Y era un día del mes de Septiembre
estaba nublado y no hacía calor ni tenía frío
solo llovía
lluvia fina pero constante
y como de aquellas vivía en mi galicia natal
en el mes de Septiembre siempre tenía que llover.
Mis Septiembres en Galicia siempre fueron de lluvia
y después de la vendimia
tenía mi autorización para que lloviera a manos llenas.
Mis Septiembres gallegos
eran de olores a uva recién ordeñada
y hasta aún puedo escuchar el goteo
del alambique donde se hacía el aguardiente.
Goteo pertinaz, perseverante y consistente
y gota a gota y día y noche
y porque no había más horas en todo el día
y porque si las hubiera
seguiría sonando ese constante e interminable goteo
y que tantas veces me ha obsequiado con sus ecos.
Más adelante
mis Septiembres gallegos
se llenaron de exámenes
pero eso sí, siguió y seguiría lloviendo.
Y un poco más tarde
mis Septiembres volvieron a su cauce
y eso significaba más días de lluvia
y de poder saborear con toda la tranquilidad del mundo
todos esos buenos momentos
que me estaba brindando la vida.
Y a finales del mes de Septiembre
empezaban a crecer las setas
y eso para mí
era como para Tarzán la llamada de la selva.
Tampoco es que fuera todos los años de mi vida ha coger setas,
pero si yo quería un Septiembre al completo,
tenía que hacerlo.
Era como un protocolo que tenía metido dentro de mi coco.
Y en fin, mis Septiembre tenían tres pilares,
la vendimia de mi infancia,
la lluvia fina y constante
y las setas metidas entre mis cejas
y de esa guisa andaba yo por la vida.
Después me fuí a vivir a Cádiz
y poco cambió la cosa
y porque yo no dejé que cambiara
y porque mis Septiembres siempre han sido mis Septiembres
y haga frío o calor, siempre lo seguirán siendo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario