Louise Glück


 "He llegado a pensar.

que no existe el final perfecto.

Sin duda existen infinitos finales.

O quizás, una vez que se empieza,

lo único que existan sean los finales".












JUAN JOSÉ MILLÁS . "Peste emocional".



La gata de mi vecino ha tenido gatitos. Me llama (mi vecino) para ofrecerme uno. Le digo que no, gracias, que he decidido no volver a tener animales, solo plantas.
-¡Qué pena! -dice-, me quedaba por colocar este, pero no lo quiere nadie. Habrá que sacrificarlo.
No le respondo ni que sí ni que no, no va a lograr, me digo, implicarme en este desorden moral. Si quiere cargarse al bicho, que se lo cargue, por mí como si se lo come con patatas.
-Tú verás -digo al fin por decir algo.
-La decisión -admite él- es mía, pero serás tú el que la lleve sobre la conciencia. Yo no tengo escrúpulos. Nací en una granja donde se sacrificaban animales todo el día.
Este vecino ya me colocó hace años un perro con el que tuve, hasta su muerte, una relación de afecto insoportable. Aquel animal tenía una sensibilidad especial para captar mis estados de ánimo y amoldarse a ellos. Era tan humano que sostengo que fumaba a escondidas. El aliento al menos le olía a Camel. Volví a fumar, después de diez años, por culpa de él. Cuando le ofrecía una calada, fingía que no sabía tragarse el humo. Me prestó muchos servicios de orden sentimental que no le había pedido, de modo que lamenté su pérdida en la misma medida en que me alegré por ella. Fue una liberación que se muriera y me dejara a solas con mis sentimientos. Sufro mucho por las personas y aquel perro había evolucionado insensiblemente a hombre. Por si fuera poco, acabó provocándome una tendinitis en el hombro por tirar de la correa cuando me sacaba a pasear.
-¿Y ese gato? -pregunto- ¿De qué color es?
-Negro -dice mi vecino-, un poco enclenque. ¿Te lo paso para que lo veas?
-Ni se te ocurra.
Por la tarde suena el timbre y es mi vecino, con el gato en la mano. El animal me mira, le devuelvo la mirada y comprendemos que estamos hechos el uno para el otro. Yo estuve a punto de ser sacrificado también al poco de nacer. De momento, le llamo gato, a secas, pero a veces me descubro buscándole nombres. O sea, la peste emocional de la que llevo huyendo toda la vida.

SUSPIROS


Ahora que ya no estoy enamorado
(hace tiempo que no lo estoy)
resulta que he descubierto que...
que yo odio al enamorado,
(aclaro que lo de odiar es una forma de hablar
y porque en el fondo, no odio a nadie)
pero no odio al proceso del enamoramiento,
si no al enamorado de turno,
con su berza monocolor,
con su empanada mental,
con su ceguera periférica,
con su pensamiento único y obsesivo,
con su egoísmo de ombligo
que no hace otra cosa que mirar al otro,
con su falta de solidaridad hacia el resto,
con su hola cariño,
¡ayyyy! amoooor...
no me digas ni me cuentes eso,
porque yo también te quiero,
y fuera de ahí,
no sabe decir nada más,
a su alrededor todo son estrellitas del cielo
que tintinean con la luna llena
y es mencionar a la otra persona
y un largo suspiro....
y se le ponen los ojos brillantes
como dos diamantes
y se lo vuelves a nombrar otra vez,
y otro suspiro más y éste más largo que el anterior.
Conclusión
su estado mental es obsesión pura y dura,
su estado físico es de suspirar todo el tiempo
y mostrando una sonrisa toda bobalicona
y su debilidad
tiene un nombre propio
y ésta vez
será mejor que no diga su nombre
(sino habrá otra salva de insoportables suspiros).
















