ME HABLABAS EN SUSURROS


Me hablabas en susurros
y al mismo tiempo me salían hormigas por los poros.
Me dabas un beso
y las ganas de querer
eran enredaderas que trepaban por mis arterias.
Me preguntabas
¿qué te pasa?
y un río de lava crecía dentro de mí
y nunca pude saber
si lo que pasaba era real o irreal.
Me mirabas en silencio
y sentía cosquilleos en la nuca
y como si tu mirada me atravesara
mientras todo crujía como nieve recién caída
bajo la capa más profunda de mi piel.
Sonaba un mensaje
y era la alarma que me indicaba
que debía estar en estado de alerta.
No recuerdo el temblor de aquellos días,
pero si recuerdo
que tu mirar
era una bala que atravesaba mis sentidos.















DESDE ABAJO. Gonzalo Rojas

 

Entonces nos colgaron de los pies, nos sacaron
la sangre por los ojos,
con un cuchillo
nos fueron marcando en el lomo, yo soy el número
25.033,
nos pidieron
dulcemente,
casi al oído,
que gritáramos
viva no sé quién.
Lo demás
son estas piedras que nos tapan, el viento.






















NO ES EL MÍO ESTE TIEMPO (Karmelo C. Iribarren)


Estas calles que recorro cada día
hace tiempo
que ya no son mis calles:
cruzo los puentes, entro en las librerías,
me siento en los bancos de las plazas,
miro la lluvia hipnotizado desde los bares,
hago, en fin, lo que he hecho siempre,
pero no son mis calles.
Hace tiempo que decidí quedarme al margen
de un tráfago de gentes y de ideas
que no me dicen nada,
en las que no me reconozco.
Con esa compañía, mejor solo.
















ISABEL ALLENDE. La suma de los días

 

“Dicen los budistas que la vida es un río, que navegamos en una balsa hacia el destino final. El río tiene su corriente, velocidad, escollos, remolinos y otros obstáculos que no podemos controlar, pero contamos con un remo para dirigir la embarcación sobre el agua. De nuestra destreza depende la calidad del viaje, pero el curso no puede cambiarse, porque el río desemboca en la muerte. A veces no hay más remedio que abandonarse a la corriente.”















CAFÉ SOLO (Manuel Vicent)


“Sé perfectamente que el día en que me muera no echaré de menos los grandes acontecimientos que pude haber vivido, sino el perfume del café con tostadas y algunas pequeñas sensaciones, por ejemplo, estirar la pierna hacia el lado fresco de la sábana en las madrugadas de primavera cuando cantaba el mirlo en el jardín. Si me da un poco de pereza morir es porque ya no podré ir por las mañanas a comprar el periódico ni contemplar de camino en la parada del autobús los rostros frescos de las adolescentes que tienen aún todo el amor por delante. Mi lucha por la existencia consiste en que a la hora del desayuno sea mucho más importante el aroma del café que las catástrofes que leo en el periódico abierto junto a las tostadas.
También es muy placentero llamar por teléfono a algún amigo a media mañana para que te cuente los últimos rumores. Por un lado está la Crítica de la razón pura, de Kant, y por otro están los chismes. Supongo que los chismes de las tertulias será lo último que uno recuerde con una marca más indeleble que cualquier filosofía, y junto a ello estará la suavidad de un paseo vespertino, algunas puestas de sol, las lecturas de noche en la cama con la amorosa luz de la mesilla. Quisiera saber qué hace llorar a los moribundos más sabios. Sin duda, sus lágrimas no se deben a los triunfos que consiguieron ni a las grandes tragedias que soportaron sino a los sencillos placeres que experimentaron, a la gente buena que conocieron, a los alimentos que degustaron con parsimonia entre amigos. ¿Qué es la muerte? Tal vez la muerte consiste en no tomar ya más un cruasán crujiente con el café por las mañanas junto al ventanal ni enterarse ya nunca jamás de los resultados del Campeonato de Liga cada domingo. Al final de todas las religiones y filosofías, en medio de tantos dioses, héroes y sueños, resulta que la vida no es sino un conjunto de chismes y un nudo de aromas, una pequeña costumbre cuyos pilares tan sólidos son de humo y salen de ciertas tazas frente a las cuales uno ha sido feliz”.





















