Carlos Luna Escudero. "NOS ESTAMOS VOLVIENDO MÁS TONTOS"

Mira alrededor. La gente ya no se banca un texto largo. Ni un silencio. Ni una idea que dure más de treinta segundos. Las personas del 65 todavía leían un libro entero. Las del 85 todavía pensaban sin pantalla. Los del 2005 todavía dudaban.
Los del 2015 ya pedían el resumen. Las gentes del 26 alcanzan con el título y un emoji. El cerebro se va achicando y casi nadie lo registra como pérdida. ¡Una locura!
Durante casi todo el siglo XX el coeficiente intelectual subió generación tras generación. Se llamó efecto Flynn. James Flynn lo midió con datos. Pero desde los años noventa la curva se dio vuelta. Estudios en Noruega, Dinamarca, Finlandia, Reino Unido y Estados Unidos muestran lo mismo, el CI promedio baja. Un trabajo noruego de 2018 con más de 730 mil jóvenes detectó una caída de casi siete puntos por generación desde los nacidos en 1975. Y no es genética. Es ambiente. Y el ambiente digital es el principal sospechoso.
Nicholas Carr lo dijo en Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? (2011). Internet no solo nos da información. Nos cambia el cerebro. La lectura profunda, la concentración y el pensamiento lineal se debilitan. El cerebro se entrena para saltar de estímulo a estímulo.
Lo que se usa se fortalece. Lo que se deja de usar se atrofia.
Michel Desmurget, neurocientífico francés, fue todavía más claro. En La fábrica de cretinos digitales (2019) afirmó que los chicos de hoy son la primera generación con un cociente intelectual más bajo que el de sus padres. No por los genes. Por las horas diarias frente a pantallas. Siete horas en promedio en muchos adolescentes. Eso no es ocio. Es entrenamiento para no soportar el silencio ni una idea que dure más de media minuto.
La estupidez avanzada no duele. Ese es el problema. Si doliera, la gente huiría. Pero se siente bien. Se siente práctica. Se siente incluso como inteligencia. El que ya no puede leer un texto de siete minutos no piensa “perdí capacidad de concentración”. Piensa “esto es demasiado largo, ¿por qué no lo resumen?”. La pérdida se disfraza de exigencia legítima.
Pino Aprile, en su libro Nuevo elogio del imbécil, va más lejos. Dice que la inteligencia está dejando de ser necesaria. Construimos un mundo que funciona a prueba de tontos. Cuanto más fácil se hace todo, menos se necesita pensar. Y cuando menos se necesita pensar, menos se piensa. Y la inteligencia, como cualquier característica que deja de dar ventaja, empieza a extinguirse.
Nietzsche habló del último hombre hace más de cien años. Esa criatura que ya no quiere sufrir por ninguna idea, que convierte su propia limitación en virtud y que parpadea satisfecho. Hoy ese último hombre tiene teléfono, redes y la certeza de que está informado. Revisa la pantalla 150 veces al día y cree que piensa. En realidad entrena al cerebro para no tolerar nada que exija esfuerzo.
El rebaño no premia al que sabe más. Premia al que se parece más a los demás. La opinión más repetida se siente como la más cierta. Estar de acuerdo se siente seguro. Estar en desacuerdo se siente peligroso. El resentimiento completa el círculo, el que no puede profundizar declara que la profundidad es arrogancia. El que no lee declara que leer es pérdida de tiempo. La incapacidad se disfraza de superioridad moral.
Hay una diferencia brutal entre dos personas que desde afuera parecen iguales. Una sabe que no sabe. La otra cree que sabe. La primera tiene abierto el camino del aprendizaje. La segunda lo tiene cerrado. Cualquier dato que la contradiga no lo recibe como información. Lo recibe como ataque.
El cerebro del 65 todavía se bancaba la complejidad. El del 26 prefiere no pensar. Y cada uno está convencido de que el suyo es el más lúcido.
La degradación no es una maldición abstracta. Es una dirección. Y se acelera cada vez que elegimos el resumen, del algoritmo y de la reacción rápida por sobre el esfuerzo de entender. El espejo está ahí. La pregunta es si alguien todavía se anima a mirarlo.

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