Lo malo de vivir en un espacio cerrado


 Lo malo de vivir en un espacio cerrado

es que tu horizonte son cuatro paredes

en mi caso, cuatro anchos muros de piedra

y en ese espacio vuelan en bucle 8 moscas de verano,

todo el día dando las mismas vueltas

y sin encontrar una salida. 

Y eso que mis ventanas dan a la calle

y algo se mueve tras sus cristales

el sol se mueve a lo largo del día

de vez en cuando el vecino de enfrente sale a fumar

otro se asoma un rato y para ver si algo ha cambiado

al del tercero se le escucha hablar por el móvil

al tiempo que se mueve de un lado al otro dentro de su

 pequeña y estrecha terraza

y a veces cuando contemplo todo este panorama

y lo pienso dos veces

me entran ganas de ponerme a llorar.

Me entristece que seamos como las moscas de verano

volando en bucle contínuo

y sin encontrar una salida a nuestra penosa vida.

Me preocupa que el día a día

nos devore

y que la magia nos abandone.















NO LO SÉ Y PUNTO


 Y son días de preguntas

y son días de hacerse preguntas

y quiero respuestas sinceras y desnudas

cortas o largas, eso no me importa

la distancia que abarcan, me da igual

yo quiero ir al meollo o a la esencia

o dar en el clavo y no en el dedo.

Yo quiero preguntas sobre mi mismo

preguntas que me abran en canal 

y pueda ver mi corazón palpitante

escupiendo sangre

al tiempo de sentir como mis pulmones

se mueven como fuelles que levantan mi ánimo 

y me convierten en un ser especial.

Yo me pregunto

si para el tiempo que me queda

todo esto merece la pena,

si tantas horas, días, meses y años

que he invertido en la escritura

me han dado más luz

que la que tú me habías regalado.

Yo no lo sé,

sinceramente yo no lo sé

pero la vida se hace a base de tomar decisiones

y dejo en el aire su posible respuesta.

No lo sé y punto.












ESTAMOS HARTOS. Rosa Montero.

Hace unos días cené con X. Es un autor notable con una repercusión comercial mediana. Me contó que buena parte de sus ingresos los obtiene escribiendo o reescribiendo las novelas de otros. Vamos, lo que tradicionalmente se conoce como un negro literario (suena fatal; los ingleses lo llaman escritor fantasma). Y no crean que se trata de esos libritos ocasionales firmados por famosos de profesiones diversas, sino, horror de horrores, de las novelas de unos cuantos autores muy conocidos y, por supuesto, superventas. Es probable que los farsantes hayan tenido la idea de partida, y alguno hasta puede haber pergeñado un (mal) borrador; pero la autoría del libro desde luego no es suya, aunque, según X, los hay que se creen escritores extraordinarios aun sin haber escrito, en una de esas carambolas mentales de la miseria humana. Goethe ya contaba algo parecido en su bella autobiografía Poesía y verdad; cuando, a los 10 años, en la escuela les pedían a los alumnos que hicieran poemas, había un chico que llevaba unos versos espantosos y además obviamente escritos por su ayo, pero que se pavoneaba como si fuera el poeta más excelso, lo cual lo convertía en el hazmerreír de todos. Pues bien, lo malo de nuestros tiempos es que ahora nadie se ríe del mentiroso, porque la trampa permanece oculta. A X le obligan a firmar un contrato de confidencialidad, así que ignoro qué libros rehace. No obstante, en el mundillo se comenta algún nombre muy conocido, pero no tiene por qué ser de X porque hay otros escritores en la sombra. De hecho, la primera vez que un fantasma me habló de estos tejemanejes fue en 2019; se trataba de una buena escritora que, al igual que X, tiene ventas medianas. Los dos me dijeron la misma frase: “Entro en las librerías y pienso: esta novela es mía, y esta, y esta otra”. Debe de ser amargo saberse mucho mejor artista que esos autores de mentira y tener una ínfima parte de su éxito.
Hace siete años ya me escandalizó la situación, pero la otra noche me dolió mucho más, como quien echa sal en una herida abierta. Y es que estoy harta de las marrullerías, de los trucos sucios, de las corruptelas y las mentiras, de esta sociedad de malditos trileros. Siempre he pensado que el arte nos salva; que la literatura es el refugio de las almas buenas o, al menos, de las que aspiran a ser mejores. Por eso me desespera que también aquí, en este pequeño oasis, haya mangantes.
No puedo más. Basta ya de unos comportamientos depredadores que en algunos casos son delictivos y que en otros solo rozan la ilegalidad, pero son igual de repugnantes moralmente. Y lo peor es que quienes actúan así creen estar en su derecho. De la misma manera que el escritor que no escribe termina creyendo que es Cervantes, estos desfachatados piensan que estirar las leyes, retorcer las normas y apañarse un dinero no es más que lo que la sociedad les debe y que, por añadidura, todos lo hacen. Pues bien, les voy a dar una noticia: no lo hacen todos. Ni muchísimo menos. Solo los chorizos y los parásitos. Porque la corrupción es eso, un parásito que se esconde en la barriga del cuerpo social, como la tenia que termina colonizando el intestino. Y así estamos, ocupados por un gusano que parece estructural, que abarca a derechas e izquierdas, pero eso sí, sólo a las personas de posibles, de dinero y sobre todo de poder, de influencias y de un egocentrismo encanallado. Porque la gente, la inmensa mayoría de la gente, de derechas y de izquierdas, no es así. Miro a mi alrededor en el último día de la Feria del Libro de Madrid, en este milagro de hermandad, de creatividad y de alegría por medio del poderoso vínculo de la literatura, y me vengo arriba: en realidad, los autores mentirosos son una excepción (al igual que los demás golfos de este mundo). Lo que abunda son los escritores que perseveran en la obra aunque sean poco leídos, y las pequeñas editoriales que navegan por mares furiosos, y las grandes editoriales que se despepitan por visibilizar sus catálogos, y los libreros maravillosos que no paran jamás de trabajar. Abundáis vosotros, lectores, que recorréis la feria día tras día, que a veces os gastáis con esfuerzo vuestros últimos euros en un libro, en un cuento, en una pizca de palabras y belleza. Por eso me digo una vez más que no todos hacemos lo mismo, que no todos somos ladrones. Sólo sois un puñado de mangantes y estamos hartos.

JULIO CORTÁZAR


 

Yo sé lo que a mí me queda


 Yo sé lo que a mí me queda

no sé lo que os queda a vosotros,

lo que a mí me queda es soñar despierto

es no bajar la guardia al llegar la noche

y hacerme más insomne de lo que era.

Ni día, ni noche

ni hostias en vinagre

apoyarme en el suelo sobre una pata y dormir sobre ella

e ir cambiando de pata 

y al mismo tiempo de ojo

un ojo despierto y el otro dormido

y si se levanta un huracán de viento

atarme al palo mayor

y si la mar se cabrea

hacerme mascarón de proa

y para que el agua me de en la cara.

Lo importante es mantener el rumbo

hacia el perenne insomnio

dos palillos en cada párpado

y no obsesionarse con tu pasado

y avanti y a toda máquina.













  Yo tenía una tía por parte materna que en teoría era su hermana pero que no lo debía ser y porque no coincidían en sus apellidos y eso era...