NOTICIAS DE LOS NADIES (Eduardo Galeano)

Hasta hace 20 o 30 años, la pobreza era fruto de la injusticia. Lo denunciaban las izquierdas, lo admitía el centro, rara vez lo negaban las derechas. Mucho han cambiado los tiempos en tan poco tiempo: ahora la pobreza es el justo castigo que la ineficiencia merece o, simplemente, es un modo de expresión del orden natural de las cosas. La pobreza puede merecer lástima, pero ya no provoca indignación: hay pobres por ley de juego o fatalidad del destino.El código moral de este fin de siglo no condena la injusticia, sino el fracaso.
Hace unos meses, Robert McNamara, que fue uno de los responsables de la guerra de Vietnam, escribió un largo arrepentimiento público. Su libro In retrospect (Times Books, 1995) reconoce que esa guerra fue un error. Pero esa guerra, que mató a tres millones de vietnamitas y a 58.000 norteamericanos, fue un error porque no se podía ganar, y no porque fuera injusta. El pecado está en la derrota, no en la injusticia.
Con la violencia ocurre lo mismo que ocurre con la pobreza. Al sur del planeta, donde habitan los perdedores, la violencia rara vez aparece como un resultado de la injusticia. La violencia casi siempre se exhibe como el fruto de la mala conducta de los seres de tercera clase que habitan el llamado Tercer Mundo, condenados a la violencia porque ella está en su naturaleza: la violencia corresponde, como la pobreza, al orden natural, al orden biológico o quizá zoológico de un submundo que así. es porque así ha sido y así seguirá siendo.
Mientras McNamara publicaba su libro sobre Vietnam, dos países latinoamericanos, Guatemala y Chile, atrajeron, por asombrosa excepción, la atención de la opinión pública norteamericana.
Un coronel del Ejército de Guatemala fue acusado del asesinato de un ciudadano de Estados Unidos y de la tortura y muerte del marido de una ciudadana de Estados Unidos. Desde hacía unos cuantos años, se reveló, ese coronel cobraba sueldo de la CIA. Pero los medios de comunicación, que difundieron bastante información sobre el escandaloso asunto, prestaron poca importancia al hecho de que la CIA viene financiando asesinos y poniendo y sacando Gobiernos en Guatemala desde 1954. En aquel año, la CIA organizó, con el visto bueno del presidente Eisenhower, el golpe de Estado que volteó al Gobierno democrático de Jacobo Arbenz. El baño de sangre que Guatemala viene sufriendo desde entonces ha sido siempre considerado natural, y raras veces ha llamado la atención de las fábricas de opinión pública. No menos de 100.000 vidas humanas han sido sacrificadas, pero ésas han sido vidas guatemaltecas y, en su mayoría, para colmo del desprecio, vidas indígenas.
Al mismo tiempo que revelaban lo del coronel en Guatemala, los medios informaron de que dos altos oficiales de la dictadura de Pinochet habían sido condenados a prisión en Chile. El asesinato de Oswaldo Letelier constituía una excepción a la norma de la impunidad, y este detalle no fue mencionado. Impunemente habían cometido muchos otros crímenes los militares que en 1973 asaltaron el poder en Chile, con la colaboración confesa del presidente Nixon. Letelier había sido asesinado, con su secretaria norteamericana, en la ciudad de Washington. ¿Qué hubiera ocurrido si hubiera caído en Santiago de Chile o en cualquier otra ciudad latinoamericana? ¿Qué ocurrió con el general chileno Carlos Prats, impunemente asesinado, con su esposa, también chilena, en Buenos Aires, en 1970.
Automóviles imbatibles, jabones prodigiosos, perfumes excitantes, analgésicos mágicos: a través de la pantalla chica, el mercado hipnotiza al público consumidor. A veces, entre aviso y aviso, la televisión cuela imágenes de hambre y guerra. Esos horrores, esas fatalidades, vienen del otro mundo, donde el infierno acontece, y no hacen más que destacar el carácter paradisiaco de las- ofertas de la sociedad de consumo. Con frecuencia, esas imágenes vienen de Africa. El hambre africana se exhibe como una catástrofe natural, y las guerras africanas no enfrentan a etnias, pueblos o regiones, sino a tribus, y no son más que cosas de negros. Las imágenes del hambre jamás aluden, ni siquiera de paso, al saqueo colonial. Jamás se menciona la responsabilidad de las potencias occidentales que ayer desangraron África a través de la trata de esclavos y el monocultivo obligatorio y hoy perpetúan la hemorragia pagando salarios enanos y precios de ruina. Lo mismo ocurre con las imágenes de las guerras: siempre el mismo silencio sobre la herencia colonial, siempre la misma impunidad para los inventores de las fronteras falsas que han desgarrado África en más de cincuenta pedazos, y para los traficantes de la muerte, que desde el Norte venden las armas para que el Sur haga las guerras. Durante la guerra de Ruanda, que brindó las más atroces imágenes en 1994 y buena parte de 1995, ni por casualidad se escuchó en la tele la menor referencia a la responsabilidad de Alemania, Bélgica y Francia. Pero las tres potencias coloniales habían contribuido sucesivamente a hacer añicos la tradición de tolerancia entre los tutsis y los hutus, dos pueblos que habían convivido pacíficamente, durante varios siglos, antes de ser entrenados para el exterminio mutuo.

