Casi nadie sabe de mí.
De cada vez,
menos se conoce de mí.
Me escondo mejor,
me acoplo a cualquier esquina
que me oculte un poco más de la curiosidad del mundo.
Vivo entre mis cuatro paredes,
eso sí,
paredes antiguas y fuertes
que podrían aguantar la fuerza bruta de un terremoto.
Vivo solo
y no espero a nadie
salvo a mis tres hijos y cuatro amigos.
Vivo y que dios me perdone...
vivo y reivindico mi derecho a vivir.
Ni dios ni nadie
tiene derecho a decirme
hasta aquí debes vivir.
El día en que mis pulmones
sean dos estertores en ebullición
tendré el derecho a pedir...
que alguien o algo me ayude a morir.
Y si nadie acude a mi llamada
yo mismo me encargaré
de darme una muerte dulce.
Odio que además de morir
tengas que sufrir más de lo que en vida has sufrido.
Yo, en realidad,
he disfrutado más de lo que he sufrido.

No hay comentarios:
Publicar un comentario