Hay una hora en que la casa se llena
de caballos que nadie ha llamado.
Sus crines recorren los pasillos
como agua
peinada por una madre muerta.
Yo pongo la mesa para ellos,
un plato hondo de sombra
y una cuchara de escarcha,
porque lo que llega sin peso
también tiene hambre.
Mi cuerpo fue una jarra
donde alguien vertía
despacio
la mitad de un nombre.
Yo no recuerdo haber pedido tanta transparencia.
El agua de la jarra me mira toda la noche.
Sabe que puedo derramarme
antes que ella,
que basta el aleteo de una polilla
contra la ventana
para que yo cambie de forma,
como cambia la harina en el aire.
De hecho, hubo un tiempo
en que pesé lo que pesan los armarios
cuando guardan abrigos
de personas que siguen vivas.
Ahora los pájaros hacen su nido
en el hueco exacto
donde tuve la costumbre de estar.
No me quejo.
Hay una dulzura en ser
el vapor de la sopa de otros,
en dejar sobre las sillas
una tibieza que las visitas atribuyen
al sol.
Además, los caballos han empezado a comer
de mi plato de sombra
y les crece dentro una niña
por cada cucharada.
Afuera, el mundo ata sus barcas
a los tobillos de los vivos.
Yo desato la mía,
la empujo con el aliento
y la barca se aleja llevando mi vestido,
mis llaves,
mi manera de decir agosto.
Flota como flotan los huesos de las aves
dentro de las aves.
La casa queda escuchando.
En la mesa,
el plato de sombra sigue caliente.

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