HAY COSAS QUE NO

 Una de las cosas que he aprendido con el paso del tiempo, es que las cosas y sea lo que sea, se deben decir a tiempo y porque a destiempo te arriesgas a causar mucho más daño. Hay que reunir ese valor necesario para decirlas dentro de un plazo prudencial y si no es el mismo día, será en el siguiente, pero no al cabo de un mes o de unos meses y porque a lo mejor la otra persona no está en el mismo proceso que tú estás viviendo y seguramente pasará eso o sea pasará lo peor para la otra persona o si fuera al revés, también pasaría lo mismo, pero ahora el que se quedaría jodido sería yo. Yo esto que acabo de decir lo he padecido en mis carnes y lógicamente lo pasé fatal. Pero también lo hice y a sabiendas de sus consecuencias lo hice igualmente. Ahora lo veo así y así de cruel y así de crudo. Hoy paseando por las redes sociales, me vino a la cabeza una ex amiga y ex medio novia de unos meses y de hace muchos años atrás (como 45 años), a la que le hice esa jugada y juro por mis muertos que no lo volví hacer más. Ni tampoco soy consciente de que lo hubiera hecho antes. Es una corta historia que acabó siendo una de mis peores historias o por lo menos lo fue por mi parte y si lo fue por mi parte, no es muy difícil imaginar como fue por la suya. Digamos que el comienzo de ésta pequeña historia empezó unos años antes y cuando la noche era la reina de la fiesta. Yo andaría sobre los 24 o 25 años y estaba en pleno proceso de querer superar o dar por cerrada la militancia revolucionaria que recientemente se había caído del pedestal y en la que había depositado casi todas mis esperanzas e ilusiones y había invertido casi todo mi tiempo. Por tanto andaba buscando algo nuevo que me estimulara y de nuevo me llenara de vida. Y yo tonto de mí, pensé que en la noche estaría la solución a todo o que por lo menos que encontraría a otra persona que me llenaría de luz cegadora. 

Y en una de esas locas noches me encontré con ella, ya me gustaba de antes y entonces pensé, pues ahora es el gran momento y porque de cada vez que la veía, me gustaba más. Pero claro, la vida no es así de fácil y durante un rato largo ella jugaba y coqueteaba conmigo y al cabo de una hora, decía que se tenía que ir con sus amigos. Y aquello no me cuadraba, era una mujer lo suficientemente libre como para decirle a los amigos, ésta noche me voy con él. Y claro la tercera vez que me lo hizo en el período de tres meses, le pregunté que coño le pasaba y me dijo, es que tengo novio o pareja y es aquél que ya conoces de tus tiempos de instituto. Y en ese momento me cayó todo el sombrajo al suelo y me dije, ésta tía está jugando conmigo y porque estaba en medio de un juego que se llama, dar celos al otro. Y por eso uno y otro, hacían incursiones hacia otras personas y jugaban y coqueteaban con ellas y por el simple hecho, de dar celos al otro y supongo que eso les pondría. Pero aún así, le seguí su juego unas cuantas veces más y porque de verdad ella me gustaba mucho, pero al cabo de dos o tres meses me harté de ese juego y en el que siempre salía de perdedor.

Dejé de ir a los mismos sitios que ella iba y la perdí de vista varios años. Y tampoco me pasó nada, es decir me gustaba y punto y no estaba enamorado de ella y por tanto no hubo mucho dolor por no volver a estar con ella, aunque algo de resquemor si me había quedado y porque sencillamente me había utilizado para divertirse en su maldito juego. Y al cabo de unos cuantos años (como 4 años serían), me la volví a encontrar en la noche de Vigo y como anteriormente me había gustado tanto y a pesar de lo que me había hecho, pensé que ya no me gustaba tanto, pero en fin, pensé que algo me seguía gustando. Y ella estaba transformada y se mostraba espléndida conmigo y mostrando todos sus encantos, que no eran pocos y sin cortarse ni un pelo. En fin, que nos acabamos enrollando y disfrutamos del sexo y de nuestras historias y conversaciones. Y el caso es que a la noche siguiente nos volvimos a encontrar y pasó exactamente lo mismo que la noche anterior. Y a la tercera noche me quedé a desayunar en su casa y después, quedamos a comer. Estaba claro que ya no salía con aquél tipo y me aclaro que se habían dejado hacía un par de años. Y en fin me seguía gustando pero no tanto como antiguamente, pero así y todo, me dejé querer y porque además, no estaba haciendo daño a nadie o eso pensaba de aquellas. Pero poco o poco o mejor dicho, a pasos acelerados se fue complicando la cosa y hasta me quedé a vivir en su casa. De repente éramos pareja de hecho y yo me dejé seguir hiendo. Me presentó a todos sus amigas y amigos más íntimos y como si yo fuera realmente su novio. Y la verdad era que yo no me sentía su novio ni su pareja, ni tenía ninguna gana de establecer una relación estable. Dos meses antes de volverme a encontrar con ella, había roto yo o ella (ahora mismo no me acuerdo quién había sido) una larga relación de 4 años y que había empezado muy bien pero que tuvo un final tormentoso. Y por eso no tenía ningunas ganas de meterme en otro lío parecido. Pero ahí vino mi primer error y esto que digo ahora, no sé lo dije en aquél momento (tampoco lo tenía tan claro en aquél momento) y simplemente dejé que transcurriera el tiempo y porque yo sabía y esto sí se lo dije, que al cabo de dos meses tendría que ir a examinarme de unas cuantas asignaturas que me quedaban pendientes y para dar punto final a mi carrera de medicina.

