente nueva en el lugar.
Volví al auto y arranqué, en sentido contrario, hacia mi ciudad.
No quería llorar, no quería pensar. “No durarán mucho”, dijo mi abuela. Los durazneros, Manuel, no sufrirían ya el paso del tiempo. Estarían florecidos para siempre.
La estación Tronconi fue quedando cada vez más pequeña en el espejo, hasta convertirse en un punto difuso, lejano, al que no volvería nunca. Un sitio que ya no pertenecería al paisaje de mi vida, que sólo podría hallarse, sin brújula, sin mapas, sin datos ni palabras, en el lugar más dulce, más cuidado del corazón.

ME SOBRA Y PORQUE ME MOLESTAN

 

Me sobra y porque me molestan
los grandes adjetivos grandilocuentes
los seres demasiado expresivos que al final son inexpresivos.
Me sobra la exageración de lo evidente
el vecino de enfrente comiendo su bocadillo grasiento
apoyado en su ventana barnizada de grasa.
Me molestan los chicles adheridos al suelo
el ruido del que mastica
el que habla con la boca llena
el palillo excavando entre sus dientes
y después mira lo obtenido.
No soporto al que habla a bocinazos
y además te obsequia unas gotitas de saliva
que irán a parar a tu cara.
Me molesta el que entra en tu casa como un elefante en una cacharrería
el que nunca se disculpa y pase lo que pase
el que siempre se encabrona de forma descontrolada
el que nunca te dice nada pero lo piensa
el que se hace el mosquita muerta
el que dice que ama la lluvia y que por eso no sale a la calle.
Me molesta el flojo,
pero me molesta más el flojo que lo disimula
también el que se abandona
el que se deja pisar
el que nunca se altera y que pasa de todo
el soplapollas
el que siempre hace la pelota
o el que siempre cuenta la misma historia...





















LO ENTRAÑABLE


Abrid la ventana a lo más entrañable,
y después, cerrarla sin más...
quedaros con eso
no lo dejéis marchar
y guardarlo bajo siete llaves.
Si esos mismos ojos que antes eran tan bonitos
ahora se han convertido en ojos extraños
y resultan ser más ajenos que próximos
y de su dulce y adorable mirar
han pasado a ser afilados puñales,
entonces... repito,
cerrar la ventana a cal y canto
y tapar todas las rendijas por donde se filtre la luz,
encended las lámparas interiores de supervivencia,
tumbaros en el sofá y esperar a que todo se cubra de noche
y cuando tu alarma interna indique que ha llegado la noche más oscura,
será el momento de volver a salir a la calle
y de no buscar nunca más aquél antiguo mirar
del que tanto me había enamorado,
y porque lo entrañable dura lo que dura
y de alguna manera,
siempre se va a quedar dentro de tí.
Yo siempre estaré agradecido
a quién me quiso de verdad
y a quién me sigue queriendo tal como soy
y aunque ahora mismo nos separe la distancia
te confirmo
que te seguiré queriendo.













HAY VECES...

 

Hay veces que pasan esas cosas y en esas veces pasa que por una casualidad o porque de alguna manera buscaste a esa persona por todos los sitios y no la encontrabas y de repente te aparece por una red social y ya no sé si fue por la magia o por la inteligencia artificial que se hizo ese milagro. Prefiero pensar que fue por la magia y porque lo de la inteligencia artificial no me gusta un carajo. Pues eso, que ves su cara y su nombre y tal como nos pasa a todos, con signos claros de la vejez. Aquí aclaro que yo también los tengo, y digo que los tengo y no, que los padezco. Envejecer es una etapa más de un proceso evolutivo y lo único que tiene de malo, es que va a ser la última. Y recogiendo el hilo de antes, ves su cara, ves su nombre y no te lo pìensas dos veces y todo entusiasmado le escribes unas cuantas frases todo cariñosas y entrañables, pero como por el medio ha pasado medio siglo, tampoco te lanzas a tope y porque primero prefieres ver cual es su respuesta y en éste caso su respuesta fue igual a cero. Vamos que no hubo respùesta. Y como hay veces que uno no responde porque está pasando un mal momento, pues dejas pasar el tiempo. Pero a los dos años siguió en silencio. Y le vuelves a escribir y para preguntarle a que se debe ese silencio y para ser más concreto, si yo en sus tiempos le hice algo malo, que yo ahora mismo no soy capaz de recordar. Yo sé que mi memoria falla más que una escopeta de feria y por eso le insistí en el tema. Pero de nuevo reinó el más absoluto silencio. Y como tampoco se me iba la vida en ello y porque simplemente era una antigua amiga, pero no había sido una de mis mejores amigas, ni había sido un antiguo amor que acabara mal o bien o regular. Pero como amiga teníamos recuerdos compartidos y en donde hubo momentos especialmente buenos. O eso creo yo y porque su silencio me inunda de dudas y a lo mejor para ella, no fuímos tan buenos amigos o sí lo fuímos y a lo mejor yo hice algo que le molestó tanto que decidió no volver a dirigirme la palabra.

Desde luego las últimas veces que la ví, yo estaba en uno de mis peores momentos, me sentía medio depre, medio lánguido, medio estúpido y muy perdido. No entendía como había caído tan abajo y lo peor es que no tenía ni puta idea de como salir de ese pozo. Fue una de las peores épocas de mi vida, duró como unos 2 años y todo lo tenía en duda. En la carrera de medicina me había atascado, mis ideales estaban más confundidos que yo, mis relaciones amorosas estaban bajo cero y uno de mis mejores amigos estaba muy lejos y yo en la distancia me muevo muy mal y el otro estaba muy cerca en la distancia pero demasiado lejos en mis sentimientos. Vamos, que era un alma en pena que no sabía donde y con quién llorar sus penas. Y a lo mejor a ésta vieja amiga la inundé con mis penosas penas. Pero si así fuera, eso tampoco te llevaría a que 50 años después ni siquiera te saludara. Y hasta hay algunas veces en que pienso que intentaba superar mi estado deplorable a base de ponerme ciego con todo y de todo y a lo mejor en uno de esos estados de ir de ciego arrastrado, a lo mejor le dije algo que no debía o no actué de una forma correcta y debidamente respetuosa hacia su persona (aunque si me hubiera pasado mucho, seguro que lo recordaría). Pero lo dudo mucho y porque yo le tenía mucho aprecio, mucho cariño y mi recuerdo de ella, siempre fue maravilloso. Habíamos vivido tiempos mágicos y donde creíamos que nuestros sueños se podrían realizar.

Pues nada, que voy a acabar mi pequeño relato. Y han pasado como unos 10 años y sigue sin contestarme. Y lo que más me molesta de todo esto, es que sigo sin saber si hubo una causa concreta cometida por mí o simplemente lo que ha pasado, es que transcurrieron 50 años y todos sabemos que el paso del tiempo, todo lo oxida y lo corrompe y hasta pudre la amistad. A lo mejor, es simplemente así de simple y entonces, no hay nada más donde rascar. Y como además uno es muy libre de poder tomar sus propias decisiones, por su parte ella decidió borrarme del mapa y a lo mejor esa es su única razón y su único argumento.
















UN SUSURRO

La única llamada que últimamente he tenido, es un susurro casi inaudible que me decía: ¿te acuerdas de mí? y yo...y yo le tuve que dec...