Y entonces todo aquello
que en su día nos hizo felices
¿habrá que quemarlo?
o ¿simplemente, dejar que siga su propio curso?
o ¿volver a los mismos sitios
donde la felicidad nos desbordó?
y comprobar que no hay la misma luz que antes
que los campos sembrados de viña, centeno y maíz
ahora son edificios, aceras y coches
que se pelean por encontrar un aparcamiento
que aquél viejo molino derruído
que tanto era para nosotros
ha sido sustituído por un comercio que vende motos
y que aquél camino o sendero
por donde se bajaba a la playa
ahora es parte de un proyecto urbanístico
que nunca sabrá que allí cogíamos castañas
o moras o higos o algún racimo de uvas
y que bebíamos agua fresca de una hermosa fuente
y donde se quedaron las risas y carcajadas
que resonaron entre sus muros de piedra.
Pues todo esto
estará bajo tierra
y en un rincón de nuestra memoria.

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