INSTINTO DE SUPERVIVENCIA


Cuando subí...lo hice hasta la cima más alta...
y cuando bajé aterricé en las cloacas del averno
y a veces me rescaté y no sé ni como me rescaté...
estaba con el agua al cuello
y masticando piedras y cristales del naufragio
y ahogado en el fango de mi propia depresión.
Instinto de supervivencia, le llaman.
Y debe ser que de ese instinto
voy más que sobrado
y porque siempre he salido a flote
de mis peores momentos.
Dicen que cuando se toca fondo
a veces y de vez en cuando
uno sale rebotado de tal manera
que ahora mismo
veo al mundo desde una nube.














EN LA OTRA ORILLA

En la otra orilla
de esta ciudad sin ley
dicen que allí, al otro lado
todo es posible.
Yo solo pido...
un puente levadizo
un pasadizo secreto
una cuerda que nos una
pero que no nos ate el uno al otro
Pido una mano amiga
y una barca que nos acerque hasta donde todo es posible.
















UBERTO STABILE

En todas partes cuecen patrias
Nací en Valencia
de padre italiano y madre gata
he sido charnego en Barcelona
polaco en La Mancha
y churro en mi ciudad,
me llamaron spagnoleto en Italia
y en la escuela macarroni,
en Andalucía soy “el que habla fino”,
gallego en Cuba y en México gachupín,
en Berlín me tomaron por turco
y en Brasil me hablaban en inglés,
a los rifeños les parezco muy claro
y demasiado moreno a la policía de Miami.
He vivido en dos países, siete ciudades y quince casas
de las que sólo conservo sonrisas
y algunas fotos apulgaradas de amigos y familiares.
Siempre vengo de lejos
y lejos voy
con otra lengua, con otra luz
y la patria en los zapatos
para vergüenza de mis invasores.

MI PADRE


Mi padre
apenas me decía nada.
Era de arena, sol del desierto
y escaso de agua.
Cuatro palabras bastaban
y cinco, eran demasiadas.
Mi padre murió un día
y no sé si murió de pena
o porque le reventaron las venas.
Mi padre murió en el baño,
dijeron que fulminado por un rayo llamado,
infarto.
Mi padre llevaba años buscando su muerte
y un día y como si fuera otro día cualquiera,
la muerte le visitó con su guadaña
y le partió el corazón
en mil pedazos.
Y desde entonces,
una de mis penas más grandes
es que se murió sin haberlo conocido.














VIVO EN LA UÑA (Lola Andrés)

 

Vivo en la uña
de la voracidad
enferma
en la costra
de la abyecta
mirada
de la deflagración
y las matanzas.
Amo
me alimento
hago sexo
en el hangar del aire
cada vez más dentro
del aire
más adentro
de la vagina apátrida
dentro
de la pupila jugosa
del pezón.
Mi huerto
sabe a hierba
digerida despacio
mansamente
sin palabra.
Cada vez
más adentro
del poro de la lluvia
de las ingles
fecundas
de la tierra.















¡¡AY!! LUNA...


 ¡¡Ay!! Luna, ¡¡Ay!! Luna...
díme si me quieres,
y ¡¡Ay!! Luna y mientras tanto díme donde has dejado el sol,
y díme Luna si esta noche nevará o lloverá
o si las mareas crecerán o bajarán,
pero díme algo, Luna,
díme si me quieres o no,
porque yo sólo quiero
yo sólo quiero que tú...
que tú me dejes un poco de tu amor...
y de tu resplandor...
¡¡Ay¡¡ Luna, que pena por tanto desamor.

YO ESCOGÍ ÉSTE OFICIO

Yo escogí éste oficio, digo...el de ser médico, el de escribir... vino después, mucho después, fue tanto después... que no me acuerdo del ti...