El destino estaba escrito
en esas páginas en blanco
que reclamaban tinta desde hace mucho tiempo.
Allí el destino corría de tu mano,
y en aquél verano de azul y niebla,
nos despertamos sobre la arena húmeda de la madrugada,
abrimos los ojos y nos miramos,
hicimos el amor hasta el desmayo,
hablamos de nuestra luna llena,
soñamos el mismo sueño
que hablaba de aquella noche de verano,
mientras nos seguimos acariciando tanto que nos hicimos traslúcidos,
y aquella noche,
el suave viento del norte
nos envolvió en una crisálida,
fuimos durante ese tiempo,
un sueño colgado del espacio
a nuestro alrededor flotaban nubes de verano
y miles de estrellas fugaces
corrían por nuestras venas
y éramos tanto
y tan especiales y tan grandes...
que el universo nos resultaba pequeño.
Pero como todo sueño, siempre tiene un final
y al cabo de un tiempo
nuestro globo se acabó pinchando
y tuvimos que aterrizar como mejor pudimos.
Y a partir de ahí
nos vimos de vez en cuando
en algún encuentro casual
y durante unos segundos nada de alrededor nos importaba
estaba escrito en nuestros ojos
que ese precioso secreto siempre sería nuestro.

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