EL VIAJE DE UN PUTO BICHO (Tiempos de Pandemia)

Antes de ser neumonía
he sido fiebre con tos
y antes, he sido virus
y en mi estado más larvario
estaba dentro del ÁcidoRiboNucleico (ARN)
estaba justo allí,
en el puto meollo
replicándome tranquilamente a mi antojo
haciendo acopio de todo el material que me interesaba,
(soy muy curioso y la curiosidad pica y puede que algún día
me mate)
y mientras, tomaba el rico sol de la Toscana
y por eso en éste viaje que me hice por Europa,
empecé por allí,
por la Toscana y por todo el norte de Italia,
después me gustó la idea de irme a Madrid
y de inmediato me fui para allí
y como fui en coche
me paré un momento en las Ramblas
a comprar flores
(me encantan las flores)
en fin, me paré en mi Barcelona del alma
pero eso sí, enseguida me fui,
y no sé el porqué, pero tenía pris
pero creo que allí dejé huella
y como regalo de agradecimiento
dejé todo un cultivo vírico
y para ser servido en bandeja
a cualquier ciudadano,
al grito de:
¡al rico virus!...¡para quién lo quiera!
Después paré a tomarme un vino en la Rioja,
en concreto paré en Logroño en la calle de los vinos
(ya sabéis lo que dice el refranero popular de Logroño...
pues sino lo sabéis, yo os lo recuerdo:
"paré en Logroño porque iba detrás de un coño")
y desde ahí
se extendió hacia el norte como una mancha de aceite,
y como tenía ganas de visitar el acueducto de Segovia,
pues hice acto de presencia antes de seguir hacia Madrid
y mientras me comía un rico lechón a los pies del acueducto,
pude comprobar como iban creciendo mis tentáculos víricos
después me pedí el postre
y mientras me lo tomaba
pude escuchar
las primeras toses putrefactas
y los primeros estornudos
que anunciaban que íbamos de culo
y ya por fin,
un día cualquiera de Enero o de Diciembre
(mi memoria vírica a veces falla),
aterricé en Madrid
y llevo meses instalado allí.
Ahora dicen que toda la culpa es mía,
que soy un virus pandémico,
que soy un mutante alucinante,
que tengo rabo y cuernos,
que tengo dientes de acero,
que me crearon en un puto laboratorio
o que procedo de un puto bicho que se comió un chino
un día que estaba muerto de hambre,
que soy ultrarápido y muy resistente,
que mi velocidad es la del viento huracanado
o la de un ciclón,
que enseguida creo colonias
y hago nidos en cualquier sitio,
que me cargo a muchos viejos,
que bueno,
que están buscando una vacuna
para atacarme, vilipendiarme y aniquilarme,
y tengo que decirlo a voz en grito:
¡¡yo no he hecho nada,
yo estaba en la Toscana
y lo único que hacía
era tomar el cálido sol de aquella zona!!,
pero claro,
todo empezó por un estornudo
de un tío que venía de China
y porque alguien había dejado una puerta abierta
y es que los italianos son muy dejados
y nosotros, demasiado tontos
y por decir que no llegaría a España.
Pues aquí estoy instalado
y a cuerpo de rey.

JOSÉ EMILIO PACHECO


"La vida toda es un combate
incesante. Por eso nos convienen el
tal vez, el acaso, el quizá, el sin embargo y el no obstante".














VLADIMIR NABOKOV


 Tal día como hoy nacía Vladimir Nabokov.

"La literatura no nació el día en que un chico llegó corriendo del valle neanderthal gritando "el lobo, el lobo" con un enorme lobo gris pisándole los talones; la literatura nació el día en que un chico llegó gritando "el lobo, el lobo" sin que le persiguiera ningún lobo."

Amalia Bautista. "Al cabo"


 

LOUISE GLÜCK


 

Louise Glück

  "He llegado a pensar. que no existe el final perfecto. Sin duda existen infinitos finales. O quizás, una vez que se empieza, lo único...