Me decía a mi mismo, haga lo que haga y diga lo que diga, dentro de dos meses me tendré que ir. Y así fuí construyendo mi puto y perversdo engaño y además, fuí dejando rienda suelta a sus esperanzas y al tiempo en que yo sentía que de alguna manera tenía que salir de allí. Y al final y por puto cobarde que fuí, no le dije nada o le dije tímidamente, tendremos que hablar de lo que vamos hacer. A los dos meses me fuí a Santiago para encerrarme a estudiar y examinarme. Y me fue bastante bien la cosa y aprobé varias asignaturas. Pero respeto a ella, cada vez me fue peor y ahí yo intenté explicarle lo que realmente sentía, pero me dí cuenta que ya era demasiado tarde y ya no me escuchaba ni oía y entonces y por su parte empezó una guerra de reproches y que yo entendía que estaban plenamente justificados. Y en medio de ese lío de ruegos, reproches y preguntas, dejarnos de vernos definitivamente. Al cabo de un mes me escribió una carta plena de reproches y al final me decía que estaba preñada de un mes y que iba a abortar a Portugal. Yo le dije que prestaba todo mi apoyo económico y que si ella quería y me aceptaba, yo la acompañaba. Pero me dijo que no y que ya nos veríamos en el infierno (esto último lo digo yo). Y os juro que lloré y a lágrima viva y lloré de pena por ella y lloré de rabia por como me había comportado. Desde esas me dije, nunca más voy aplazar la toma de mis decisiones. Y bueno y ya sabemos como son éstas cosas y cumples tus promesas durante un tiempo y pasado ese tiempo ya no las cumples tanto y hasta que un día como el de hoy, de repente te acuerdas no es tan fácil ser perdonado por cosas que no deberían tener perdón. Y nunca más supe de ella. A veces me llego a preguntar sin en todo éste último proceso ¿no hubo algo de venganza? y por como me había tratado anteriormente. pero en el fondo me da igual la respuesta y porque no hay justificación posible.

















HIJOS DE LA BONANZA. Rocío Acebal.

Mi infancia son recuerdos de un piso a las afueras
y un huerto descuidado en la ventana;
mi juventud, veinte años de cuadernos de inglés.
Conseguirás —dijeron—
mucho más que tus padres y sus padres:
estudia cuatro años y tendrás un trabajo,
trabaja y vivirás siempre tranquila;
trabaja y serás digna de un futuro.
Asentí, como todos —hijos de la bonanza—.
No atendimos a aquel presentimiento
aquel olor a pólvora que asomaba en voz baja
como un eco de angustia a puertas de palacio.
De aquel país ajeno a las fronteras
solo guardo el recuerdo de la luz
y una aversión a la palabra patria.

CORAJE (Joan Margarit)


La guerra ha terminado, pero la paz no llega.
La tarde cae ruda y silenciosa.
Miro a mi abuela -tengo cuatro años-
mientras mea de pie junto al camino
con las piernas abiertas debajo de la falda.
Siempre que lo recuerdo, vuelve el chorro,
poderoso, a caer contra la tierra.
Fue ella quien me enseñó que el amor es
claridad y dureza al mismo tiempo,
que sin coraje nadie puede amar.
No era literatura: no sabía leer.

Ángela Pradelli - El sol detrás del limonero


 Mi abuelo tenía 18 años cuando la Gran Guerra empezó. Había nacido en 1895 en Peli, en el norte de Italia, en la habitación alta de una casa frente a los Apeninos que bordean la Emilia Romagna. Vivía allí con sus padres y cinco hermanos, cuatro mujeres y un varón, que era el más chico. Fue apenas unos meses después del inicio de la guerra que el cartero llegó a Peli y le entregó a mi abuelo la primera carta que recibía en su vida. Era una tarde calurosa del final del verano y todavía estaban abiertas las flores blancas que crecen en matas en esa parte de los Apeninos. El cartero le entregó la carta y se fue. Él, en silencio pero moviendo los labios, leyó su nombre escrito en el frente del sobre. Enseguida, los padres y los hermanos fueron hacia él y lo rodearon. Mi abuelo abrió el sobre y leyó la carta en voz alta. Debía presentarse para incorporarse al ejército. La madre escondió la cara entre las manos. Él volvió a leer para saber dónde debía ir a pelear, pero la carta no decía nada sobre su destino, sólo afirmaba que tenía que presentarse en Milán. Hasta entonces, en sus 18 años, mi abuelo había recorrido a pie los pueblos más o menos cercanos a Peli pero nunca había dejado la montaña y ni siquiera conocía el mar de la Liguria porque jamás había bajado hasta el puerto de Génova.

