Tal vez llegaré tarde a tu amor –no a tus brazos–
y cuando quiera amarte con fresas en la boca,
la pasión y los dioses condenándome a ti,
te hallaré a cielo abierto, tendido entre los pétalos
dorados de tus sienes, inventándote el mar
y el gozo de las flores.
Tal vez llegue despacio y no me reconozcas
porque me habré mudado la sombra cuatro veces,
mías no serán ya ni la voz ni las huellas,
nada de lo que pueda dejarse en el olvido.
Deberás encontrarme en lo que sé de ti:
en la exacta distancia que separa tus ojos
del misterio del agua en la fuente dormida.

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