Debí callarme cuando te miraba,
mirarte en la quietud del silencio
entenderte y comprenderte en silencio,
ser mudo e inexpresivo,
y ante tanta belleza
hacerme estatua de sal.
Y es que al final,
¿cuántas palabras y saliva
me hubiera ahorrado?
Nadie aprende a volar hasta que inventa un cielo.
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