Peli es un pequeño pueblo de la comuna de Coli, en la provincia de Piacenza, y está a unos 1000 metros de altura. Está formado por un núcleo de casas y calles muy angostas por las que sólo se puede circular caminando. Casi en el centro, en una ochava, sobre una pared exterior, hay un horno grande; cuando está encendido, el perfume del pan horneándose recorre el pueblo y lo envuelve. Desde muy pequeños, mi abuelo y sus hermanos aprendieron a cultivar la tierra. Los padres les habían enseñado a los hijos a labrar y los seis sabían sembrar, cuidar los almácigos y cosechar. Tenían también árboles frutales nuevos y un peral muy alto que en la primavera se cargaba de frutos carnosos y dulces. Tenían algunos animales y habían logrado comprar un bosque de castaños y hongos, pasando el castillo de Faraneto, a menos de una hora de Peli. A medida que cosechaban las castañas, las ahumaban en una habitación lateral para sacarles la humedad del bosque. Un olor seco de leños duros se concentraba en ese cuarto de paredes oscuras, tiznadas por el humo.
Al día siguiente de la llegada de la carta, toda la familia se levantó temprano. La hermana mayor preparó algo de comida para que mi abuelo se llevara. La madre le planchó la ropa y le zurció unas medias. El hermano menor, que se llamaba Modesto, caminaba detrás de él siguiéndolo por toda la casa. Las otras hermanas iban y venían sin saber bien qué hacer. El padre buscó en el fondo del ropero la pequeña caja de madera sin pintar en la que guardaba el dinero y acomodó el rollo de billetes al lado de la pila de ropa recién planchada. Antes de las nueve de la mañana, estaba todo listo. Mi abuelo revisó varias veces el bolso: documento, comida, una botella con agua fresca, dos peras grandes, un poco de ropa. Después, pellizcó una hogaza de pan que estaba sobre la mesa, se llevó las migas a la boca y se calzó el bolso al hombro. Salieron todos juntos de la casa y caminaron con el paso nervioso. Modesto iba pegado a él, agarrándolo del brazo; no quería quedarse solo atrás y por eso trataba de seguir el ritmo apurado de la caminata que tenían todos esa mañana. Lo acompañaron hasta la salida del pueblo. Lo abrazaron y se quedaron viendo cómo el mayor de los varones bajaba por el sendero de la montaña, hasta que ese cuerpo del hijo que partía se confundió con las manchas del camino. Hacía calor, nadie cantaba ese día en el pueblo, todo era silencio.
En 1918, cuando la guerra terminó todos los que habían sobrevivido a las matanzas volvían a sus casas. Después de cuatro años, la tierra había quedado devastada. Mi abuelo regresó a Peli a mediados de noviembre. Hacía apenas un mes que había cumplido los 23 pero tenía la piel escamada de tan seca; había perdido peso y rengueaba de la pierna izquierda. Por las noches le costaba dormirse y se levantaba muy temprano por las mañanas, con un amargor en la boca y unas ojeras verdosas que le enmarcaban la mirada. El mundo que había conocido ya no existía. Le costaba recuperarse. Tenía el cuerpo flojo y un zumbido en la cabeza que en el silencio se hacía más agudo y lo atormentaba. Durante el día pasaba mucho tiempo ensimismado. Sentía las piernas débiles, y una tristeza que crecía cuando empezaba a oscurecer y se pegaba a todo cuando caía la noche. A media mañana iba hasta el peral grande, el árbol que estaba más alejado de la casa. Su hermano Modesto lo acompañaba siempre. Primero, los dos juntaban las peras que se habían caído, después mi abuelo controlaba si alguna fruta había madurado, la sopesaba en su mano y, si estaba en su punto, entonces la arrancaba con cuidado de la rama. Los hermanos se sentaban bajo la copa del árbol, apoyaban la espalda en el tronco y comían las frutas jugosas. Los pájaros trinaban sobre sus cabezas. Gorriones, picazas, mirlos y golondrinas cantaban en los brotes más altos del peral. Los trinos atravesaban las ramas y llegaban limpios hasta ellos. A veces, mientras comían las peras, Modesto le pedía a mi abuelo que le hablara de la guerra, que le contara historias de soldados. Él no le contestaba, no quería contarle, ni a Modesto ni a nadie. De tanto en tanto, cuando algún pájaro tomaba envión para dejar el árbol, los dos hermanos, ahí abajo, oían el batido de alas; era como un susurro largo que se ahogaba.
