Primero fue el dedal.
Lo busqué en el costurero
y no estaba,
y nadie dijo nada.
Luego la cinta de raso
que le recogía el pelo
del lado izquierdo,
el imperdible prendido al borde del delantal
por si acaso,
por si nunca.
Las cosas pequeñas no se despiden.
No hacen el ruido de una puerta al cerrarse,
no dejan en la pared
el rectángulo más claro
de un cuadro descolgado.
Se deshacen como el azúcar en el agua
mientras remuevo,
distraída,
otra cosa.
Un día abres el cajón
y pesa menos.
La lima de uñas,
el botón de repuesto
dentro de su bolsita de plástico,
el lápiz que afilaste hasta dejarlo
del tamaño de una falange.
No sé en qué momento dejaron de estar.
No sé si alguien los tira,
si aprenden despacio
a no ocupar sitio,
o si marchan a otras casas a construir otros recuerdos.
Al final queda el cajón,
su madera,
su rumor de nada,
y mi mano dentro
buscando
lo que ya no recuerdo que se ha ido.

No hay comentarios:
Publicar un comentario