Dije que no iba a mirar y miré. Y, como la esposa de Lot, a quien Dios no consideró necesario ponerle nombre en el Génesis -quizá por ser mujer-, lo que vi me transformó en estatua. Mis retinas, en sal. Los vellos de punta. Un grito extático del que no fui consciente hasta quedarme hueco. Un viento que barría sonidos graves y parecía querer elevarnos. Una extraña sensación de estar fuera del tiempo.
Miré a mi alrededor. Miré el eclipse. Y presencié una de las noches más extrañas, especiales y maravillosas de mi vida.
Creo que fui el primero del país en comprar las célebres gafas ISO. Llevaba preparando el acontecimiento desde el 9 de enero. En las noches estivales de mi infancia me dio por aprenderme todas las constelaciones y los Catasterismos asociados a ellas de Eratóstenes. Se apagaba el olivar y yo me refugiaba en el cielo. Por eso, en cuanto supe que habría un eclipse en España cuya totalidad atravesaría el Aragón más profundo, escribí a mi amiga Lucía, encargada de organizar encuentros literarios en pueblos aragoneses y de revitalizar parte de la España vacía con la maravillosa iniciativa Pueblos en Arte, y le supliqué que me guardara un sitio en su casa de Torralba de Ribota.
“David, a esta región la llaman la Laponia española. No te preocupes, que estaremos solos”. Se equivocaba.
Los montes que rodean el pueblo, los más parecidos al paisaje de la Ruta 66 en la península -la Nacional 234-, se apreciaban a media tarde como terrones oscurecidos por un manto de hormigas soliviantadas. Ya solo el paisaje, a medio camino entre Marte y el Cañón del Colorado, te hacía vibrar. Escalábamos el monte del Amor, el más alto de la comarca. Éramos un fotograma congelado de Terrence Malick. Una vez arriba, cientos de personas nos tendimos sobre butacas, alfombras y cojines, y yo sobre la propia tierra y descalzo para conectar con el magnetismo del evento y presenciar desde la raíz el acontecimiento del siglo.
Salvo a Lucía, no conocía a nadie. Pero el silencio que poco a poco fue rodeándonos y contra el que luchamos por querer manifestar nuestra minusculidad intranscendente ante este espectáculo breve y milagroso que es la vida, nos hermanó. La locura pareció anunciarse conforme el sol se apagaba.
Recuerdo los instantes previos. Gritábamos al unísono, desgarradas las gargantas; nos sonreíamos, nos abrazábamos; compartíamos el agua, las gafas, las manos... Lucía brincaba porque no sabía cómo desfogar tanta ilusión, y yo tocaba con una guitarra Starman, Space Oddity y otros refritos estelares.
Entonces me levanté y juro que aprecié algo que nadie vio, por mirar más a la tierra que al cielo: les grité que el pueblo se estaba oscureciendo a nuestras espaldas. Sin llegar al eclipse total, el paisaje perdió de golpe la mitad de su brillo, una pantalla gigante que hiberna pero sigue encendida. Un videojuego de Dios. Y, en apenas un minuto, el milagro. Por estar bajo la totalidad, disfrutamos de un minuto y cuarenta segundos de éxtasis.
Los vellos de mis brazos y de mi cogote se pusieron de punta. No recuerdo haber sentido jamás la piel así tan repentinamente. Me la froté, confuso, y miré asustado al resto de las hormigas. Vi a hombres llorando y a mujeres boquiabiertas, a niños tirando tierra por los aires y coreando en otros idiomas, quizás nuevos para ellos; y me escuché a mí mismo llamando a Dios a gritos. Porque, si alguna vez pudo existir, debía de estar allí con nosotros, y quería que supiera que existía.
Pronto los adultos fuimos incapaces de permanecer quietos. Nos movíamos de un lado a otro, como quien acaba de recibir la noticia de su vida y necesita levantarse, caminar, traer una y otra vez a la mente semejante revelación. Alcé la voz por encima de las del resto y les propuse un grito común. A la de tres, el valle tembló. Un valle rojizo que se había tornado azul eléctrico y amatista, del color de las ciruelas oxidadas.
Los perros, quietos. Los pájaros, ausentes. Los árboles, detenidos. La península conteniendo al mismo tiempo la respiración.
Nadie quería quedarse ciego, pero nadie quería perderse a Dios. Y todos miramos. Porque, de todas las cosas místicas, incognoscibles y espirituales que he experimentado, la de ayer se lleva la palma. Y estoy seguro de que, estuviera o no estuviera un dios detrás de aquello, aquello no puede llamarse de otra manera. La palabra más sagrada que tenemos no puede no nombrar un instante así.
Sentir a Dios no es rezar de rodillas una retahíla ortopédica. Sentir a Dios es experimentar amor por todo lo que te rodea. Es hacerte daño en el rostro de tanto acoger con tu sonrisa a cientos de desconocidos, abrazarlos y celebrar con ellos la suerte y el privilegio de estar vivos.
Ayer por la mañana dejé de tomar, por fin, la última dosis pautada del antidepresivo. Elegí el día a propósito, claro. No hay mayor placebo que el ansia por vivir. Y anoche tocamos a Dios.

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