Mi abuelo llegó a la Argentina a fines de 1923. Viajó solo y enseguida consiguió trabajo en el ferrocarril. Por esa época empezó un diario que escribió durante años. En mi familia, hay quien puede citar de memoria una oración, un párrafo breve entre la punzada y la congoja. Soy la única que no recuerda ese diario. Ni una oración corta, ni un par de palabras. En cambio, aunque no estuve allí, tengo memoria del instante preciso en que mi abuelo empezó a escribirlo:
El barco se mueve tanto que por las noches mi abuelo no puede dormir. Da vueltas para un lado y para otro sobre un colchón apelmazado hasta que amanece. La tercera noche no aguanta el insomnio. Afuera hay vientos cruzados que agitan las aguas. Mi abuelo se levanta con cuidado para no despertar a los hombres que duermen en las literas cercanas. Busca en el bolso el lápiz y el cuaderno que compró el mismo día que le entregaron el pasaporte. Lleva varias noches sin dormir. El mar está bravo. Él camina por un pasillo angosto y oscuro hacia la cocina donde tres ayudantes están pelando papas. Se sienta a la mesa más grande, que en el centro tiene un farol de luz tenue que hace bailar sombras delgadas sobre la superficie de madera. Abre el cuaderno y empieza a escribir. Las olas que rompen sobre las paredes del barco lo zarandean. Según el cuaderno se deslice hacia un lado o hacia otro, la luz del farol oscurece o ilumina las palabras de mi abuelo. Con los sacudones, el cuaderno se desacomoda tanto que mi abuelo no domina la escritura. Como puede, acompaña con el cuerpo esos vaivenes. Por momentos, mi abuelo no reconoce algunos trazos alargados en su propia caligrafía. Pero aun cuando siente que es otro el que llena las páginas, él escribe.
Al amanecer, mi abuelo está todavía en la cocina, sobre el cuaderno, leyendo lo que escribió durante la noche. Ya no siente cansancio en el cuerpo. Ahora lee, se lee a sí mismo y trata de entenderse en sus propias palabras. Los vientos están calmos desde la madrugada y por eso el barco, siguiendo el ritmo de las olas pequeñas, se balancea con suavidad. Afuera el sol se refleja sobre el agua en una lámina cristalina que proyecta una luz diáfana. Hace poco, una mañana, fui hasta la casa familiar a buscar el diario de mi abuelo. Pensé que estaría guardado en algún mueble, en el cajón de los documentos, en una bolsa. Llevábamos horas buscando cuando alguien recordó que el diario había estado en el sótano durante mucho tiempo, en una caja grande de cartón, con otras cosas en desuso y que un día, hacía algunos años ya, al bajar, encontraron la caja mojada por una filtración de agua. Parece que las hojas del diario estaban enmohecidas y la tinta se había corrido tanto que ya no se podía leer casi nada. Hubo que tirarlo. ¿Las palabras terminan siendo hebras húmedas, felpas?; ¿la letra es algo más que un dibujo que un día será una pelusa? Cuando el agua corroe la tinta, la palabra ya no nombra el dolor, sin embargo el dolor no se pierde ni siquiera en la lengua despintada. Algún día estas palabras también serán agua pero eso no importa. Ahora lo que importa es que no se ahoguen en el silencio de la oscuridad íntima que soterramos en las casas. Sólo escribo para eso, y porque él fue el primero que anotó la herida en un cuaderno y me enseñó a apuntar el sufrimiento en los papeles.

Anne Sexton


 "Hasta los veintiocho años tuve una especie de “yo” que permanecía sepultado, que no sabía que podía hacer otras cosas, aparte de preparar salsa blanca y cuidar bebés. No tenía noción de que poseía algún tipo de profundidad creativa. Era víctima del “sueño americano”: burgués y de clase media. Todo lo que deseaba era un pedacito de vida: casarme, tener hijos. Pensaba que las pesadillas, las visiones y los demonios se apartarían si había suficiente amor como para abatirlos. Hacía mi mejor esfuerzo por llevar una vida convencional, porque así fue como me criaron, y eso era lo que mi esposo quería de mí. Pero una no puede levantar pequeñas cercas blancas para dejar fuera las pesadillas. Todo se quebró cuando estaba por cumplir veintiocho años. Tuve una crisis psicótica y traté de matarme".


UN SUSURRO

La única llamada que últimamente he tenido, es un susurro casi inaudible que me decía: ¿te acuerdas de mí? y yo...y yo le tuve que dec...