"FANEQUEIRAS"

 Mi nivel de autoestima

crece cuando las mareas bajan

 y dejan extensas superficies de arena mojada

y porque ese paisaje me enardecía y me enardece de tal manera

que me hacía sentir que estaba viviendo en otro planeta

y caminando por playas de otro mundo

y con vistas al espacio sideral

donde todo se oye y todo se magnifica.

Mi nivel de autoestima

ahora es enorme

pero no siempre lo ha sido

y porque he pasado por fases subterráneas

y hasta viví dentro de una cueva  llena de errores y penas

pero estaba a salvo de fieras y alimañas.

Como máximo

me hacía una hoguera

y para calentarme de vez en cuando las manos y las ideas

y para primero, precocinarlas 

y comerlas hoy u otro día.

No soy un tío muy de ascos

y porque casi todo me acaba gustando

y si no me gusta hago algún intercambio

y te cambio lentejas por orugas

y  si tampoco como las orugas

me servirán como cebo para atraer peces.

Y hablando de pescado

y que yo ahora me acuerde

no hay pescado que no me guste

ni que me haga ascos.

Veo un pescado

y se me cae la baba

aunque a veces pienso

que a lo mejor no es el pescado en sí

lo que más me gusta

y lo que realmente me atrae

es su olor y sabor a mar

y por eso adoro las ostras y los percebes

y las ortiguillas de mar

que saben a mar que te cagas

y tal y como si estuvieras bebiéndote el mar de un solo trago.

Yo a veces vuelvo al mar de mi infancia

y aterrizo en aquella hermosa playa de arena blanca y fina

y visito todas sus dunas y voy de una en una

y hasta que el sol aprieta de tal manera

que me obliga a visitar su orilla de arena resplandeciente y

 húmeda

y así voy completando mi estelar paseo.

Antes, cuando aún me bañaba,

cada 500 metros me zambullía en sus aguas claras y nítidas

y no me lo pensaba dos veces

y no como hago ahora

que me lo pienso tantas veces  

que al final, no me baño.

Claro que veces se me estropeaba mi termostado

y cuando iba de duna en duna, de repente

me sentía como un pato mareado

y todo a mi alrededor se nublaba

y menos mal que mi instinto si que funcionaba

y entonces sentía como una mano invisible

me empujaba de nuevo hacia la orilla

y sin más, ya estaba dentro del agua

y disfrutando de aquél gratificante baño.

Y cuando me recuperaba un poco

y volvía a ver bien y sin que nadie diera vueltas a mi alrededor

proseguía mi paseo

pero ésta vez lo hacía a otra altura de la orilla

e iba más adentro del agua

y no por la arena mojada.

Caminaba por esa franja donde el agua me llegaba

por encima del tobillo y cerca de la rodilla

y esa franja era sumamente agradecida

y porque por ella corría el viento  

y como si alguien se hubiera dejado la puerta abierta

en aquél preciso momento,

pero también tenía su punto de maldad

y porque por esa misma franja

habitaban unos extraños peces

que se colocaban bajo la arena 

y que en su dorso o espalda

llevaban tres o cuatro pinchos llenos con todo su veneno

y si tenías la osadía de pisarlos

te clavarían sus tres o cuatro pinchos y sin tener compasión

 ninguna.

Era un pinchazo muy doloroso

pero muy doloroso

y por eso lo primero que hacías

era lanzar un agudo y poderoso grito de dolor.

Y aparte del dolor

el tema era que se pensaba que el amoníaco era parte de su

 tratamiento

y como los puestos de socorro 

estaban como mínimo a unos 200 metros de arena caliente y

 seca

pues pasaba que siempre había entre 4 o 5 o 6 pollas

dispuestas para mearle en la picadura

y como el dolor era tan punzante e incapacitante

el tío o tía pedía que le mearan directamente en el pie

y después se iba con el pie meado hasta el puesto de socorro.

Siempre había voluntarios

para mear en el pie de alguien.

Y claro los primeros

éramos los niños

y nuestro tiempo de respuesta

era cuando menos que alucinante.

Escuchar un grito agudo

y al instante ya estábamos todos dispuestos

para participar en aquél especie de akelarre de gran meada

 colectiva.

Éramos como bomberos apagando un fuego

y aparte del amoníaco que llevaban nuestras meadas

el veneno de éste bicho es termolábil

y por tanto el calor de nuestras meadas

también lo apaciguaba.

Algunos le llaman Pez araña

otros le llaman "Faneca brava"

y así era como se les llamaba en mi zona

y por eso a esas zapatillas de plástico

que se utilizaban para andar por esas mismas playas

se les denominaba "fanequeiras".


















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PEDRO SALINAS