Los ojos somnolientos se me abrieron de golpe. La vista se me quedó clavada en una fotografía del diario digital que estaba leyendo. Era tarde y el insomnio me había llevado hasta allí. Leí la noticia que acompañaba a la imagen y se me puso un nudo en la garganta. Volví a mirar la foto. No tuve ninguna duda. Era él.
La ciudad amortiguaba ya sus ruidos y mi memoria viajó en el tiempo, como tantas veces, a los días de colegio.
El patio era de tierra. Había junto a un muro un charco de agua negra que no se secaba nunca. En los recreos, unos destrozaban los zapatos jugando al fútbol y otros se sentaban en los bancos, atentos al vuelo de las faldas de las niñas que saltaban a la goma. Si a alguna se le levantaba más de la cuenta, el banco se llenaba de risitas y codazos.
Pero a mí no me gustaba aquel patio. Mi tendencia solitaria provocaba que los líderes del grupo -altos, guapos y jactanciosos- vinieran a reírse de mí, inventando insultos supuestamente ingeniosos con mi apellido. Yo aguantaba el tipo como podía.
Pero entonces aparecía Mateo.
Se interponía entre ellos y yo y decía con los dientes apretados y los ojos entornados:
- Dejadle en paz.
Todos se callaban, se miraban un momento y se daban la vuelta. Se marchaban mientras seguían lanzando burlas al aire para disimular su humillación.
Mateo era de mi clase. No era un chico corpulento. Muy al contrario: era delgado y fibroso, como de alambre. Tenía el pelo negro y ensortijado y un diente partido. Encima del labio superior le asomaba un bozo juvenil, como dibujado a carboncillo.
Vivía muy cerca del colegio, en una casita baja de la Colonia Iturbe. Recuerdo que tenía un dálmata precioso. Estilizado y guapo.
Un día Mateo no vino al colegio.
- Ayer un coche atropelló a Tizón - me dijo su vecino Molina, que era de un curso superior - No le pudieron salvar.
Al salir de clase fui a verle.
- Está en el patio de atrás - me dijo su madre con la voz cuarteada. Toda la casa olía a tabaco.
Mateo le daba patadas a un banco de piedra con los dientes apretados y las manos en los bolsillos.
- Hola, Porto - me dijo cuando me vio.
Se sentó en el banco y yo con él. Estuvimos allí sin hablar hasta que casi se hizo de noche. Después me fui.
- Gracias - me dijo levantando una mano cuando ya salía.
Un día me trajo una navaja pequeña y me la quiso regalar.
- Es de monte, para que te defiendas si no estoy yo - me dijo.
Aquello me asustó un poco.
- No, no... - le dije. No insistió. Cerró la navaja y se la guardó en un bolsillo.
Cuando acabó el colegio, dejé de verle. Alguien me contó que se había ido a trabajar de mecánico con su tío. Y aunque no volvimos a hablar, siempre guardé su recuerdo en un rincón luminoso de mi memoria.
Volví a leer el titular de la noticia.
"Detenido en Madrid Mateo R. D., peligroso delincuente con numerosos antecedentes de robo con violencia".
Cerré el portátil y salí a la terraza, atrapado en la desconcertante contradicción de la naturaleza humana. Me preguntaba cómo podía la vida tejer estas paradojas tan insoportables.
Miré alrededor. Los edificios se punteaban de luces.
Pensé que los recuerdos nos pertenecen. Son pequeñas cajitas de regalo guardadas en un baúl. Y en mi memoria había una con el nombre de Mateo. Y dentro, todas las veces que me salvó.
Así que cerré la cajita y la guardé arriba, en el maletero. Lejos de todo. En el lugar de las gratitudes clandestinas.
Buen fin de semana a todos.
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