“Triste es la soledad que espanta, pero más triste todavía, es la soledad de dos en compañía”.
Estos versos de Campoamor, adquieren una profundidad diferente con el paso de los años.
Cuando tenía cuarenta y pico, podía interpretarlos como una reflexión poética sobre las relaciones humanas, ahora, a los setenta y ocho, se convierte en una verdad vivida, abonada por la experiencia y enriquecida por mi memoria.
La soledad suele ser presentada como una condición indeseable, casi como una derrota personal.
La sociedad moderna exalta la compañía permanentemente, las reuniones, los vínculos constantes y la necesidad de estar siempre divirtiéndose rodeado de amigos.
Cuando concurro a un restaurante y me siento a cenar solo, tengo la impresión de que desde el resto de las mesas me observan en forma diferente.
Sin embargo, la experiencia enseña que no toda compañía es sinónimo de bienestar.
Existen presencias que alivian y enriquecen la vida, pero también existen compañías que generan distancia emocional, incomprensión o indiferencia. En esos casos, compartir un mismo espacio con otra persona no evita la soledad; por el contrario, la hace más evidente y dolorosa.
En tales circunstancias, el silencio compartido pesa más que la ausencia.
Frente a esa realidad, la soledad elegida adquiere un significado distinto.
Ya rumbo a los ochenta y después de haber recorrido muchos caminos, construido relaciones, convivido por muchos años con esposa y cuatro hijos, celebrado encuentros y sufrido pérdidas y despedidas, la decisión de vivir en soledad se ha transformado en una elección consciente y serena.
No se trata de aislamiento ni de renuncia, sino de una manera de habitar el tiempo con autenticidad.
La soledad voluntaria ofrece recompensas que suelen pasar inadvertidas para quienes la observan desde fuera.
Permite disfrutar de la tranquilidad, ordenar los pensamientos y reconciliarse con uno mismo. Brinda la posibilidad de leer, recordar, aprender y contemplar sin interrupciones.
También favorece una mayor independencia emocional, aprendes a encontrar satisfacción en la propia compañía y a valorar las relaciones por su calidad y no por su cantidad, ni siquiera por la distancia a la que se encuentran tus afectos.
Con los años, además, la soledad puede convertirse en una forma de libertad.
Libre de obligaciones sociales innecesarias y de los inevitables conflictos cotidianos generados por las negociaciones nuestras de cada día.
Esa libertad no excluye el afecto ni la amistad; por el contrario, permite que los encuentros sean más genuinos y menos impuestos por la costumbre o la conveniencia.
Por supuesto, la soledad elegida no está exenta de desafíos.
Hay momentos en los que la nostalgia visita al recuerdo y trae consigo nombres, rostros y situaciones que ya no volverán.
Haber creado y sostenido esta Página recordando el Paraná de los 70’s es prueba de ello.
Esa nostalgia es agridulce, forma parte del patrimonio emocional acumulado durante una larga vida y a su vez es el precio inevitable que debo pagar por haber amado, compartido y vivido intensamente.
Por eso, al recitar aquellos versos a los setenta y ocho años, la reflexión ya no se reduce a una simple observación poética.
Se convierte en la convicción de que la peor soledad no es la ausencia de compañía, sino la ausencia de conexión humana, cualquiera sea su forma de manifestarse.
Para mí, la soledad elegida, la que he asumido con serenidad y en plenitud, se ha transformado en un espacio de paz, libertad y silenciosa sabiduría.
Lejos de ser motivo de depresión ha llegado a ser una de las recompensas más valiosas de esta etapa de madurez, aunque existan días en que, al mirar fotos en las que estoy rodeado de mis hijos cuando eran pequeños, resbale una lágrima por mi mejilla.

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