El año pasado, la librera de una pequeña ciudad de Francia me invitó insistentemente a un encuentro con lectores. Fui en tren desde París. En la estación me esperaba una chica peruana para llevarme al hotel. Me registré, subí a la habitación. El piso estaba cubierto por una alfombra que olía a moho y penuria. De la ventana, asegurada por una cadena y un candado, colgaba un trapo de color rosa. Del techo pendía un foco de bajo voltaje como una gota de semen viejo. Desde la calle llegaba el bramido de las prostitutas. Dejé la maleta, bajé a encontrarme con la librera en la recepción. Resultó ser una mujer expulsiva como una reja. Me dijo: “Las universidades están en receso, así que no va a ir nadie a la librería”. No entendí por qué había insistido tanto en invitarme, pero no dije nada. Me dijo: “Vamos”. La seguí. Ella iba adelante, con un paso en el que se notaba el fastidio. En la librería habían dispuesto sillas para el público. Allí, sentada, había una mujer mayor de aspecto dulce y avergonzado. Esperamos un poco pero no llegó nadie más. La librera dijo “Suspendamos”. Dije “No, vino una señora”. El público quedó compuesto por la librera, la chica peruana, la señora mayor y una profesora universitaria argentina que me entrevistó. La librera se levantó en mitad de la charla y se fue. Con la traductora nos fuimos a cenar. Era la viuda de un escritor al que admiro. Hablamos del amor, de la muerte, del adulterio. Al terminar, me acompañó hasta el hotel donde no pude dormir por los alaridos de las prostitutas. La chica peruana debía acompañarme a la estación al día siguiente pero no apareció. Llovía. No había taxis. Corrí veinte cuadras y llegué empapada cuando el tren estaba a punto de partir.
Semanas atrás estuve en Santiago de Chile. Di una charla en un teatro. Cuando se pusieron a disposición las entradas, los ochocientos tickets se agotaron en diez minutos. Los anfitriones me fueron a buscar al aeropuerto, me hospedaron en un hotel precioso, dispusieron comida y bebida en el camarín del teatro, me llevaron a cenar, organizaron un encuentro con decenas de colegas en una galería de arte exquisita.
Se podría pensar que lo de la ciudad francesa fue un tropiezo y que lo que realmente debe pasar es lo que sucedió en Santiago. Pero no. La librería desierta y el teatro repleto conviven en el largo camino hacia no se sabe dónde. Lo que importa es sentarse y escribir aunque haya momentos –como estos días que atravieso sumida en un sendero de sombras- en los que parece que no quedara nada por articular. Lo que importa es mantenerse en la periferia donde el brillo se atenúa con la oscuridad, donde la oscuridad se humedece por briznas de luz que siempre duran poco. Que son sólo eso: una promesa bella pero engañosa.

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