JOSÉ SARAMAGO


 

Idea Vilariño. "PORQUE QUÉ".

 


EL CABRERO


 

NAJAT EL HACHMI

 


SUSAN SONTAG


 

ASCO Y REPUGNANCIA

 


¡Asco y repugnancia es poco decir!...

Los secretos de Karmelo C. Iribarren. Daniel Ramírez

Estábamos sentados en un bar. Era la muerte de agosto y las nubes iban engullendo San Sebastián. A bocados. Como casi todos los días, imagino. Karmelo, entre el primer y el segundo café, miraba. Él hacía como que miraba, pero yo sabía que estaba escribiendo. Me puse nervioso. Miré yo también. Quise descubrir dónde estaba el poema, pero no lo logré. Unos cuantos segundos después, regresamos los dos a la conversación. Yo con las manos vacías; él, con unos cuantos versos. Creo que, por eso, no me dejó pagar la cuenta.
Llevo mucho tiempo leyendo a Karmelo C. Iribarren. Como tú, imagino. Y aunque no te pueda contar su gran secreto -el de esos poemas que encierran las pequeñas grandes cosas-, sí te puedo desvelar su cartografía emocional, los lugares donde escribe, la conexión entre sus textos y esas vivencias que los construyen.
Porque a posteriori todo resulta sencillo: los poemas de Karmelo parecen estar escritos para cada uno de nosotros. Es el llamado “efecto espejo”. Un disparo de pistola, un bumerán: “¡Pero si esto es justo lo que me pasa a mí!”. Pero, ay, amigo, lo difícil es verlo, como él en aquel café.
No tengo ni idea de si la fecha es casualidad o no, pero lo nuevo de Karmelo, “El escenario” (Visor, 2021) ha llegado con el otoño. Como sus letras, que viven todo el año en ese camino que va del otoño al invierno.
Decía que, aquella tarde, estábamos en un bar. En la plaza del Buen Pastor, en la terraza. “El escenario”, podría decirse también. Los bares -él hizo toda una vida, y sus primeros poemas, detrás de la barra de uno- siguen intactos en este libro: “Para celebrar la vida, o para olvidarte de ella si te enseña los colmillos, no hay nada mejor que un bar”. ¡Hay tantas cosas que no serían lo mismo sin los bares! “El amor, la amistad, el olvido”.
A Karmelo le gustan el Café Viena, las mesas del Hotel Londres, aquel lugar, a orillas de la catedral, donde estábamos sentados… Cuando íbamos a marcharnos, sin negociarlo demasiado, nos lanzamos a pasear. Yo ya estaba entonces -¡creo que no se dio cuenta! O se hizo el loco...- imaginando un artículo como éste. Iba a desentrañar los secretos de “El escenario” antes de su publicación. Pero había que hacerlo así, como se escriben los poemas, sin planearlo. Eso de “un día con” hace tiempo que se ha convertido en un género dedicado a los políticos.
Antes de citarse conmigo, averiguo ahora que leo el libro, se había acercado a ver el mar a primera hora de la mañana: “Como suelo hacer casi todos los días”. Se había topado “con unas nubes negras que se abalanzaban sobre Igueldo como búfalos en estampida”. La banda sonora, “la infantería de las olas”.
No sé pasear despacio. Y quizá sea eso, y no tanto leer, lo que tenga que hacer para escribir una poesía mejor. Karmelo, a cada rato, se paraba y me contaba una anécdota. Llevaba las manos a la espalda, entrelazadas, como si estuviera preso de la historia que iba a relatar.
Pero le hemos pillado, miren el poema: “Cada vez es más difícil/ver gente paseando por las calles/con las manos a la espalda/Es un gesto que ha caído en desuso/Hoy día/a juzgar por algunas miradas/los que nos mantenemos/fieles a él/componemos una imagen sospechosa/La realidad, sin embargo, es muy distinta/Gracias a nuestra parsimonia/la velocidad hacia el desastre/parece un poco menor”.
¡Tardamos casi un cuarto de hora en ir a la librería Lagun y a Fnac a ver las últimas novedades de poesía! Hablamos de Miguel d’Ors, de algunos poemas que nos gustan. También me recomendó poetas que hoy parecen prohibidos, como Leopoldo Panero padre. Luego me contó de su hijo, el otro Leopoldo, que solían pasear, como nosotros aquella tarde, y que recién salido del manicomio el poeta escribía poemas en las servilletas de los bares. ¿Y qué hacía con ellos? “Los rompía en mil pedazos y los tiraba al suelo. Aunque alguno debió de recoger porque los vi después en sus libros”.
Nos acercamos al mar, aunque no alcanzamos el Puente de la Zurriola, donde “el río llega a la ciudad revuelto y turbio”, donde “el aire huele a espuma fresca”. Es curioso ese poema. Ocurre como con la poesía de Karmelo: baja el agua oscura, “turbia”, pero la sensación final es esa “algarabía feliz de las gaviotas”.
Intentamos sentarnos en otro bar, pero estaba desbordado. Toda la calle desbordada. Miramos, siempre mirando, y nos fuimos. Creo que Karmelo, con esa mirada, también escucha. Su voz viene siendo la de una ciudad. Está generoso en su último libro porque él mismo explica el secreto de sus palabras: “Ni proponen enigmas ni resuelven misterios, son solo esas palabras que utiliza la gente para hablar de los asuntos de la vida cuando se encuentra por la calle. Palabras viejas, gastadas por el uso, que rara vez alzan el vuelo, palabras de los días laborables, de conversación de bar. Con suerte, un día consiguen atrapar un gesto, esa luz de la tarde, esa mirada que ya nunca será igual”.
Pasamos por un jardín donde él jugaba de niño. Cuando tenía suerte, le dejaban alquilar una bicicleta. Hoy, ese jardín de cuyo nombre no puedo acordarme, parece sacado de Budapest. Está envuelto en la decadencia. “Entiendo que los modernistas se quedasen prendados de los jardines melancólicos. A mí, que no llego ni a moderno, me sucede lo mismo”.
Pasamos por la puerta de un colegio. Hablamos de las universidades. En “El escenario”, se refiere con ironía a la llamada “gran poesía”, que no tiene por qué corresponderse con la mejor. Hace ya muchos años, estuvo tentado de abrir esa puerta: “Allí dentro no había nada para mí. No me ha ido mal sin reincidir”.
Dice Karmelo de Luis Alberto de Cuenca que lleva americana y vaqueros porque lo mismo te habla de la poesía del instante que de los clásicos griegos. Lo mismo podría escribirse sobre él: porque Karmelo, casi sin darse cuenta, lo mismo opina sobre la alineación de la Real que de los endecasílabos de tal poeta clásico. No sé dónde ni cuándo, pero él tío se lo ha leído todo.
Ay, ¡la Real! Ahí flaquean el descreimiento y la melancolía que nutren tantos poemas de Karmelo. No puede resistirse. Sueña cada fin de semana con una victoria. “Poesía realista”, se reía el tío cuando pasábamos, de vuelta a casa, por las faldas de Anoeta.
“Estos tiempos eufóricos de proclamas y consignas acabarán también formando parte, junto a los viejos amores, las guerras y demás causas perdidas, de cualquier conversación de bar. El trayecto, breve, suele ser siempre el mismo: de la esperanza a la melancolía”. Con ese poema, aunque yo no lo había leído todavía, volvimos a un agosto que se moría nublado; volvimos a ser soldados felices en la derrota.
Se despidió junto a un edificio que le gusta porque parece estar sacado de Chicago. Creo que dijo algo de su hija. Un rayo de sol hirió las nubes en ese instante. ¡Qué lista es la casualidad! Ay, la alegría… “A mí donde más me gusta verla es en los ojos de mi hija”.

