Cuando yo era niño
era un buen chaval,
agradable, simpático
sin malicia y sin pericia,
y por eso mismo y poco a poco,
me fui pasando al lado oscuro,
me volví huraño y silencioso,
parco de palabras pero abundante de ideas
que las cuidaba y mimaba como flores de mi jardín.
Era un ser solitario
que desconfiaba hasta de mi propia sombra
y porque cuando me expresaba
me caían hostias por doquier.
Pronto aprendí a deslizarme entre las sombras de la noche
a esconderme bajo la parra de la viña,
a desaparecer con aquella vieja bici destartalada
que conocía todos los senderos de mis huidas,
dos pedaladas y de repente entraba en mi propia dimensión.

No hay comentarios:
Publicar un comentario