Éste es mi nuevo compañero de viaje: un gato negro, tuerto (le falta el ojo izquierdo), que en principio era muy arisco conmigo. Es de mi hijo mayor, que ahora vive en el piso de arriba y se trajo consigo éste hermoso ejemplar de gato. Al principio de todo, ni puto caso me hacía y yo tampoco, se lo hacía a él y porque yo no era muy de gatos y la verdad era que nunca había convivido con un gato y en esa ignorancia mutua estuvimos durante un mes. Pero poco a poco y día a día, el gato se fue acercando a mí y todos los días me pedía mimos, pero me los pedía tal y como hacen todos los gatos o sea cuando él quería pedírmelos y yo entonces valoraba si estaba en el momento de dárselos y porque a lo mejor tenía mis manos ocupadas en otra cosa o porque simplemente tampoco me apetecía dar mimos en ese momento. En eso soy tan gato como él. Él elige el momento de pedir mimos y yo elijo el mío para dárselos o no. Además si yo lo llamo en otro momento, el gato ni me mira, ni siquiera me hace el amago de prestarme atención. Él simplemente sigue a su bola y entonces yo sigo a la mía. Pero claro, tantas horas juntos, tantas caricias que le he dado, tantas noches durmiendo a los pies de mi cama, al final crean vínculos especiales y ahora y de cada vez lo hace más, nada más que me siente en el sofá, él se acerca sigilosamente y se pone a dormir en mi regazo o justo a mi lado y para que lo llene de caricias y carantoñas. Al final, aquél gato arisco y huidizo se ha convertido en mi mejor amigo.
Las cosas que tiene la vida. Y yo era de los que pensaba que a mis 70 años muy pocas cosas me podrían sorprender y va un gato que ni es mío y me sorprende con esa forma de querer tan de ellos, extraña, rara, suspicaz, independiente...pero que sigue siendo una forma más de querer. A veces me acuerdo de mi infancia y de lo que eran para nosotros los gatos. Primero, abundaban tanto que había gatos a cada paso que dabas. Segundo, eran animales de calle y porque nadie los quería tener en su casa. Tercero, como éramos chicos de barrio había que maltratarlos y los cosíamos a base de pedradas y cuando no de balines con los que practicábamos nuestra puntería. Y nadie nos decía nada cuando les disparábamos o cuando les atábamos a sus rabos unas cuántas latas que en su tiempo, llevaban conservas. El gato estaba considerado como un animal de última fila y entre eso y otras cosas, así se les maltrataba. Pero de aquellas malas épocas a casi todos los animales se les maltrataba y por salvar a alguno, salvo a los perros o mejor dicho, salvo a algunos perros que cumplían con la función de animales de compañía y porque los perros de campo, los perros de caza y los perros sin pedigrí de alto abolengo, también se les obsequiaba con un maltrato en condiciones. Y salvo la excepción que expuse, todo el resto de animales sufrían maltrato: los Burros, las Cabras, las Gallinas, los Pájaros, los Cerdos y algún Caballo que otro que andaba suelto por ahí, eran objetos del maltrato más inhumano. Y todo esto se hacía porque sí y porque éramos unas bestias que carecíamos de Corazón y de sentimientos.

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