La cosa, Juan José Millás.

De pequeño tuve una caja de zapatos que llegó a ser mi juguete preferido, entre otras cosas porque no tenía otro. Pero envejeció más deprisa que los zapatos que había llevado dentro, de manera que a mi caja se le cayó un día la primera a y se
quedó en una cja, que así, a primera vista, parece un juguete yugoslavo. Busqué entre las herramientas de mi padre una a de repuesto, pero no había ninguna y tuve que sustituirla por una o. De este modo, sin transición, tuve que olvidar la
caja para hacerme cargo de una coja, lo que es tan duro como pasar directamente de la niñez a los asuntos.
Jugué mucho con aquella coja, todavía la recuerdo, pero se fue haciendo
mayor también y un día se le cayó la jota. Hay quien piensa que las vocales se estropean antes que las consonantes, pero yo creo que vienen a durar más o menos lo mismo. El caso es que tampoco encontré entre los tornillos de mi padre una jota en buen uso, así que la sustituí por una pe que estaba prácticamente sin estrenar. La coloqué en el lugar de la jota y me salió una copa estupenda, con la que he bebido de todo hasta ayer mismo, que se me cayó al suelo y se rompió.
A decir verdad, se rompió justamente por la pe, y como es muy antigua no he encontrado en ninguna ferretería una igual. Ayer fui a casa de mis padres, y después de mucho rebuscar en el trastero di con una ese que no desentona con
el conjunto. O sea, que ahora tengo una cosa, pero no sé qué hacer con ella. La caja, la coja y la copa eran muy útiles para guardar secretos, jugar o
emborracharse. Pero la cosa me da miedo;además, la escondí en el bolsillo
interior de la chaqueta, de manera que desde ayer tengo una cosa aquí, en el pecho, que me llena de angustia. Lo peor de todo es que, como no sé qué es, tampoco sé cómo se rompe.
Qué vida, ¿no?

CARMEN MARTÍN GAITE


 

LOS BUENOS MOMENTOS

La verdad, es que a veces entro en un estado confusional que se parece a un estado de coma casi profundo. Y es que todo me confunde y hasta la noche me confunde y tal como decía aquél sátrapa que decía ser cubano que se había casado con una cantante española y que si me dieran a escoger entre tener que escuchar una canción de ella o que me colgaran del palo mayor, yo por supuesto escogería que me colgaran. El menda del cubano que sólo tenía otra gran polla en su podrido cerebro y los huevos eran sus ojos y por sus oídos sólo salía semen todo descompuesto y todo podrido.
Hecho de menos los momentos claros, como esa birra de cerveza bien fría (cuando me gustaba la cerveza) y en buena compañía o ese buen canuto fumado en un precipicio con maravillosas vistas al mar infinito y con aquella puesta de sol al fondo...Yo que sé, yo hecho de menos los buenos momentos y ya está...pues los buenos momentos son las pilas que te ayudan y mucho, a seguir viviendo dentro de ésta selva donde nos han puesto.
Ahora entre otras cosas, mi función es recopilar todos mis buenos momentos, ordenarlos en el tiempo y en el espacio y por fin, ponerme a ver la película de mi vida. Aunque os advierto, empieza regular y acabará bien y simplemente acabará así y porque yo lo digo. Y no tengo otros argumentos y tampoco los quiero dar.

SALVADOR ELIZONDO